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  • Volver a la rutina. Cómo evitar la depresión tras las vacaciones

    Volver a la rutina. Cómo evitar la depresión tras las vacaciones

    La mayoría de nosotros hemos sufrido, tras algún periodo vacacional, los efectos de la depresión postvacacional al retomar las actividades diarias y no saber cómo volver a la rutina.

    Si la memoria, los datos y mi propia memoria no me fallan, la vuelta tras las vacaciones genera la tan temida “depresión postvacacional”. Y, ciertamente, cuando los días de descanso se terminan y hay que al día a día, vuelven los recuerdos del dolce far niente. De ese “dulce no hacer nada” que los maestros en el arte de vivir, que son los italianos, ya cantaban.

    Para no irnos tan lejos no está de más utilizar la experiencia propia y reconocer que sí, que uno también ha pasado por esa sensación de tristeza o depresión postvacacional.

    Cuando las vacaciones se acaban es inevitable recordar. Queda en la memoria el poder levantarte algo más tarde (si los nietos no te despiertan antes), el poder leer algo más, el hacer esas soñadas excursiones, la siesta, las cenas y veladas en familia. Depende de cómo hayan ido o estén siendo las vacaciones, se puede instalar al regreso una cierta “tristeza”. Que puede ser temporal y oportuna o más larga de lo debido.

    En este artículo haré lo posible para que tu “volver a la rutina” sea lo más llevadero posible. De forma que el recuerdo sea agradable y el presente mucho más.

    La melancolía por la sensación de libertad de ese hacer algo que quiero, que no puedo hacer habitualmente y está fuera de las tareas diarias, es casi inevitable. Esto sería la tristeza temporal y oportuna. Es decir, la tristeza transitoria que, puede ser más o menos aguda, pero que es eso, transitoria. El recuerdo no nos impedirá realizar nuestras labores ordinarias y, además, con alegría.

    Si lo que se conoce como depresión postvacacional deriva en algo mucho más largo que acaba dañando la calidad de vida de la persona, entonces nos iríamos a, quizá, algún tipo de  depresión. Que precisaría un tratamiento psicológico adecuado. Pero, ese punto, no es el objeto de este artículo.

    Hoy vamos a hablar de una tristeza o melancolía temporal.

    Es normal que se dé un cierto desánimo, algo de cansancio, incluso físico, cierta irritabilidad, una posible sensación de culpa, porque “podía haber hecho esto o aquello y no lo he hecho”, a la vuelta de las vacaciones. Y, también, porque volvemos al trabajo y a los problemas de la vida diaria.

    Cómo hacer para que el aterrizaje y volver a la rutina no sean bruscos

    La clave está en organizar bien tu vuelta y tu vida.

    Voy a compartir contigo algunas pautas que utilizo y que a mí me van bien. Yo te doy las mías, pero igual, para ti, son mejores otras. Intenta encontrar las tuyas propias, las que de verdad te ayuden.

    ¿Qué hago yo? Al acercarse el final de la última semana de vacaciones me tomo una o dos horas para mí en soledad, con mi móvil, un gestor de tareas o una libreta.¿Por qué? Porque conviene visualizar la vuelta, al igual que visualizaste la ida. Insisto: una o dos horas para ti en soledad.

    Planifica tu vuelta

    Tómate un “break vacacional” de una o dos horitas como máximo y piensa en las cosas que tienes que hacer cuando vuelvas y que más te preocupan. Por cierto, ¿sabes lo que significa preocuparse? Ocuparse antes. No se trata de agobiarnos ni de angustiarnos sino de, lisa y llanamente, ocuparnos de aquello de lo que nos podamos ocupar sin esperar al último momento. Por lo tanto, toma un rato para ti y anota las cosas que te vengan a la cabeza porque son importantes para ti. Si lo haces, descargas tu mente. Así, una vez apuntadas las cosas, puedes ya irte a la playa, al monte o a la cama con mucha más tranquilidad y relax. Y sigues desconectado.

    Busca o recupera el sentido

    ¿Qué sentido tiene mi vida? ¿Qué sentido tiene para mí? Obviamente, después de los dos puntos, escribe lo que corresponda. No te enrolles. Algo corto pero que suponga un cambio o un reto importante y satisfactorio para ti.

    • Dios:
    • Mi propia persona:
    • Mi esposa o esposo:
    • Tu novio o novia:
    • La familia:
    • El trabajo.
    • Mis amigos:

    Recuerda que el ser humano crece “en relación con” otras personas. Si no te has planteado el sentido de tu vida o necesitas actualizarlo, nada mejor que un atardecer vacacional frente a un acantilado, en el monte. O, si eres creyente, en la ermita del pueblo al que vas. Que,  seguro que ahí te vas a encontrar a ti mismo y además estarás a solas con Dios. En las vacaciones, un ratito de silencio viene maravillosamente bien (y en la vida diaria también). Te lo digo por experiencia.

    Crea tu lista de propósitos

    Mantén propósitos firmes y claros. Si estás casado, si tienes novia o novio, ¿qué vas a hacer después de las vacaciones por tu cónyuge, por tus hijos, por tu novia o por tu novio, por tu propia persona? Lo mejor, es hacer una lista y apuntarlo. Anotas lo que se te ocurra. Como ya te he dicho, esto es lo que yo hago. Y sé de su valor y efectividad por mi propia experiencia

    En mi caso, es de gran ayuda contar con un gestor de tareas. Puedes usar el que quieras, los hay de muchos tipos.

    Ahí puedes hacerte todas las listas que necesites. Una vez que apuntas, lo único que tienes que hacer es revisar la lista cada día y vas clicando. En el gestor de tareas apuntas lo que se te ocurra. Lo bueno es que en cualquier teléfono móvil o en la Tablet lo puedes apuntar y no necesitas más cosas. Pero si eres “rupestre digital”, como yo, que sigo siéndolo, una pequeña libreta de toda la vida hará la misma función. Te lo aseguro.

    Aquí tienes un ejemplo de como yo me organizo:

    • – ESPÍRITU Y DIOS.
      • Misa. A qué hora.
      • Oración diaria. Cuándo, dónde.
      • Diferencia si quieres entre semana y el fin de semana.
    • – MI PROPIA PERSONA
      • ¿A qué hora me levanto?
      • ¿Y, a qué hora me acuesto?
      • Aseo.
      • Deporte
      • Hobbies
    • – FAMILIA
      • Esposa. ¿Qué actividades hago con ella? ¿Cuándo? ¿A qué hora?
      • Hijos. ¿Cuándo les veo? ¿Cuándo les llamo?
    • – TRABAJO
      • Temas importantes que tengo pendientes y me preocupan.
      • Asuntos no tan importantes pero que también ocupan mi mente.
      • Fechas de entrega.
      • Etc.
    • – AMIGOS
      • Amigos que tienes.
      • Cuando quieres verles.
      • Si les vas a escribir o no.
      • Etc.
    • – FINANZAS
      • Ingresos y gastos que tienes.
      • Qué quieres ahorrar.
      • Cuánto quieres invertir.
      • Etc.
    • – Y… todo lo que se te ocurra.

    Crea un horario y una ckecklist

    Te sugiero que hagas una lista de chequeo por grupos como te he indicado. Una vez que te has hecho esos propósitos y ya los has anotado, crea un horario y anótalo en la agenda. Por ejemplo: a las 19:30 quedar con mi mujer. Si no lo anotas, no lo haces. ¡Te lo digo por experiencia!

    • HORA a la que me levanto.
      • A la que empiezo a trabajar o voy al cole, o a la universidad, etc.
      • Cuándo tengo previsto finalizar mi horario laboral, del colegio o universidad.
      • Hora de la Comida.
      • Hora de la Cena.
      • A qué hora me acuesto.
      • Qué tengo que hacer. Y lo metes en el HORARIO de mañana o de tarde. Deja huecos amplios que hay muchos imprevistos.
        • Aseo.
        • Oración.
        • Deporte.
        • Trabajo.
        • Familia: ESPOSA, ESPOSO (este punto en NEGRITA y en la AGENDA SÍ O SÍ)
        • Familia: hijos, nietos.
        • Lectura.
        • Estudio.
        • Amigos.
        • Otras cosas.

    Un objetivo: sentirte en plenitud

    Expuesto todo lo anterior me puedes decir: ¡hombre, esto se hace o debe hacerse al final de cada año! Y te respondo: cierto, pero ¿cada cuánto tiempo lo revisas, corriges y actualizas? ¿O esperas hasta el 31 de diciembre?

    Si un poco antes de finalizar tus vacaciones haces este ejercicio no sólo seguirás desconectado para los días que te falten sino que encontrarás paz, armonía y tranquilidad.

    Te aseguro que si esto lo haces dos o tres veces al año el rumbo vital lo vas a mantener mucho más claro. Además, tu vida la verás más sencilla y cumplirás la Regla de San Benito, que además de ser Santo, fue muy listo: “Ora et Labora”. O, como me dice mi santa esposa: “si es que eres un desordenado, tú hazme caso, mantén el orden y el orden te mantendrá a ti”. Me ha costado 32 años reconocerlo… en público. Pero, cuando le hago caso me va bien.

    Al plantearte objetivos concretos detectarás fallos y errores. Pero, como los tienes listados y chequeados podrás reorientar el rumbo cada vez que te despistes. Algunos lo llaman plan de vida. Hazme caso: llámalo como quieras, pero hazlo.

    Si lo haces así, en vacaciones, la vuelta a la rutina (sea al trabajo, al hogar, al cole, a la universidad, a tu vida diaria) será un aterrizaje suave y repleto de buenas experiencias que desearás repetir. Sintiéndote en plenitud cada uno de los días de tu vida. Y lo que hagas, lo harás con alegría porque tu vida será plena y plenificante para los demás. Y, en consecuencia, estará llena de sentido vital.

    Por supuesto, si necesitas ayuda, o un cierto acompañamiento para volver a la rutina “en plena forma” ya sabes dónde me tienes. Me encantará ayudarte a que saques lo mejor de ti en todo momento.

  • Cómo ayuda el Coaching en la Dirección Espiritual

    Cómo ayuda el Coaching en la Dirección Espiritual

    Dirección espiritual y Coaching tienen puntos en paralelo muy interesantes de los que hace tiempo llevo queriendo hablar. Igual te preguntas, cómo se me ha ocurrido tratar este tema. El motivo es que más de uno me ha preguntado si esto del Coaching cristiano-católico es una especie de dirección espiritual laica. Y aprovecho para dejar claro que nada más lejos de la realidad.

    Tener un buen director espiritual debiera ser algo básico para todo católico. O para para cualquier persona de fé que quisiera mejorar en su vida, en el amor a Dios, a sí mismo y a los demás.

    En realidad la vida cristiana es muy sencilla. Ya lo dijo Jesús: se trata de amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo. Es decir, tener 3 amores:

    1. Amar a DIOS.
    2. AmarSE (amarse a uno mismo).
    3. AmarLES (amar a todos los demás).

    Dicho esto, lo difícil, que no complicado, es hacerlo. Hay que ponerse en acción y actuar. Y, ¿cómo puede un católico mejorar en estos 3 amores?

    Una vía es mediante la oportuna dirección espiritual. En la dirección, el alma que quiere progresar en el amor a Dios y por ende a uno mismo y a los demás, se abre a su director. El director dirige y el dirigido obedece.

    Desde mi experiencia personal como católico, como persona que tiene un “director espiritual”, voy a ofrecer en este artículo unos cuantos puntos por los que creo que la dirección espiritual puede ser muy potente y de gran ayuda.

    2 Elementos que vinculan Dirección Espiritual y Coaching

    #1 – Saber escuchar

    Si se trata de obedecer, resulta que esta palabra proviene del latín y significa “saber escuchar”. La clave aquí es, por lo tanto, eso: saber escuchar. Es decir, no sólo oír, sino captar, entender, analizar y pensar lo que se nos dice. Para, después, pasar a la acción concreta.

    ¿Estamos, por tanto ante uno que habla y el otro que escucha? La respuesta, un tanto a la gallega, sería y no.

    Lo bueno de saber escuchar es que implica una relación de dos: ambos, director y dirigido, deben saber escuchar. Pero la escucha es un tanto diferente. Porque se trata de una escucha en un doble sentido: del director que escucha al dirigido y del dirigido que escucha al director.

    #2 – Escucha activa en ambos casos

    La escucha de quien dirige implica poner todo el foco y atención en la persona dirigida. En ese momento no hay nada ni nadie más importante en el mundo que la totalidad de la persona a quien se dirige. Así, el alma dirigida se abre, expone su situación, inquietudes, problemas, necesidades, anhelos y deseos.

    Mediante la escucha activa, el director, quien dirige es capaz de captar y entender las necesidades del alma dirigida. Para ofrecer, en su debido momento, el oportuno consejo, la palabra adecuada o, mejor aún, plantear la pregunta capaz de movilizar en quien es dirigido la reflexión necesaria y la interiorización de la acción concreta a la que la persona es llamada.

    Por su parte, la persona dirigida escucha activamente a quien le dirige. Escucha a su “padre espiritual” y a través de esa escucha paterno-filial se produce una apertura al crecimiento de la vida interior. Y, por lo tanto, una apertura a la vida. Una nueva vida que se engendra en quien es dirigido y también, en muchas ocasiones, en quien dirige.

    A propósito de esto, recuerdo las palabras que me dirigió el director espiritual de una persona fallecida: “cuanto bien me ha hecho hablar con él”. Aquí, quien “obedece” lo hace porque ha escuchado y hecho suyo aquello que el director le ha sugerido. Y, a su vez, puesta en acción la sugerencia del director, la transformación de la vida del dirigido influye positivamente en quien dirige.

    Qué aporta el Coaching a la Dirección Espiritual

    Como ya sabrá quien siga este blog, la esencia del Coaching no es la del consejo, sino, más bien, la del acompañamiento.

    En la vida espiritual, como en el resto de facetas de la vida del ser humano, no podemos olvidar que somos “seres en relación”. Este “ser relacional” implica comunión, participa en lo común. Pues bien, participar en lo común, significa aquí que tanto quien dirige como quien es dirigido desean crecer en su vida espiritual. Pero, quien dirige ha de ser capaz de sugerir caminos, plantear alternativas, proponer, en su caso, iniciativas y metas u objetivos deseables.

    Y es aquí en dónde la metodología del coaching puede aportar valor. Ya que, mediante el “método socrático”, mediante el planteamiento de preguntas clave, puede hacer que quien es dirigido, mediante la oración, la reflexión y la confrontación de su vida con la de Cristo, obtenga claridad. Hasta ser más consciente de lo que realmente desea y pueda progresar en su vida espiritual con mayor rapidez.

    ¿Por qué más rápido? Porque, básicamente, obtiene de su propio interior las respuestas a las preguntas que se le plantean. Que, ciertamente, puede obtener también de quien le dirige pero con una diferencia enorme: no tiene la misma fuerza la recepción de un consejo que el “eureka”, “lo encontré”, de Pitágoras. Cuando uno encuentra algo preciado el valor emocional y el impacto en la persona es mayor que cuando se lo regalan.

    Pasar del consejo a la pregunta

    Por eso, propongo a confesores y directores de almas que pasen del consejo o del mandato (poco aconsejable) a la pregunta. Para que sea la propia persona dirigida la que encuentre, con el apoyo de su director espiritual, las respuestas. Se trata de pasar del modo IMPERATIVO ACONSEJADOR a la PREGUNTA CUESTIONADORA.

    Pongamos un ejemplo: ¿cómo percibirías tú que me lees si lo que se te propone se hace en modo imperativo o en modo pregunta?

    ¿Es lo mismo?: ¡Ama! … que si te pregunto, ¿amas?

    ¿Te parece igual?: ¡Tienes que orar! … a, ¿qué te parece si oras?

    ¿Prefieres este mandato?: ¡Tienes que sacar tiempo para Dios! … o esta pregunta, ¿a qué horas te vas a encontrar con Él?

    Te recuerdo que Cristo sólo ofrece consejo después de preguntar. “Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?» Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero.» Le dice Jesús: «Apacienta mis corderos.»”(Jn 21,15). La pregunta, en todas sus variantes, es el modo habitual de Jesús de comunicar Su doctrina.

    ¿Por qué?

    Porque como el mejor pedagogo y Coach de la historia sabe que la pregunta cuestiona y hace pensar a su interlocutor. Y, al mismo tiempo, cuando éste se bloquea, acude en su ayuda. Por eso  el evangelista Marcos señala que: “Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado. (Mc 4,26-34)

    La conversación para una dirección en “modo coach”

    A estas alturas seguro que te estás preguntando Juan Mari, ¿de qué forma armar una conversación de “coaching espiritual”?

    Como imaginas, sería largo y complejo detallar cada paso del proceso. Pero, al menos, vamos a intentar esbozar sus fases. Se trata de que quien es dirigido consiga aclarar lo que quiere obtener, lo que se lleva y su próximo objetivo.

    Veamos algunos detalles de las fases, al menos, por encima.

    En primer lugar, la persona dirigida debe sentirse acogida por el director espiritual. De forma cordial, con una aceptación incondicional y sin prejuicios o juicios de valor.

    Importante a lo largo de todo el proceso es mirarse a los ojos con delicadeza, hablando con suavidad, sin agresividad, acogiendo como lo haría Cristo. Sin prisas y sin interrupciones. Porque el alma que se abre tiene derecho a hablar tranquilamente. 

    El director-coach ayudará a quien dirige a tomar consciencia y a no bloquearse. Tiene que estar atento. Le ayuda a verbalizar, le propone términos. Y, una vez el dirigido ha sido escuchado, pasamos al ¿qué crees que puedes hacer? ¿Qué crees que puedes mejorar?

    Por supuesto, todo proceso de dirección espiritual implicará un compromiso para la toma de acción en un plazo concreto de tiempo que será consensuado por director y acompañado. Recuerda que deben ser cosas concretas. Los famosos objetivos SMART de los que hemos hablado en otras publicaciones: específicos, medibles, alcanzables, relevantes y temporales.

    Aclaro que no es un objetivo “dejar de ver la tele” o “voy a aprovechar el tiempo” o “voy a rezar más”. Pero sí, “me levantaré a las 06:30 h de lunes a viernes y la primera media hora la voy a dedicar a ponerme en presencia de Dios y rezar la oración de la mañana de la Liturgia de las Horas”. Aquí habilidad libre pero los objetivos tienen que cumplir estos criterios.

    Como conclusión del post de hoy: el director espiritual es fundamental que aprenda a pasar del “modo imperativo” al “modo pregunta”. Esta es la esencia. Es el método sugerente que Jesús, los santos, junto con el ejemplo de su vida, pusieron en práctica siempre y en todo lugar.

    Si eres director espiritual, desde aquí te animo a poner en práctica lo que brevemente he comentado acerca de cómo se relacionan Dirección Espiritual y Coaching. Por supuesto, si tienes dudas o deseas mejorar tu forma de comunicar con las personas a las que diriges, no dudes en contactar conmigo. Me encantará ayudarte en la fabulosa labor que realizas.

  • La clave para ser feliz

    La clave para ser feliz

    Si hay algo que siempre ha despertado mi curiosidad es cómo ser feliz. Tanto en lo que implica la búsqueda de la felicidad de quienes me rodean como la mía propia.

    Puede parecer algo obvio, puesto que cada uno de nosotros lo deseamos y buscamos. Pero, la verdad, es que no todo el mundo lo logra.

    Este artículo nace de las vivencias que, con parte de la familia, viví las pasadas navidades. Lo comparto porque creo que, de ese modo, tal vez ayude a alguien a ser más feliz a nivel personal o en su entorno familiar y laboral.

    Partimos de un hecho: mi mujer tiene la sana costumbre de poner un Belén en cada esquina. El de las figuras “buenas”, un poco más elevado para que podamos verlo toda la Navidad. Y el de los “peques” para nuestros nietos, con figuras para ellos, baratas y a su altura. Así, los niños pueden hacer lo que quieran con ese Belén que es el que está a su alcance.

    Estoy firmemente convencido de que ese es el Belén, de nuestra casa, que más le gusta a Dios. Justamente, porque los niños, que son sus preferidos, hacen con él lo que quieren. De hecho, el día de Navidad, y esto es lo que me ha dado pié para escribir este artículo, nos encontramos con lo siguiente. La Virgen tumbada, San José ídem, tumbado. Y el Niño Jesús metido dentro de una casita de corcho.

    Yo pensaba que habían pasado Atila y los Hunos pero no. Estaba equivocado. Mi mujer y, por supuesto, nuestros nietos me sacaron del error. La Virgen estaba tumbada porque estaba cansada y durmiendo. San José, lo mismo. El Niño Jesús estaba dentro de la casita de corcho para no pasar frío.

    Pongámonos en modo «niño»

    Esto que acabo de relatar lo hicieron nuestros dos nietos mayores que andan entre los tres y los cuatro años.

    Por lo que, no te extrañará que Jesús dijera a sus discípulos: “Dejad que los niños se acerquen a Mí y no se lo impidáis porque, de los que son como éstos, es el Reino de Dios.” A mi, la verdad, nada en absoluto.

    No sé si lo he dicho todavía pero, ¿sabes quién fue, ha sido y es el mejor coach de la Historia de la Humanidad? Único e insuperable: Jesús de Nazaret. En una próxima publicación te hablaré de por qué creo que no ha habido otro mejor.

    Volviendo al tema, todos los coaches pregonamos que hay que vivir el presente, el aquí y ahora. Y, ¿quién vive el presente mejor que un niño? ¿A quién se le pasa antes un enfado? ¿Quién se inventa aventuras de la nada? ¿Y tiene un corazón tan puro como para meter al Niño Jesús dentro de una casita de corcho para que no pase frío? ¿Quién tumba las figuras de María y José en un Belén, porque “estaban cansados” y tenían que dormir?

    Esto sólo lo hacen los niños. Jesús lo sabía y dio una buena lección a sus discípulos. Pero no sólo les dice que no impidan a los niños que se le acerquen. Hace algo más: los acoge y los abraza, les achucha. Les da el mayor amor que un ser humano pueda dar nunca: el cariño de Dios.

    Por eso, si quieres ser feliz… hazme caso: vuelve a ser un niño en tu interior.

    Decálogo para ser feliz como un niño

    Por naturaleza, el niño es feliz porque vive en un continuo proceso sin fin. Te propongo prestar atención a este “decálogo” tan particular. En él verás que es más sencillo de lo que parece. Y cómo ser feliz está al alcance… hasta de un niño.

    1. Vive y Disfruta el presente. No se preocupa del después.
    2. Es fiel a sí mismo. El qué dirán le importa un pimiento. O sea, nada.
    3. Busca ayuda. Si se pega un buen golpe llora y busca a “papi” o “mami”.
    4. Establece objetivos personales. Quiere esto o aquello. Un juguete, una peli, ir al parque, comer, dormir. Todo muy específico, medible, alcanzable, relevante y temporal. Todo muy SMART (specific, measurable, attainable, realistic y timely) como decimos los coaches, por sus siglas en inglés.
    5. Marca objetivos grupales. Aún recuerdo a mis hijos pequeños viniendo en “equipo” a la cocina para que les levantáramos un castigo. A veces hasta lo conseguían, los puñeteros.
    6. Establece alianzas. Si intuye que sus padres le van a decir que no, busca aliados: “Lolo ha dicho que sí me deja”. “Yayi, ¿me pones didujos de bomberos?”. Padres, avisados estáis. ¡Ojo con las alianzas nietos-abuelos! Aunque en su justa medida, son las mejores.
    7. Hace “networking”. Se junta con sus hermanos, primos, amigos y antes de que te des la vuelta organizan un juego, una aventura o una trastada.
    8. Es persistente y resiliente. Inasequible al desaliento. Algunos son verdaderos artistas en el arte del aguante, de la consecución de objetivos mediante la técnica del agotamiento o de la repetición.
    9. Motiva a cada persona. Encuentran al mejor para cada tarea:“yo soy Batman y tú el Dragón. ¡Vale!, pero luego cambiamos”.
    10. AMA. Y, por encima de todo, ama y se deja amar.

    CONCLUSIÓN. CÓMO SER FELIZ

    Sigue el “decálogo” anterior y hazte niño

    Observa a los niños, aprende ellos, de sus reacciones, de sus gestos, de sus caras, de su llanto y de su risa. Si te haces como un niño, es decir, si te pones a su altura físicamente, te agachas, te arrodillas o te sientas en el suelo (cómo te levantes, es cosa tuya), te aseguro un placer y disfrute inenarrables. Te harás aún más joven. Los años no importan.

    Cultiva el sentido del humor

    Ríete de ti mismo. No te tomes nada tan en serio. “¡Hasta un niño de cinco años sería capaz de entender esto!”, le dice un personaje a Groucho Marx en la película Sopa de Ganso y aquel responde: “Rápido, busque a un niño de cinco años; a mí me parece chino”.

    Haz de tu vida es un juego

    Sabiendo que somos infinitamente dignos: juega y disfruta del juego, en todo momento. Contigo, en familia, en el trabajo. Te aseguro que te divertirás, serás una persona más creativa y te lo pasarás mucho mejor.

    Da gracias a Dios por tu vida continuamente

    Si eres creyente, ¡razón de más! Si no lo eres, no te cuesta nada. ¡Dáselas igualmente! En cualquier caso practica el agradecimiento a cada persona, a ti mismo y a todo aquel con quien te encuentres. Los “agraciados” con el premio del agradecimiento puede que se sorprendan pero nadie te va a mirar mal por darle las gracias. Tú te sentirás mejor. Porque vivirás dando gracias, destensando situaciones, provocando sonrisas y generando amor. No sé si vivirás más, pero vivirás mejor.

    Y, por último, sonríe. Sonríe, siempre

    Practica el arte de la sonrisa franca, sincera y abierta. Sonríe a todo el mundo. Cuando te levantes, mírate ante el espejo y sonríete. Cuando estés en un atasco, sonríe. Incluso, cuando vivas una situación dolorosa, aunque no te apetezca… ¡sonríe! Respirarás mejor, sufrirás menos y serás más creativo. Los expertos enumeran múltiples efectos beneficiosos para la salud. Pero, aunque no tuviera ninguno serás, sobre todo, más feliz.

    Desde aquí, te animo a marcarte como propósito el lograr ser feliz. Y no dudes en contactar conmigo si no encuentras el camino hacia tu propia felicidad. Recuerda que solo podrás hacer felices a a los que te rodean cuando seas capaz de serlo tú mismo.

  • 2 Cimientos imprescindibles para tu “casa” interior

    2 Cimientos imprescindibles para tu “casa” interior

    Hace unos días hablamos de la importancia de volver la mirada hacia nuestro “yo” más interno para hacer un balance personal y sincero de nosotros mismos.

    Como, tal vez recuerdes, vimos se necesitan solo 4 cosas para ser feliz y que, podían resumirse en una: volver a casa. Entendido la “casa” como el lugar más nuestro en el que nos encontramos con quien queremos y en donde nos sentimos seguros.

    Porque volver a casa significa:

    CONOCIMIENTO propio.

    ACEPTACIÓN de ti mismo (con tus virtudes y defectos).

    SUPERACIÓN

    AMOR a Dios y a ti mismo.

    En la publicación de hoy, que es una segunda parte de la anterior, titulada Volver a casa por Navidad, seguimos haciendo balance y haciendo el viaje de vuelta a CASA.

    Habíamos visto en el post anterior los dos primeros cimientos de esa casa interna que hay en cada uno de nosotros: conocimiento y aceptación.

    Hoy vamos a completar con los dos cimientos fundamentales que nos faltan para cimentar nuestra casa interna: el afán de superación y el amor.

    El tercer y cuarto pilar para hacer un balance personal

    #3 – SUPERACIÓN

    En una mini serie que acabo de ver en una plataforma televisiva la jugadora de bádminton Carolina Marín, decía: “puedo porque creo que puedo”. Es evidente que sin esta creencia es imposible poder hacer algo que sea relevante. Lo que pasa es que Carolina no se ha quedado sólo en la creencia de que puede sino que ha hecho algo más. Mucho más.

    Nuestro refranero ya lo dice: “querer es poder”. Lo malo es que sólo es cierto en parte.

    Para poder hace falta no sólo querer sino ponerse manos a la obra. Es decir, pasar a la acción. Y ser persistente. O machacón, o cabezota. En cualquier caso, si ves que algo no te sale a la primera, si ves que fallas y te cuesta, sigue intentando mejorar. Hasta que lo consigas. Para conseguir algo no sólo basta con querer. Hay que tener una “determinada determinación”, que decía San Teresa de Jesús. Y tener una actitud positiva.

    La aCtitud es muy diferente de la aPtitud. Las aptitudes son nuestros conocimientos, aquello que se nos da bien, pero sin actitud no hacemos nada. Uno puede ser un magnífico pintor pero si no pinta ¿de que le sirve su aptitud? De nada.

    Pongamos el ejemplo contrario. Se cuenta que Thomas A. Edison, al inventor de la bombilla eléctrica, uno de sus empleados le preguntó que por qué seguía intentando su funcionamiento tras haber “fracasado” miles de veces sin conseguirlo. La respuesta de Edison es el paradigma del espíritu de superación: “no he fracasado”, dicen que dijo, “he encontrado mil maneras diferentes de cómo no hacer una bombilla”. Al final lo consiguió. Moraleja: nunca te rindas. Jamás te des por vencido. Del aparente fracaso se aprende mucho más que de los éxitos.

    Aquí, hace falta también enfocar bien. Saber hacia dónde nos dirigimos para mirar hacia el futuro. Pero enfocando bien y teniendo claro el objetivo. Porque, disfrutar del viaje está muy bien, pero tenemos que saber hacia dónde vamos.

    Si quieres superarte, partes del conocimiento propio, y sabes cuáles son tus debilidades y, sobre todo, tus fortalezas… ¿que hacer ahora? Pues, algo muy sencillo y antiguo, que ya lo anticipó el griego Arquímedes, el inventor de la palanca: “dadme un punto de apoyo y moveré el mundo”. Pues bien, eso es lo que tenemos que hacer: palanca.

    Pero palanca en nuestras fortalezas. Así que, si quieres, mira de reojo hacia atrás, plántate bien fuerte en el presente y desde este presente dirígete a construir tu futuro. Con determinación, actitud positiva y sin rendirnos. Seamos capitanes de nuestro barco, que, al fin y al cabo, es nuestra vida.

    ¡Ah! Y no me seas pedante como quienes dicen que nunca se arrepienten de nada. Ni están dispuestos a hacer un balance personal ni, posiblemente, quieran mirar en su interior. La única manera de avanzar es estar insatisfecho. Y estar insatisfecho no significa vivir angustiado o amargado. Sino, simplemente, buscar algo más valioso.

    Pregúntate cómo prefieres vivir. ¿Buscando siempre, mejorando, ayudando, aunque cueste, o adormilado y apático? Es cuestión de decidir. Tú decides si ser feliz o conformarte con intentar no sufrir. Yo, elijo ser feliz.

    #4 – AMOR

    Vamos con el cuarto y último pilar de nuestra CASA. El más importante y que merece la pena. Y es que el verdadero amor ha movido, mueve y moverá el mundo. Sólo el amor.

    Ya San Pablo nos lo recuerda en su primera carta a los Corintios: “el amor es paciente, es servicial; no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasará jamás”.

    Como vemos, todo un programa de vida. Lo bueno de San Pablo es que si tienes Fe en Dios el programa lo puedes aplicar a tu vida haciendo que ésta trascienda y se eleve hasta el infinito. Y si no tienes Fe en Dios, pero la tienes en el hombre, también te sirve. Al fin y al cabo, ¿qué prefieres vivir como “ni fu ni fa”, o peor aún, odiando o vivir amando?

    El amor, lo vemos en creyentes y no creyentes, mueve al ser humano. Nadie puede imponer la Fe pero cada uno sí puede imponerse a sí mismo un programa basado en la entrega generosa. Porque es en esa entrega donde vamos a demostrar lo que somos capaces de amar. A veces un detalle, dedicar unos minutos de nuestro tiempo, hacer algo que no se note pero que descarga a nuestro cónyuge de algo de trabajo, supone un pequeño esfuerzo y mucha satisfacción. Y el que ama, te lo digo por experiencia de muchos intentos fallidos, descubre. Eso es apasionante. Haz la prueba.

    Aquí también sirve, por cierto, la famosa Regla de Pareto: un 20% de lo que hagamos nos puede proporcionar un 80% de satisfacción. De verdad, un poco de amor que demos, va a retornar con creces lo poco que hayamos hecho. En satisfacción personal y en la satisfacción de la pareja, de nuestros hijos, del entorno laboral, o del equipo de trabajo, por ejemplo. Y siempre, pero siempre, en tu autoestima y felicidad.  

    Por lo demás, todos tenemos la experiencia de un mal o un buen día. Nos han podido salir las cosas mejor o peor. Pero, al final, lo que no soportamos es la insatisfacción que nos deja la apatía, el pretender pasar de todo o el mirarnos a nosotros mismos.

    Haz algo hoy, concreto por tu mujer, por tu esposo, por tu compañero de trabajo. Piensa en qué puedes hacer por los que te rodean. Por quien lo necesita. Pero que sea concreto y que lo puedas hacer hoy. Mañana ya harás otra cosa. Y si repites, construyes un buen hábito. Y si de copiosas cenas (excesos) están las sepulturas llenas, ya te digo yo que de buenos hábitos está el Cielo repleto. Hagamos de nuestra vida un Cielo ya aquí.

    Aunque sólo fuera por egoísmo, que es lo contrario del amor, el amor es rentable.

    Una conclusión personal

    Siempre es un buen momento para reflexionar, para detenernos unos instantes y hacer un balance personal. Para proponernos unos objetivos, claros, concretos, específicos, sencillos y medibles. Que nos supongan un reto personal realista, alcanzable y que podamos lograr en un tiempo concreto.

    Por supuesto, no vale decir quiero ser mejor esposo o esposa. Y sí, hoy a las 20:00h. voy a encargar esa cena que sé que le gusta a mi mujer, pondré un par de velas y el mejor mantel de la casa y luego, sin decir nada, lo recojo todo. Y si sé que a mi mujer, o a mi marido, le gusta después a las 21:00h. ver una buena peli, pongo la que le guste aunque a mí me apetezca menos. Porque en la pequeña renuncia a uno mismo es donde demostramos cuanto, de verdad, amamos.

    Si te aplicas en este proceso de construir los cuatro pilares de tu CASA te auguro un futuro repleto de felicidad. Ten en cuenta que esto lo puedes aplicar en el trabajo diario, en la empresa, en tu relación de pareja, en tu matrimonio. Y, desde luego, en tu relación con Dios si eres creyente.

    Ya sabes, CONSTRUYE TU HOGAR y vuelve a CASA, en cualquier momento del año, no solo en Navidad. Y a medida que avances, no dudes en contactar conmigo para contarme cómo vas con las reformas o construcción de tu “CASA”.

  • Vuelve a «casa» por Navidad

    Vuelve a «casa» por Navidad

    Los que ya tenemos cierta edad recordamos un anuncio que decía “vuelve a casa, vuelve, por Navidad”. Pues bien, hoy te propongo mirar tu interior para hacer balance y «volver a casa».

    Debido a la dichosa pandemia alguno sólo podrá hacerlo virtualmente o de manera telemática. Pero, al menos, volvamos a nuestra casa. A nuestro hogar más íntimo. Si no podemos estar físicamente con aquellos que más queremos, al menos, entremos en nuestro interior. Porque eso es, también, volver a casa.

    Aprovecho este final de año para que hagamos juntos un pequeño balance y nos planteemos qué queremos hacer el próximo que comienza.

    En lo que respecta a este blog, se trata de un espacio en el que encontrar contenido para conocerte mejor, para identificar aquellos aspectos de tu vida que necesitas cambiar y mejorar. Y, en definitiva, para ser feliz y hacer felices a los demás.

    En él ya he hablado de valores, de pensar en los demás, de liderazgo, de liderazgo adaptado al COVID, de cómo elaborar una buena charla o sermón, de generosidad y entrega, de humildad, de vocación de servicio. Y esto, a modo de resumen. Así que imagina la de temas interesantes que trataré en próximas publicaciones.

    Pero, que esto no te abrume si me sigues o lees. En realidad, aunque hable de muchos temas y aspectos, la verdad es que todo se resume en dos cuestiones: el amor a Dios y el amor a uno mismo.

    Así que, en resumen, tan sólo se necesitan 4 cosas para ser feliz. En realidad, sólo una: volver a casa. Al hogar, que es donde nos encontramos con quien más queremos y en donde nos sentimos seguros. Te propongo que leas e interiorices (antes de que acabe el año) lo que significa volver a casa:

    1. CONOCIMIENTO de uno mismo
    2. ACEPTACIÓN de ti mismo (con tus virtudes y defectos)
    3. SUPERACIÓN
    4. AMOR a Dios y a ti mismo

    Con cada letra inicial construyes tu “CASA”. Todo lo demás nos puede servir para redactar miles y miles de páginas, libros y más libros. Muchos muy buenos, otros no tanto. Pero la esencia, la tienes en el conocimiento, la aceptación y el espíritu de superación y el amor. Y con estos cuatro pilares ya tienes tu casa. Hogar, dulce hogar.

    Te propongo que, juntos, nos aprendamos este acrónimo: CASA en español. Y, si lo preieres en inglés, tan de moda, es un poco diferente pero es lo mismo y se escribe y pronuncia KAOL (Knowledge, Acceptance, Overcoming, Love). It’s up to you. ¡Como prefieras!

    Dicho esto, te propongo hacer balance. Y, en segundo lugar, planificar cómo vamos a actuar el próximo año si Dios quiere o D. m. (Dios mediante, que casi no se usa pero yo sí). Ya sabes que soy un poco (sólo un poco) transgresor. O “macarrilla”, como dice mi hermano más joven).

    Mirar tu interior. Los 2 primeros cimientos

    #1 – Conocimiento

    ¿Qué hemos hecho? ¿Cómo lo hemos hecho? ¿Con quién nos hemos portado bien o mal? ¿A quién hemos hecho daño? Esto es simplemente para tomar conciencia y ser “conscientes”.

    No hay peor cosa que no darse cuenta y pasar superficialmente por cualquier asunto de nuestra vida. Eso, en el mejor de los casos, te lleva a no sufrir. Y, en el peor, a transformarte en un ser repelente a quien sus semejantes le importan un bledo (asesinos, ladrones, lujuriosos, maltratadores, trepas de todos los colores, acomodaticios e inmorales). Y nunca te hará ser feliz. Que, al final, es de lo que se trata.

    Toca enfocar. Te explico a qué me refiero.

    Al hacer balance o examen vamos a ver dónde ponemos el foco. Porque, quizás me digas que nunca has matado ni robado a nadie. Pero, si hurgamos un poco, en la propia conciencia te darás cuenta de que hay muchas maneras, no digo ya de matar al prójimo sino, de jorobarle. Por ejemplo, murmurando, soltando chismes a diestro y siniestro, despellejando al personal en una palabra. O… ¿Robar? Me dirás, “yo no robo”. Pregúntate si has pagado todos tus impuestos o si te has dejado algo. O cuántas pelis te has descargado sin ningún tipo de cargo de conciencia. ¿Y ese informe del que tanto te ufanas y que ha sido la causa del desvelo y trabajo a destajo de alguno de tus subordinados?

    Hasta aquí el enfoque de nuestras pequeñas o grandes miserias. Pero nos falta el enfoque más importante.

    Para conocerse bien tenemos que hacer examen de todo aquello en lo que somos buenos. Cuáles son nuestras cualidades, nuestras fortalezas, nuestra generosidad, esfuerzo, humildad, sana ambición, capacidad de ayudar al prójimo, de ponernos en su lugar. Nuestra sonrisa, nuestras palabras y gestos amables, nuestra honestidad. Sí, créeme, nuestras capacidades, nuestras “cosas buenas” son, seguro, mucho mayores que las pequeñas miserias. Estamos dotados de una enorme capacidad. De un potencial que muchas veces no vemos. ¡Tenemos que ser conscientes de todo lo bueno que tenemos!  

    Está claro que conocerse implica un riesgo, exige también audacia y valentía pero merece la pena. Por eso, en este punto, te propongo realizar un ejercicio personal muy sencillo. Es un ejercicio personal pero muy clarificador.

    Escribe en la columna de la izquierda, todo aquello que creas que son tus defectos o tus debilidades. En la columna de la derecha escribe todo aquello que creas que son tus virtudes, tus potencialidades positivas, aquello que sabes que haces bien. Y con lo que, cuando lo pones en práctica, te duermes al final del día como un bebé. Si ves que la columna de la izquierda tiene una lista mayor que la de la derecha, repite el ejercicio. Ya verás cómo consigues que la lista de la derecha aumente.   

    #2 – Aceptación

    Esta es una fase del proceso para ser feliz que, casi te diría que, es la más dura. Y como ser feliz es un proceso, cuyo objetivo no es el destino sino el disfrute del propio viaje, aceptarse cuesta un poco.

    Pero es esencial para disfrutar de ese viaje y también del destino. Es que disfrutar del viaje está muy bien siempre y cuando tengas un destino en el que disfrutes. Porque puedes disfrutar mucho del viaje pero si te equivocas de destino probablemente no disfrutes tanto. Si eso te ocurre, no te preocupes. ¡Hay solución! Solo tienes que hacer como el GPS: recalcula la ruta y vuelve al camino adecuado.

    Y, para disfrutar del viaje y también del destino, es imprescindible ser feliz. Para eso, aceptarse resulta difícil pero imprescindible.

    Pero, ¿por qué es difícil? ¿Te has preguntado por qué nos ponemos rojos cuando nos aplauden? ¿Por qué nos cuesta tanto aceptar el éxito? ¿A qué se debe que algunas personas, demasiadas, sólo se fijan en la dichosa mota de la que ya hablaba Cristo y no se fijan en su viga? ¿Por qué nos duele tanto la crítica ajena?

    La respuesta es sencilla: nos duele tanto porque seguimos dependiendo de la opinión que el prójimo tiene de nosotros. Eso nos molesta, nos llena de dudas e inseguridades. Aceptarse implica conocerse, conocer nuestras limitaciones, pero también nuestras virtudes. Y, desde ahí, desde nuestras fortalezas, que las tenemos y muchas, construir para sacar lo mejor de nosotros mismos.

    Aceptarse significa que somos conscientes de todo aquello que somos, que tenemos o que no tenemos. Recuerdo una anécdota de una mis hijas cuando era muy pequeña. Tenía bastante genio y un día sus padres le reñimos. La respuesta que nos dio nos hizo reír y reflexionar: “es que Dios me ha hecho así”, nos respondió. Ahora es una maravillosa madre de familia, esposa e hija y ha dominado su genio, que sigue sacando de vez en cuando. Y es que los niños son lo que son. Sin enmiendas ni raspaduras. Por eso te dicen tranquilamente: “es que soy así” y ni se inmutan. Por supuesto hay cosas que se deben corregir y, otras, aceptar.

    Cada uno debemos aceptarnos con nuestros defectos y, eso sí, luchar para tratar de corregirlos. Pero sin angustiarnos ni frustrarnos. Sabiendo que, por mucho esfuerzo que pongamos en corregirnos, tropezaremos muchísimas veces, nos caeremos y nos haremos daño.

    Pero lo bueno del viaje para ser feliz, es no desesperar. Hacer un parón, reflexionar y, si eres creyente, orar y volver a empezar con ilusión renovada.

    Te adelanto que en la próxima publicación te hablaré de los otros dos cimientos necesarios para “construir tu casa”. Pero, como conclusión de hoy, piensa en cómo hacerte niño para aceptarte. No se trata de que te tragues una piedra de molino. Sino de que te aceptes con tus defectos y con tus virtudes. Que las tienes, aunque muchas veces ni nos demos cuenta.

    Y recuerda, que siempre puedes, y estás a tiempo de reescribir tu historia en clave positiva. Si tienes dudas o necesitas ayuda para lograrlo, solo tienes que contactar conmigo. Puedo y me encantará ayudarte a lograrlo.

  • Los 3 pilares para hacer un buen sermón

    Los 3 pilares para hacer un buen sermón

    Hace años asistí a un congreso en el que una de las estrellas invitadas era un famoso orador español motivacional. Otro de los oyentes, sentado detrás de mí, expresó al escuchar las sugerencias e ideas del ponente:“a ver cuánto nos dura lo que dice éste”.

    Esa expresión es aplicable a muchas cosas. Y, hoy, me vino a la cabeza porque voy a centrarme en cómo hacer un buen sermón para comunicar eficazmente la palabra de Dios.

    No hablaré en este artículo de técnicas de comunicación sino de lo que algunos llamamos “cargas de profundidad”. Te aclararé a qué me refiero.

    Para mi las cargas de profundidad son los valores profundos que, como persona, todos tenemos dentro. Las que permitirán al orador transformar al oyente con sus aportaciones. Y, al oyente, transformarse al interiorizarlas y hacerlas suyas.

    Si llevamos esto a la comunicación de la palabra de Dios, surgen 3 preguntas previas:

    ¿Preparo mi homilía, mi charla o mi círculo?

    ¿En quién pienso cuando lo preparo, en mí, en lo bien o mal que voy a quedar o en si voy a ser (o no) un instrumento en manos de Dios para remover conciencias?

    ¿Soy consciente de que he de explicar la Palabra de Dios, de que tengo que iluminar la conciencia de quien me escucha y de la importancia que tiene para el oyente una buena charla formativa católica?

    La respuesta a las tres preguntas anteriores no está en aprender tal o cual técnica de oratoria y comunicación. De hecho, en futuros artículos hablaré de algunas técnicas, muy sencillas. Pero, hoy quiero centrarme en ideas que implican cargas de profundidad. Y que aluden,  básicamente, a la generosidad y la entrega.

    Y esto, que parece una obviedad, no lo es tanto cuando con lo que nos quedamos los fieles es, por ejemplo, sólo con una erudita disertación sobre el origen de tal o cual palabra o frase. A mí, desde luego, me ha pasado.

    3 Ideas clave sobre cómo hacer un buen sermón

    Dedicar tiempo, prepararlo y nada de pedantería

    Preparar un sermón, charla, homilía o círculo implica entregarse, documentarse, estudiar y orar. Porque, cuando se trata de la transmisión de la Palabra de Dios, no sólo es necesario prepararla sino que hay que hacerla vida de la propia vida y ofrecer lo mejor de uno mismo. No para la propia vanagloria sino para la mayor gloria de Dios, como diría mi paisano San Ignacio de Loyola.

    Siempre que sea necesario, está bien dar una explicación sobre el origen de tal o cual palabra. Pero esa indicación sólo ha de servir para poner en contexto y aclarar lo que, de verdad, se quiere transmitir. Y no para acabar cayendo en una simple pedantería.

    Por ejemplo, si estamos hablando de los “hermanos” de Jesús a los que se alude en algunos de los textos bíblicos, está bien que se aclare que en la etimología hebraica, aramea o griega el significado de la palabra es muy amplio y alude también a parientes y discípulos. Está bien que se aclare que Cristo nació de la Virgen María, quien no había conocido varón. Y, por otra parte, podemos fijarnos en la entrega de María a Juan, desde la Cruz, cuando le dice a Juan, “ahí tienes a tu madre” y a María, “ahí tienes a tu hijo”. Entregándonos, desde ese momento a María como Madre para toda la humanidad. Y a Juan, representante de la humanidad, aceptando el cuidado de nuestra Madre.

    Por ello, si se quiere dejar claro a la audiencia que Jesús no tuvo hermanos, la explicación anterior es lógica y pertinente. Pero, sin dejar en segundo plano la idea clave. Es decir, la inmensa generosidad del Padre al entregar a la humanidad a Su Hijo y a la Madre de su Hijo. ¡Ese sería el objetivo a transmitir!

    Quien hable para los fieles, o para un grupo reducido de personas, tendrá que pensar de qué quiere hablar y qué quiere que el oyente recoja, y asimile. En definitiva, qué espera que se lleve. Y esto exige planificación para saber cómo hilar el argumento de la charla o sermón. Porque tiene que tener una introducción, un hilo argumental y un desenlace.

    Para eso, es fundamental preparar con generosidad el sermón, charla u homilía. Porque, entre los habituales de la Santa Misa (me incluyo) o de reuniones formativas, es frecuente pensar al salir, ¡qué bien habla esta persona! Pero si nos preguntaran ¿de qué ha hablado el sacerdote o la persona de turno? Sinceramente, ¿sabríamos responder?

    Está claro que no todo depende, ni mucho menos, de quien habla. Sino, también, de la atención de quien escucha. La atención, entre otros factores, o se gana o se pierde en función de cómo se haya preparado el discurso. Y, además de lo ya señalado, exige, también, mucha humildad. La pedantería en un sermón, no digo que sea imperdonable pero, es nefasta.

    Pensar en el oyente

    La segunda cuestión que mencioné al principio de este artículo fue, ¿en quién pienso al preparar la charla, homilía o círculo? ¿En el prójimo o en mí mismo?

    Si pienso en el prójimo y hago mío el resumen de los diez mandamientos: “amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. Esto supone que, desde el amor incondicional, habré pensado qué quiero que le quede a mi prójimo tras la charla. Cuál es la idea clave sobre la que va a pivotar la charla. ¡Insisto! La memoria humana es frágil. Y, por ello, con una o dos ideas clave, es más que suficiente.

    Otra cuestión capital es la cercanía que siempre viene de la mano de la humildad. Decía un tío mío, sacerdote, que la educación es una hija pequeña de la caridad. Te dejo estas dos “ecuaciones” a modo de reflexión:

    ✔️ HUMILDAD + CARIDAD = CERCANÍA

    ✔️ CERCANÍA + HONESTIDAD = CREDIBILIDAD

    Por lo demás, en una charla u homilía no puedes hablar de lo que te apetezca o de tus ideas sino de lo que tienes que tratar.

    Y es que aquí hay otra tentación muy habitual. En lugar de hacer luz al comunicar la Palabra de Dios, contenida en los textos del día para aplicarla a la vida diaria de las personas que escuchan, es frecuente hablar de la última novedad sociopolítica que se le ocurre al orador o esté de actualidad. Aprovechando su posición de autoridad y hablando de lo que le apetece o piensa. En lugar de lo que quiere Dios.

    La polarización de cualquier charla u homilía en función de la ideología de quien predica, o del interés social o político del momento, es un gravísimo error que ha alejado a más de uno de la Iglesia. En ese caso, el fracaso está garantizado.

    Ilumina tu conciencia para iluminar la del prójimo

    ¡Qué necesario es ser consciente de lo que se va a hacer! Ser consciente de la importancia de la charla u homilía. Llevando la homilía o la charla, a la oración y meditación propias, el orador dejará que el Espíritu Santo ilumine su alma y así podrá iluminar la de los demás.

    Con esto doy respuesta a la tercera pregunta ¿soy consciente de que tengo que iluminar conciencias a la luz de la Fe y del magisterio de la Iglesia? Si se es consciente de esto, la persona que habla, aunque se trate de un pecador, tratará de ser humilde, honesto y coherente, siendo uno mismo, consciente de las propias limitaciones.

    Por lo tanto, como resumen de todo lo dicho, recapitulemos cómo hacer un buen sermón y transmitir la palabra correctamente a través de él:

    1. Preparación. Brevedad. Ni pedantería ni temas extraños.
    2. Pensar en el prójimo.
    3. Iluminar previamente la propia conciencia para poder, después, iluminar la de los demás.

    Y… ¿Cómo retener la atención? Hablando con pasión desde el corazón. Siendo uno mismo, desde la humildad y el Amor. Si sigues este proceso, si lo interiorizas y, sobre todo, lo vives, tendrás credibilidad.

    Y ahora te propongo un “truco”. Pon algo de suspense para que, quien te haya escuchado, medite y haga suyo lo que le has dicho:

    1. Al principio, esboza las ideas clave de las que vas a hablar (introducción).
    2. Desarrolla esas ideas en la parte central de la charla (nudo).
    3. Finalmente, recapitula, resume y reitera las ideas fuertes (desenlace).

    Como coach, te animo a seguir este proceso. Hazlo con humildad, llévalo a la oración. Y te garantizo, no sé si el éxito, pero sí que comprobarás que ese “a ver cuánto nos dura” que mencionábamos al principio, durará mucho y dejará huella. Porque no habrás sido tú. Sino que tú habrás sido un instrumento en las manos de Dios.

  • ¿Comunicas o transmites?

    ¿Comunicas o transmites?

    Frecuentemente compruebo como muchas personas no tienen claro qué es comunicar. Y eso que es algo que hacemos a diario y de continuo. Puesto que todos nos comunicamos de infinitas formas, a lo largo del día, con quienes nos rodean.

    Por eso y porque es algo imprescindible en nuestra vida, hoy me gustaría hablar de la comunicación. Al menos en términos algo genéricos. Porque este tema da para mucho y muchos libros se han escrito ya sobre él.

    ¿Es lo mismo comunicar que transmitir?

    Partimos de dos términos que suelen tomarse como sinónimos cuando… no lo son.

    Cuando yo hablo, miro, escucho, gesticulo, me acerco o me alejo, acaricio, grito e escribo, emito mensajes. Estoy transmitiendo algo que deseo consciente o inconscientemente que alguien reciba de mí.

    Quien recibe ese mensaje, quien acoge la transmisión, sea por el oído, por los ojos, por el tacto, por el cerebro, lo decodifica. Es decir, lo entiende, aunque sea a su manera. Hasta aquí uno emite y otro recibe. Por lo que, transmitir no es otra cosa que emitir un mensaje, por el medio que sea. Y, como se entienda ese mensaje, eso ya es otra cosa.

    Si por comunicar queremos hacer saber a alguien algo, como dice la Academia de la Lengua, es lógico que, para comenzar, quien acoge mi mensaje, lo entienda sin distorsiones. Es decir, tal y como yo quiero que se reciba.

    Porque soy yo quien emite y deseo hacerme entender. Sin olvidar que las entendederas son las de cada uno y que “lo que se recibe, se recibe al modo del recipiente que lo recibe”, como muy bien señalaba ya en el siglo XIII Santo Tomás de Aquino. Lo que nos interesa es que la persona que recibe mi mensaje, entienda lo que ha recibido y cuál es el propósito de dicho mensaje.

    Avanzando por tanto en esta idea, comunicar sería trasladar a otro un mensaje claro que, a ser posible, no sea distorsionado. Así podremos llegar al entendimiento correcto. En el que lo que yo digo signifique lo mismo para mí, que emito, que para quien lo recibe.

    Me interesa señalar aquí que, cuando en este artículo hable de “comunicar” no me refiero simplemente a trasladar algo a otro. Y es que de un mensaje claro y con un mismo significado se puede dar un correcto entendimiento. Pero eso no implica, necesariamente, un entendimiento mutuo.

    Qué es comunicar y cómo comunicamos

    Aunque, comunicar es mucho más. Es hacer partícipe a una persona de lo que se tiene, descubrir y descubrirse. Comunicar es poner en común, abrirse a aquel con quien se comparte, hacerle partícipe de nuestro ser.

    El término comunicar, viene del latín “communicare” y éste de “communis”. Por tanto, implica compartir, poner en común, comunión. Y, finalmente, no es otra cosa que amar.

    Por lo tanto, sólo mediante el amor podremos comunicarnos y facilitar el poder llegar al encuentro. Lo que, en realidad, es el objetivo de la comunicación.

    ¿Pero, cómo comunicamos?

    Comunicamos con todo nuestro ser. Con lo que realmente somos, hacemos, decimos y nos callamos. También con el cómo nos comportamos, con nuestros gestos o nuestro estilo. Si soy egoísta comunicaré desde mi egoísmo y si soy generoso desde mi generosidad. En cualquier caso lo que soy, lo quiera o no, lo comunico. Es inevitable.

    Por ello, para favorecer este encuentro entre personas el “cómo” es casi tan importante como el “qué”.

    El qué es lo que quiero transmitir. Si se tiene esto claro, ya tendremos una parte del camino recorrido. El cómo me apela a mí y apela al otro. Llega hasta la otra persona y, dependiendo de ese “cómo”, nuestro mensaje será acogido mejor o peor. Incluso por mí mismo.

    La primera cuestión es tener claro qué es lo que quiero transmitir. Digamos que queremos transmitir un sentimiento y se lo queremos decir a un amigo, a nuestra pareja, a un hijo, a nuestro jefe o subordinado. En definitiva, a quien sea.

    Dos virtudes imprescindibles para la buena comunicación

    Un gran profesor de oratoria, y amigo, Ángel Lafuente, insiste en cada uno de sus cursos en esta frase: “nunca la palabra antes que el pensamiento”.

    La cosa tiene su aquel. Porque, pregúntate, ¿tengo claro lo que quiero decir? Seguro que alguna vez te ha pasado que, sin pensártelo dos veces, sueltas lo primero que se te ocurre. A mí muchas veces. Es verdad que, con la edad y la experiencia, cada vez menos. Y es que, en muchas ocasiones, nos lanzamos a hablar y gesticular, sin pensar ni en lo que decimos, ni en lo que callamos y, tampoco en cómo se va a sentir nuestro interlocutor.

    Por eso es imprescindible pensar primero y hablar, gesticular o escribir, después. No sólo hablo aquí de la palabra hablada sino de un correo electrónico, por ejemplo. ¿O, no te ha pasado eso de pegarte un calentón y mandar un email sin pensar en sus consecuencias, o de soltar una inconveniencia con el interpelado a tu espalda?

    Si, como dice Descartes, “pienso, luego existo”,  pensemos primero y actuemos después. Nos ahorraremos muchos problemas y ganaremos en satisfacción, paz, tranquilidad y amor.

    Esto exige, como mínimo, trabajar dos virtudes:

    1. Templanza o dominio propio de cuerpo y mente.
    2. Generosidad, es decir, aguantar y no querer ser “el perejil de todas las salsas”. 

    Aquí tenemos todo un programa de lo que son cargas de profundidad transformacionales. Virtudes que hay que trabajar junto con el aprendizaje de las técnicas correspondientes, que también hay que conocer. En este tema, si tienes cualquier duda, te animo a contactar conmigo para resolverla.

    Generosidad. ¡Ahí está la clave!

    “En lo esencial, unidad; ante lo dudoso, libertad; y, en todo, caridad” escribe San Agustín. Fíjate que esta maravillosa frase termina con un enfático “en todo caridad” que, salvando matices filosóficos y teológicos, podríamos asimilar en la vida cotidiana con la generosidad.

    ¡Sí!, debemos ser generosos y caritativos, con nosotros mismos. Para observar nuestros fallos, no machacarnos y, sin angustiarnos, procurar mejorar. Pero, al mismo tiempo, hemos de ser generosos con el prójimo. Sobre todo, a la hora de comunicar.

    No sólo se trata de cómo estoy yo sino de cómo está él, ella, el equipo, mis hijos, aquellos con los que me relaciono y con los que me comunico.

    Cuando me comunico con alguien me entrego a ese alguien, abro parte de mi corazón a esa persona. Y, de una manera o de otra, procuro el encuentro personal. La otra persona, mediante la comunicación sincera se abre también y me entrega parte de su ser y de su corazón. Y en verdadero diálogo se produce el encuentro personal.

    Por eso, la verdadera comunicación no es una mera transmisión de órdenes, ni una entrega de información. Es entrega generosa de la persona hacia el otro. Para ser capaces de cuestionarse mutuamente y aceptarse desde puntos de vista, a priori, diferentes. Y esto sólo puede alcanzarse mediante el encuentro personal transformador que sólo el amor provoca.

    Lo iremos desarrollando en próximas entradas.

    De momento, tras ver en esta publicación qué es comunicar, te dejo con una pregunta. ¿Comunicas o transmites? O, según lo que acabamos de ver… ¿transmites o amas?

    Si crees que necesitas ayuda o mejorar tu comunicación, no dudes en contactar conmigo. ¡Me alegrará ayudarte!

  • Hemos discutido. Y ahora, ¿qué?

    Hemos discutido. Y ahora, ¿qué?

    Algo ya habitual es que el conflicto matrimonial ha alcanzado en las últimas décadas dimensiones pandémicas en nuestro país. De hecho, entre el 60% y el 70 % de los matrimonios que se celebran en España (a edades cercanas a los 36-37 años) acaban en divorcio o separación.

    Ni que decir tiene que un matrimonio en situación de conflicto permanente es algo pésimo. Para los cónyuges, para los hijos y para la familia en su conjunto. Y, en consecuencia, puede repercutir también en el rendimiento laboral de los padres y escolar de los hijos.

    Normalmente en la familia, como en cualquier grupo humano compuesto por personas el conflicto es inevitable.

    Pero, el conflicto no siempre es malo. Puede, y de hecho lo es, una situación para crecer. Así que depende de cómo lo abordemos obtendremos o una solución o un problema. Y éste, el problema, nos lo encontraremos seguro si no somos capaces de resolver el conflicto.

    Por tanto, ¿qué te parece si buscamos una solución positiva de crecimiento personal y mayor unidad en el pareja, en el matrimonio y en la familia?

    El conflicto matrimonial como oportunidad

    Por mi propia experiencia personal y como compruebo en mis sesiones de coaching familiar con parejas, sé que el conflicto matrimonial va a surgir tarde o temprano. Desde la más leve discusión hasta algo más grave, como una infidelidad, pasando por la forma de educar a los hijos o de relacionarse entre la pareja. Como te digo, es inevitable.

    La buena noticia es que siempre, pero siempre, existe solución. Además, una buena solución si así lo queremos.

    Así mismo, es preciso distinguir el deseo del “me apetece”. Todos deseamos algo a lo largo del día y de toda nuestra vida. Desear algo razonable no es malo. Querer satisfacer a toda costa un “me apetece esto, aquello o lo otro” puede implicar pensar solo en uno mismo. Sin, desde luego, tener en cuenta las necesidades del otro. El “me apetece”, ya marca una señal ante la que, probablemente, debamos pararnos a reflexionar previamente.

    Pero, ¿por qué surge el conflicto? Deseos no correspondidos, apetencias desmesuradas, caracteres diferentes, entre otras razones. Busca en tu interior y seguro que encuentras infinidad de motivos que te darían no sólo para una buena discusión sino para un enfado, un distanciamiento o una ruptura.

    Por lo demás, no es el conflicto producto del deseo de cada. Más bien, de cómo comunicamos o no ese deseo y de cómo reaccionamos ante la respuesta del otro. En buena medida, el conflicto es una decisión. Porque el conflicto puede ser evitado, lo que no quiere decir que sea siempre bueno evitarlo.

    Y, ¡sorpresa! El conflicto, mirando siempre hacia adelante, puede ser un motivo de crecimiento personal y de mayor unión en el matrimonio.

    El silencio, el gran enemigo a batir

    Si algo tengo claro es que lo que nunca es una solución es el silencio.

    Recuerdo un consejo que escuche al protagonista de la serie americana “Con ocho basta”, allá por los años setenta. El padre le dice a su hija mayor, que se casaba: “cuando discutas con tu marido nunca te duermas sin hacer las paces con él”. Se ve que yo, tierno adolescente, ya estaba entonces entrando en las cosas del amor y la dichosa frase se me quedó grabada.

    ¡La de veces que mi mujer y yo nos hemos encontrado a las tres de la mañana solucionando un conflicto-discusión conyugal! ¿Que uno se duerme? Le despiertas. Puede parecer cruel pero no lo es. Nunca os durmáis sin daros un buen abrazo y un beso de paz y reconciliación. Y si, al día siguiente, hay que hablar más y mejor ya se hará. Pero, lo primero es lo primero.

    Como te digo, más te vale una buena discusión que un silencio asfixiante. Éste, el silencio, es el mayor enemigo de la unidad entre los novios y los cónyuges.

    El silencio es como el lobo feroz disfrazado de ovejita. “¿Te pasa algo cariño? A mí, nada ¡qué me va a pasar!”. ¿Te suenan la pregunta y la respuesta? Si no te suenan hazte un reseteo porque estás fuera de la realidad, lamento decírtelo. Si, a partir del “a mí nada, ¡qué me va a pasar! lo dejas correr te aseguro que, tarde y a destiempo, quien así se expresa va a desenterrar el hacha de guerra.

    La importancia de la comunicación la pareja

    La forma que tenemos de comunicarnos es importantísima en la relación de pareja. Una alteración del timbre de voz, un poco de énfasis a la hora de hablar y, como no tengamos cuidado, ya está el lío montado.   

    Y no es que no comuniquemos, porque la realidad es que comunicamos siempre. Comunicamos con el gesto, con el silencio, con la palabra, con la mirada, con lo que no decimos pero pensamos… Con lo que escuchamos y con lo que no escuchamos.

    Por otra parte, una inagotable fuente de conflictos se produce por la falta de escucha al otro. Es decir, oír, oír, lo que se dice oír, en general sí que oímos. Pero, oír no significa necesariamente atender y, mucho menos, escuchar.

    En la relación entre dos personas, escuchar implica, entre otras cosas, una atención plena y hacer que la otra persona se sienta única. Aquí está el “quid” de la cuestión. Si cuando la otra persona está hablando yo estoy “de cuerpo presente y espíritu ausente”. Si hago como que escucho pero mi mirada divaga y mi atención está enfocada en mí mismo y en lo que voy a responder, esa comunicación será infructuosa.

    Porque, si me estoy escuchando a mi mismo o peor, mientras genero MI propio castillo de naipes, aumentaré el conflicto ya existente.

    ¿Sabes a qué me refiero con esto del castillo de naipes? Consiste en escuchar algo que el otro no ha dicho, ni ha pensado, ni existe. Es decir, es un producto de mi imaginación. Y ocurre muchas veces. A mí me ha ocurrido y a mi esposa, también.

    La escucha activa, la mejor herramienta

    Por lo tanto, entra en escena un nuevo (e importantísimo) elemento: la escucha activa. Y de ésta, de la escucha activa, hablaré bastante en este blog.

    La escucha activa significa poner nuestros cinco sentidos en captar y entender lo que la otra persona nos quiere decir. Cuando haya dudas, puedes utilizar dos preguntas:

    ¿Me he explicado bien?

    ¿Hay algo que me quieras preguntar?

    En cualquier caso evita el «¿me has entendido?» Y, mucho menos el «¿has entendido algo?«

    Con las dos primeras preguntas soy yo el que parte de la base de quizá no me haya explicado adecuadamente. Con las dos últimas puedo transmitir que la “culpa” de la falta de entendimiento sea del otro y no mía.

    Esto nos lleva a diferentes estilos de comunicación existentes. Pero de eso, hablaremos en próximos artículos. Porque el conflicto, como la Guerra de los Rose, da para mucho.

    De momento te dejo varias reflexiones y alguna incógnita, como con las ecuaciones.  

    • El conflicto matrimonial es INEVITABLE.
    • El conflicto matrimonial se puede solucionar de manera positiva.
    • Cómo nos COMUNICAMOS es esencial. Recuerda que con la palabra no transmitimos más allá del 5%. El otro 95% es comunicación no verbal.
    • Escuchar bien, mediante la ESCUCHA ACTIVA, es fundamental.

    Y un avance en la resolución de conflictos: claridad, asertividad y generosidad con una pizca de humildad (si te pasas con la pizca no pasa nada).

    Recuerda que, como decía mi abuela, dos no pueden si uno no quiere. En contrapartida, uno más uno puede ser multitud, igual a infinito que dice el director de cine Juan Manuel Cotelo.

    Aquí te dejo por hoy con este artículo sobre el conflicto matrimonial para que vayas buscando tú mismo soluciones. Y, por supuesto, si las quieres compartir conmigo o quieres hacerme alguna consulta, aquí me tienes para ayudarte en todo lo posible.