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  • CAMBIA                             TU MIRADA

    CAMBIA TU MIRADA

    Acompañar sin juzgar para transformar personas, familias y equipos

    En noviembre de 2025 participé en el Primer Congreso del Instituto Internacional de Acompañamiento.

    Fue una experiencia profundamente enriquecedora. Filósofos, profesores, médicos, psicólogos, coaches, sacerdotes, personas consagradas y acompañantes de ámbitos muy distintos compartíamos un mismo objetivo: ayudar al prójimo mediante el acompañamiento integral.

    Desde el primer momento se nos planteó una idea clave sobre la que reflexionamos en profundidad: aprender a cambiar nuestra mirada.

    Una persona me dijo una vez que su vida y su matrimonio cambiaron cuando cambió su mirada hacia sí misma y hacia su esposo. Pasaron del conflicto permanente al reencuentro y al amor. Aquella frase me acompañó durante todo el congreso y resume la fuerza transformadora que tiene cambiar la mirada.

    ¿Qué implica cambiar la mirada?

    Cambiar la mirada implica no prejuzgar, no etiquetar y no condenar. Significa hacer vida aquella frase de Jesús de Nazaret: «No juzguéis y no seréis juzgados».

    Cuando cambiamos la mirada, comenzamos a ver más allá de lo que captan nuestros sentidos.

    Tanto para acompañar como para dejarnos acompañar, es imprescindible mirar al otro como una persona que nos interpela, que necesita compañía y a quien podemos ayudar… y que, al mismo tiempo, nos ayuda a crecer.

    Por eso, el acompañamiento auténtico es siempre un ganar–ganar.

    Y no solo eso: es un aprendizaje continuo, exigente y profundamente plenificante.

    Mirarse primero a uno mismo

    Para cambiar la mirada hacia los demás, el primer paso es mirarnos a nosotros mismos.

    Mirarnos con honestidad, sin disfraces ni autoengaños.

    Preguntarnos:

    • ¿Quién soy?
    • ¿Para qué vivo?
    • ¿Qué quiere Dios de mí?
    • ¿Qué me sorprende?
    • ¿Estoy dispuesto a dejarme sorprender?
    • ¿Estoy dispuesto a amarme como Dios me ama?

    Nadie puede ofrecer lo que no tiene.

    Si no me amo, si me trato como un fracaso permanente, esa falta de amor interior me incapacita para amar a los demás y para acompañar de verdad.

    Para acompañar necesito dejarme amar, cambiar mi mirada hacia mí mismo y reconocer que mi vida tiene sentido y misión.

    Este ejercicio interior es imprescindible para acompañar desde el amor, la verdad y la coherencia.

    Sé humilde

    La humildad es andar en verdad, decía Santa Teresa de Jesús. Sólo la humildad nos capacita para amar de verdad.

    Quien ama:

    • Busca la verdad sin falsedades,
    • Acepta la realidad tal como es,
    • Sale de sí mismo y se descentra.

    No somos el ombligo del mundo.

    San Agustín lo expresó con claridad: conócete, acéptate, supérate.

    • Conócete, porque somos frágiles.
    • Acéptate, porque todos tenemos virtudes y defectos.
    • Supérate, desde ese conocimiento interior y con la ayuda de Dios.

    El verdadero amor no lleva cuentas, no guarda rencor, sabe esperar y perdonar.

    Han pasado siglos desde que San Pablo lo escribió… y no ha perdido actualidad.

    La mirada de los niños

    Si tenemos hijos o nietos pequeños, observémoslos.

    Cristo nos invita a hacernos como niños no por ingenuidad, sino por confianza, humildad y apertura.

    La mirada de un niño es asombro puro.

    • No juzga.
    • No etiqueta.
    • No calcula.

    Uno de mis nietos, con apenas unos meses, mira el mundo sin filtros. Reacciona con alegría o con llanto, sin estrategia alguna. Esa mirada limpia es una escuela extraordinaria para quien acompaña.

    Prejuicio y etiquetaje: el gran obstáculo

    • El prejuicio nos impide llegar al corazón del otro.
    • El etiquetaje nos aleja del verdadero encuentro.

    Acompañar no es interpretar ni suponer. Es escuchar, respetar y estar presentes.

    Como guías en una ciudad, mostramos caminos, pero es el acompañado quien decide por dónde seguir.

    Cuántos conflictos nacen simplemente de un «pensaba que…» que nunca fue real.

    Respetar los tiempos

    No todos necesitamos el mismo tiempo para procesar lo vivido. Respetar los tiempos del otro es una forma profunda de amar. San Ignacio de Loyola lo resumía así: «En tiempos de desolación, no hacer mudanza».

    Saber esperar también es acompañar. Y no siempre es fácil, especialmente en la intimidad del hogar.

    Mirar como Dios nos mira

    Dios nos mira con amor infinito y respeta nuestra libertad. Se hace niño, vulnerable, dependiente.

    Nos enseña que la verdadera grandeza está en la ternura.

    Cambiar la mirada es aprender a mirar como Él mira: con amor, paciencia y esperanza.

    Acompañar es un encuentro personal

    La mayor pobreza de nuestras sociedades no es material, sino la soledad sin sentido.

    El acompañamiento ayuda a recuperar ese sentido personal, único e irrepetible.

    Por eso, si vas a acompañar:

    • Cambia primero tu mirada,
    • Déjate sorprender,
    • No juzgues,
    • Mira con bondad,
    • Ámate y ama,
    • Entrégate desde ese amor.

    Ahí comienza el verdadero encuentro, encuentro que va más allá del coaching. Más allá de la técnica.

    Acompañar no es algo que haya aprendido solo en libros o congresos, sino en la vida, en la familia, en el trabajo y en la fe.

    También en la empresa es posible acompañar desde el encuentro personal. Y cuando se hace, los equipos crecen en confianza, responsabilidad y sentido compartido.

    Si crees que tú, tu matrimonio, tu familia o tu equipo necesitáis acompañamiento, contacta conmigo.
    Estoy aquí para caminar contigo.

  • REINVENTARSE TRAS LA JUBILACIÓN: CÓMO RECUPERAR PROPÓSITO Y DIRECCIÓN

    REINVENTARSE TRAS LA JUBILACIÓN: CÓMO RECUPERAR PROPÓSITO Y DIRECCIÓN

    Un año sin escribir. Un año entero acumulando ideas, notas, frases sueltas… y borrándolas antes de publicarlas. Así ha sido mi travesía personal durante los últimos meses: postergar, aplazar, decir «mañana» y volver a repetir «mañana» durante demasiado tiempo.

    Hoy, 30 de enero de 2026, vuelvo a escribir.

    Me jubilé el 1 de abril de 2025. Sobre el papel era una etapa deseada: tiempo libre, proyectos personales, familia, descanso. Pero la realidad fue distinta. Pasé de una vida profesional intensa a enfrentarme a 24 horas diarias que, paradójicamente, no sabía organizar.

    No era falta de planes. Tenía ejercicio, asociaciones, familia, formación, vida espiritual… y aun así sentía que mi barca iba a la deriva.

    La jubilación no es sólo un cambio laboral. Es un cambio de identidad, de ritmo y de estructura mental. Y eso, aunque nadie lo diga en voz alta, puede convertirse en un desierto interior.

    Cuando los que acompañan también se pierden

    Existe la falsa idea de que quienes acompañamos a otros — coaches, terapeutas, sanitarios, profesores — vivimos blindados frente a los problemas. No es cierto.

    También cargamos mochilas mal organizadas: preocupaciones familiares, cansancio, dudas económicas, sensación de no llegar a todo.

    En mi caso se unieron varios factores: el cierre de una etapa profesional exigente, la responsabilidad de gestionar asuntos familiares complejos, la salud de mi padre nonagenario, viajes, ayuda a hijos y nietos, y la adaptación a una economía distinta tras la jubilación.

    Nada extraordinario. Vida real. Pero suficiente para generar ruido mental, desorden y bloqueo.

    Lo reconozco con honestidad: no era falta de capacidad, era falta de dirección.

    El verdadero problema no era escribir

    Lo peor de dejar de escribir no fue quedarme sin ideas. Al contrario: tengo decenas de temas anotados. Lo difícil era volver a empezar. Sentarme ante la pantalla en blanco y decir: aquí estoy otra vez.

    Porque cuando dejas de hacer algo que forma parte de tu identidad, aparece una voz silenciosa que susurra: «ya no sirves», «has perdido el ritmo», «es tarde».

    Esa voz agota más que cualquier trabajo físico. Vacía por dentro.

    Ahí entendí algo importante: el bloqueo no era técnico, era emocional. Y el antídoto no era inspiración, sino acción.

    El clic que lo cambia todo

    El detonante fue inesperado. Viendo unas semifinales de tenis del Open de Australia observé a cuatro deportistas al límite: calambres, agotamiento, dolor… y aun así persistiendo. Dos ganarían, dos perderían. Pero todos estaban dando lo máximo.

    Y pensé: ¿qué hago yo tumbado?

    Ese momento fue el clic. No por el tenis en sí, sino por lo que simbolizaba: constancia, disciplina, propósito. Nadie puede pulsar ese interruptor por ti. Pero cuando se activa, todo se reordena.

    Comprendí que mi vida no era un desastre. Simplemente necesitaba recuperar el timón.

    La jubilación con propósito vital

    La jubilación no consiste en llenar el tiempo con actividades, sino en recuperar el sentido del «para qué».

    Ordenar prioridades. Cuidar cuerpo, mente, espíritu y relaciones. Aceptar límites sin renunciar a la misión personal. A esto le llamo jubilación con propósito vital.

    Durante estos meses he aprendido que:

    • Organizar el día no es controlarlo todo, sino elegir lo esencial.
    • Pedir ayuda es un acto de inteligencia, no de debilidad.
    • La economía familiar también forma parte del equilibrio vital.
    • El propósito no desaparece con la edad.

    Tengo 67 años. El cuerpo acusa el paso del tiempo. La mente, gracias a Dios, sigue inquieta. Y mientras haya inquietud, hay camino.

    ¿Por qué vuelvo a escribir?

    Este artículo es un punto de partida. Sin él no se entenderían los que vendrán. Es el primer paso de alguien que decide levantarse del sofá y volver a caminar.

    Escribo para ordenar mis ideas, sí. Pero sobre todo escribo para acompañar.

    Porque sé lo que es atravesar el desierto: la desorientación, la pereza, el miedo económico, la sensación de inutilidad, el cansancio acumulado.

    Y sé que se sale.

    No con heroísmo épico, sino con pasos pequeños y constantes.

    Si estás en tu propio desierto

    Tal vez estés leyendo esto sintiendo que tu vida se ha convertido en una tierra seca: crisis personal, laboral, matrimonial, jubilación mal digerida, agotamiento emocional. Si es así, no estás roto. Estás en tránsito.

    Acompañar a otros no significa dar recetas mágicas. Significa caminar al lado con experiencia, escucha y método.

    Yo sigo caminando. Y precisamente por eso puedo acompañarte.

    He vuelto a escribir. He vuelto a mi sitio. Y, Dios mediante, aquí seguiré.

    Con un objetivo claro: ayudarte a encontrar dirección cuando todo parece disperso.

    Si sientes que necesitas acompañamiento, puedes ponerte en contacto conmigo.

    NO TIENE QUE ATRAVESAR EL DESIERTO SOLO

  • 15 Propósitos familiares para tener un gran año

    15 Propósitos familiares para tener un gran año

    Reconozco que hablar de propósitos para el año en el mes de enero, puede sonar a tópico. Lo asumo.

    Pero, si propongo hoy detenernos en los propósitos familiares y de pareja, la cosa ya es bastante diferente.

    Porque, en estas fechas estamos llenos de buenas intenciones. Muchos nos hemos propuesto llegar al verano habiendo incorporado hábitos saludables a nuestro día a día. Pero, si además de con la mente y el cuerpo sanos, llegamos con la cabeza bien amueblada y nuestra vida familiar en perfecto estado de revista, pues… mejor. ¿No te parece?

    Como vas a poder comprobar, a continuación, en este momento del año me ha resultado realmente imposible resistirme a crear mi propia lista de propósitos familiares para los próximos meses.

    Tenemos por delante once maravillosos meses para cumplir con nuestros propósitos, objetivos y deseos. Tanto personales como profesionales, de pareja y familiares. En estos dos últimos me gustaría detenerme hoy.

    Porque, si a través de estas líneas os ayudo a definir vuestro propósito conjunto para este año y clarificáis algo las cosas, me daré por satisfecho.

    ¡Comencemos!

    15 Propósitos familiares y de pareja que te propongo para este año

    Por muy jóvenes que seáis, si leéis esto, seguro que recordáis esta canción que comenzaba con: «Tres cosas hay en la vida, salud, dinero y amor, y el que tenga esas tres cosas que le dé gracias a Dios».

    Y como soy acompañante y coach católico, al preparar mi lista de propósitos familiares para el año que ha entrado, he querido comenzar dándole la vuelta a la canción como a un calcetín.

    1 – Primero lo primero. Dad gracias a Dios por todo

    Sí, ya sé que más de uno dirá eso de que mi mujer o yo no somos creyentes. ¡Qué le vamos a hacer!, Él sí cree en cada uno de vosotros. Además, por si no lo sabéis, no creer en Dios es irracional. Hablaremos de esto en algún artículo futuro.

    2 – La salud

    Bueno, al llegar a cierta edad, tarde o temprano, el cuerpo te va a dar trabajo. Y, cuando menos lo esperas, aparece alguna enfermedad y dolorcillo, físico, mental o espiritual. Cuando eres joven, te comes el mundo. Pero, al ir cumpliendo años, la edad queda en la mente.

    Esta es la evolución normal y natural. Y, sí: tenemos que cuidar la mente ejercitándola. No os digo nada si, por la razón que sea, la «vida», este eufemismo para no hablar de Dios, nos da un buen revolcón y se lleva a algún ser querido por sorpresa.

    3 – El control

    Contrólate, organízate, haced planes juntos y… sed flexibles. ¿Qué significa eso de que seamos flexibles? Pues, que está muy bien eso de preparar el equipaje la víspera y salir con dos horas de antelación para llegar a tiempo a la vuelta de la esquina. Pero, puede que la víspera se quede en víspera y no llegues a mañana. Así, que sí, organizaos pero sed flexibles.

    Ten en cuenta que el híper control sólo nos lleva a la frustración o a la irritación en cuanto algo, o alguien, nos saca fuera de lo que controlamos. En resumen, de nuestra zona de confort.

    4 – Cuidad vuestros cuerpos y el estrés

    Sin duda, este es el propósito más habitual en este momento del año. Me refiero a adoptar la rutina de cuidar la salud haciendo ejercicio.

    Desde aquí te animo a tomarte en serio este tema. Pero, luego, no vayas al gimnasio en taxi como recuerda el título de uno de los libros de un gran amigo, Gabriel Ginebra, profesor de muchas cosas y, básicamente, de sentido común, «La parisina que tomó un taxi para ir al gimnasio».

    Además de eso, puedes hacer como sugiere mi mujer, que tiene un sentido común descomunal y me dice: «haz ejercicio, pero ¿qué tal si nos vamos de paseo ambos dos?» Tiene razón.

    5 – Moderación

    Planifico el día a día, tanto en lo personal como en lo laboral y comienzo el año comiéndome el mundo. Trabajando a tope, escribiendo a más no poder, haciendo ejercicio sin excusas o haciendo dieta rigurosa, y viviendo a tope… hasta que te llega el «topetazo». Un parón como la copa de un pino.

    Esto de la moderación va también con la pareja. Planes juntos, escapadas, trabajo de ambos, con moderación.

    6 – Paciencia. Id despacio

    ¿Recuerdas la famosa frase, «Vísteme despacio, que tengo prisa»? Unos se la atribuyen a Napoleón, aunque según Benito Pérez Galdós en sus Episodios Nacionales, la frase era de Fernando VII dirigiéndose a uno de sus ayudantes que no atinaba con la vestimenta del rey. Sea quien fuese quien la pronunció, yo la «tomo prestada» hoy para insistir en que no pierdas de vista su significado a lo largo de este año.

    Porque es que el estrés y la prisa, son capaces de corromper cualquier relación. Tenlo presente cuando lleguen esos días tan agotadores en los que parece que no se llega a nada.

    7 – Pactad

    Si a mí me gusta pedalear en bici elíptica y a ella pasear y no vamos acompasados no pasa nada. O si, en días diferentes, cada cual hace su caminata o pedalea sin su cónyuge. Pero, lo que no va a funcionar es que sistemáticamente cada cual haga la vida por su cuenta, que también en esto del ejercicio, hay mucho solitario o «tamboril de casa ajena», como dice mi mujer.

    Para que nos entendamos, el tamboril de casa ajena, es aquel que se dedica a la hiperactividad frenética, junta de padres del colegio, organizador de eventos estudiantiles, partícipe en todo tipo de asociaciones y oenegés varias, coordinar reuniones de amigos, se lleva fantásticamente bien con ellos y no dedica ni un minuto a su cónyuge.

    Y ahora que he explicado el concepto, te hago una pregunta directamente a ti: ¿eres tamboril de casa ajena? Pues vuelve a casa, como el turrón y haz caso a tu novia, esposa, novio o esposo.

    8 – Renuncia a algo

    Si, como en el punto anterior, eres tamboril de casa ajena vas a tener que renunciar a algo, algún día. O a algunas actividades, más de un día.

    Y te preguntarás, eso por qué. Pues porque te necesita tu cónyuge, tu novio o tu novia. Yo he sido «tamboril de casa ajena», que conste. Así que escribo con conocimiento de causa.

    9 – Perdón. Pedíos perdón

    Reñir no sé si es inevitable. Pero, desde luego, quienes no riñen o discuten, en silencio y con (o sin) algún grito, no están en la vida real. Lo bueno de las familias que van creciendo, como nos pasa, gracias a Dios, a mi mujer y a mí, es que la confianza no se desarrolla sólo con los hijos. Sino, también, con los yernos, nueras y nietos.

    Como es de suponer, a veces, en una convivencia «all together», todos juntitos, una semana al año, los roces hacen que salten chispas. Una sincera petición de perdón, que cuesta, porque somos todos bastante soberbios, es esencial.

    10 – El truco para la paz: cálmate

    ¿Qué hacer ante el chispazo? Uno de mis yernos mantiene la calma, la voz queda, silencio meditabundo y luego… suelta una sonrisa y le arrea un buen achuchón a mi hija. El otro, que es como una caldera a presión, pero apenas se le nota, suelta de repente: «me voy a correr un rato». Y mi nuera se desahoga picándose ante un juego de mesa.

    Cada truco es «mano de santo». Porque, cada uno, tiene su propio recurso. Todos somos diferentes. Y, todos, tenemos que aprender a buscar los resortes que hagan que todo vuelva a la normalidad del cariño y la unión familiar. Por supuesto, mediante el respeto, la generosidad y el olvido de uno mismo. Sin dejar, por eso mismo, aunque parezca una contradicción, de buscar un ratito personal. Una vuelta a la manzana, que se dice, además de pedir perdón.

    11 – Juntos

    Leed juntos. Ved una película juntos. Comentadla juntos (pero no hagas como mi mujer que la comenta en directo). El cine-fórum para después. Pero, hacedlo.

    Mirad, os cuento algo personal: si no estoy con mi mujer o con mis hijos, yernos, nuera, soy incapaz de ver una película entera. A solas me duermo. Es más, me aburro soberanamente.

    12 – Poco

    Recordad: quien más tiene es el que menos necesita y el que más se entrega a los demás. Esa persona es rica. Y no por sus posesiones sino por la impronta que deja en los demás. Yo sólo necesito comer, un ordenador para escribir, una buena conexión a Internet, mi «txoko» de la cocina, mi baño pequeño, y mi esquina del sofá. Pero… ¡ay, si me lo quitan! ¡Ah! Y, si falla la conexión a Internet. Y es que somos así, capaces de apropiarnos hasta de un lápiz o bolígrafo. O, ¿no hemos gritado alguna vez «dónde está mi peine, mi boli, mi, mi…?».

    13 – Haced «dieta»

    De la salud y la moderación ya hemos hablado antes. Así que la dieta que te propongo ahora es una muy diferente. Me refiero a la del móvil, la tablet, la TV y todos los artilugios que supongan que ya no usemos lápiz y papel. «Dieta» de redes sociales.

    A principios de mes estábamos, mi mujer y yo, cenando en el restaurante de un hotel donde se alojaban muchas familias con sus hijos y en una mesa muy, muy cercana, estaban un matrimonio con sus dos hijos. Los cuatro con el móvil. Ni se miraban. Me dieron pena, la verdad. Todos juntos pero aislados.

    14 – Peregrinad en familia

    Para terminar, os sugiero hacer viajes en familia. Un viaje de un par de días a Puy de Fou, por ejemplo. O a Fátima o Lourdes. Una peregrinación en familia, además de enriquecedora es enormemente instructiva. Porque vas con otras familias, no puedes hacer lo que te dé la gana, tienes que participar y renunciar a alguna que otra comodidad. Os vais a unir mucho más, vais a volver rejuvenecidos y, probablemente, según los casos, sanados. ¡Haced la prueba este año!

    15 – Rezad juntos

    Aunque no seas o seáis creyentes, rezad juntos. Que, al menos, un Padre Nuestro, Ave María y Gloria lo podéis rezar en un minuto. Y, luego, a ver qué pasa. Pero hacedlo todos los días. Porque si rezáis van a pasar cosas. Toma nota de otro libro. Se titula así: «Si rezas, pasan cosas». Su autor Rubén Herce. Y si sois creyentes, perdón tenéis. Pero, si no rezáis juntos, ¿qué esperáis? Las cosas en la vida cuestan. Pero, a estas alturas de la vida, te das cuenta de aquello que merece la pena y de lo que no lo merece.

    EN CONCLUSIÓN:

    Como propósito para este 2025, os propongo que volváis a encontraros. Hablad, dialogad, rezad, pedíos perdón, haced cosas juntos, renunciad al capricho personal y poned en el centro al otro, a sus necesidades, entregaos mutuamente el uno al otro, encontraos para volver a uniros o para uniros más.

    Y recordad que nos necesitamos mutuamente. Si vais, paso a paso, recorriendo despacio, degustando cada punto, y hacéis este itinerario que, como coach familiar, os propongo para los meses que están por venir, sin ninguna duda, será un gran año. ¡A por él!

  • Mi decálogo para tener la fiesta «en paz»

    Mi decálogo para tener la fiesta «en paz»

    Cuando se acercan fechas especiales, tener reuniones familiares sin discusiones se convierte en el objetivo a lograr para infinidad de personas. Se trata de momentos en los que, inevitablemente, habrá encuentros con familia y parientes. Y a muchos, les aterra vivir los tan habituales pero, a la vez, desagradables desencuentros.

    Lo normal, cuando se trata de encuentros junto a personas tan cercanas, es que todo sea armonía, paz y felicidad por la posibilidad de vivir esos instantes con seres queridos. Pero eso que puede parecer tan «obvio», no siempre lo es.

    Según la Maryland University of Integrative Health, la familia española «es más que un grupo de parientes; es la piedra angular de la identidad y el sistema de apoyo de una persona. La importancia de la familia está arraigada en la esencia misma de esta cultura y penetra en todos los aspectos de la vida un individuo».

    Sinceramente, no sé si es sana envidia. Pero, debemos resaltar esta fortaleza familiar hispana. Que, con todos sus problemas y distanciamientos, aún pervive entre nosotros aunque algunos deseen desterrarla, menospreciarla y dinamitarla. Aunque, no tienen nada que hacer por mucho que se empeñen.

    La importancia de reunirnos en familia

    El primer consejo que yo daría es que recordemos por qué nos reunimos y, sobre todo, para qué. Nos reunimos para ser más felices y nos reunimos para hacer familia y recordar que la familia es el sustento básico de nuestra sociedad. El lugar en el que cada uno de nosotros vuelve a refugiarse. Más allá de las celebraciones y los regalos que nos hagamos.

    Pese a todo, es habitual que se produzcan ciertos roces, desencuentros y tensiones. Cuando a la mesa se sientan hijos, yernos, nueras, cuñados, abuelos y nietos, también pueden surgir pequeños o grandes roces.

    Es natural. Cada persona llega con sus expectativas, su estilo de vida y, en ocasiones, con algún que otro malentendido del pasado. Aquí es donde hay que estar atentos y aplicar la caridad y la generosidad. No podemos dejar que nuestras diferencias (incluso en cuestiones importantes), nuestra historia pasada y experiencias previas, destrocen o empañen el verdadero sentido de esos encuentros. Aislándonos o aislando a quienes, a pesar de defectos y desencuentros, queremos o podemos volver a querer.

    Este mensaje de Paz, de generosidad, de entrega, de redención es el que debemos rescatar y vivir en esas fechas especiales y encuentros familiares. No se trata solo de evitar las discusiones o los conflictos abiertos. Sino de cultivar una actitud de comprensión, tolerancia y amor hacia los demás. Especialmente, hacia nuestros seres queridos. Si ponemos cada uno de nosotros todo esto en el corazón de la celebración, nos será más fácil reducir o eliminar ciertas tensiones y tendremos la «fiesta en paz».

    Decálogo para tener reuniones familiares sin discusiones

    1 – Planifica algo y no te agobies

    Sobre todo, si te toca ser anfitrión. Cuando la familia es grande, la organización es importante. Por ejemplo, unos pueden planificar menús y otros, como es mi caso, ir a la compra. Lo importante es comunicarse con claridad y cierta precisión. Ser concretos y claros. Y, para no agobiarse, pedir ayuda. Los mayores pueden volver los ojos a hijos, cónyuges e, incluso, nietos. De este modo, los niños se educan también con estas pequeñas tareas que se les encomienda. Se sienten útiles y, si se les cae o ensucian algo, recuerda: no pasa nada.

    2 – Tolerancia, respeto y generosidad

    Otro punto importante es practicar la tolerancia. Siempre hay alguien que habla demasiado, otro que hace bromas pesadas o sarcásticas y alguno algo aburrido. Seamos respetuosos, tolerantes, flexibles, huyamos del sarcasmo y mucho ojo con la ironía, aunque nos pueda parecer inofensiva. No todos tienen o captan nuestro sentido del humor. ¡Cuidado con esto! No queramos tener siempre razón. En lugar de entrar en debates o discusiones, enfoquémonos en disfrutar el momento. Los momentos de reencuentro pasan rápido. Y lo que queda son los recuerdos y la alegría compartidas. Además, desde luego, de la risa de los niños.

    3 – Heridas que hay que sanar

    Si hay heridas del pasado que todavía duelen, esta puede ser una gran oportunidad para sanarlas. O para, al menos, intentar un acercamiento. Tal vez, un abrazo sincero o una palabra amable pueda dar inicio a una reconciliación. No olvidemos el valor de los gestos pequeños. Una palabra amable, un «gracias» o un sincero «cuánto me alegra que estés aquí», pueden hacer maravillas. No siempre es fácil, ni mucho menos. Pero, recordar que Dios nos ama a todos con nuestros defectos puede ayudarnos a dar ese primer paso.

    4 – Seamos humildes. Perdona y pide perdón

    La humildad hace milagros. ¡Garantizado! No somos perfectos. Pedir perdón es muy sano. Un fuerte abrazo o una caricia es algo sanísimo y… súper efectivo. Porque, si la petición de perdón es sincera y abrazas a la humildad, te aseguro que se producen verdaderos milagros.

    5 – Cuida a los peques, a los niños

    Para ellos, los momentos junto a personas que les quieren es maravillosa. Para integrarles en las reuniones familiares, podemos pedirles que nos ayuden a poner la mesa, aunque se les rompa algún plato. Si se está en días navideños, no pierdas de vista cómo ponen o quitan figuras del Belén y del árbol de Navidad. Ver cómo sus ojos se iluminan y se sorprenden ante cualquier gesto, regalo, juego, entre hermanos y primos es una invitación a recuperar nuestro propio sentido del asombro. Ellos también nos enseñan a soltar tensiones y vivir el momento con alegría. ¡Cuidémoslos!

    6 – Abrazar la imperfección

    Recuerdo a mi mujer, que cocina como los ángeles, un pelín frustrada porque la tarta quedó una vez demasiado «acuosa». El sabor era maravilloso pero la «presencia» del plato no era el esperado. ¿Y qué más da? Las reuniones familiares no tienen por qué ser perfectas. No importa si un plato se pasa de tiempo o si alguien llega tarde. Lo importante es que estemos juntos. Si ponemos amor, comprensión y Fé en el centro de nuestras reuniones, tendremos unos encuentros llenos de paz y alegría.

    7 – Comparte

    Cuenta recuerdos agradables, propón a tus hijos, nietos, yernos, nueras, que compartan momentos de alegría, recuerdos felices. Que se animen a mostrar agradecimiento. O, mejor aún, empieza tú, que me lees. Recordemos lo mucho que nos une, no lo que nos hace discutir.

    8 – Seamos positivos, no cenizos

    Para contarnos penas tenemos cualquier otro momento del año. De todas maneras seamos comprensivos con quien necesita desahogarse, incluso en fechas especiales.

    9 – Paciencia y sentido del humor

    Recuerda tener presente el sentido del humor. Y, también, relativiza, toma distancia, descéntrate. No te tomes tan en serio. Ríete de ti mismo. Ten paciencia. Abre la boca y ríete con una buena carcajada. La risa compartida puede disipar la incomodidad más rápido de lo que pensamos.

    Y para finalizar: primero… lo Primero.

    10 – Agradece a Dios todo lo que has recibido

    Todo, sin excepciones. Lo bueno y lo que no es tan bueno porque, quédate tranquilo, es lo mejor para ti. No olvidemos agradecer a Dios la oportunidad de poder reunirnos. Una oración compartida antes de una cena en familia puede ser un momento de unión profunda. A través de ella, podemos reconocer las bendiciones recibidas y pedir por aquellos que no pueden estar presentes.

    Me despido por hoy recordando, y compartiendo contigo, nuestro ritual familiar de Nochebuena:

    1. Oración de acción de gracias ante el Belén. ¿Te imaginas como serían de maravillosas las reuniones familiares de Jesús, María y José?
    2. Lectura del Evangelio del Nacimiento de Jesús. Este año Lectura del Evangelio según San Lucas, capítulo 2, versículos 1-14.
    3. Villancicos con mi mujer a la guitarra y acompañamiento infantil de panderetas y triángulos.
    4. Bendición de la mesa.
    5. A cenar y luego a jugar en familia con buenos juegos de mesa: antes eran el parchís y las cartas. Ahora hay juegos mucho más modernos que requieren de gran inteligencia y que conocen hijos y nietos. Y el que se duerme (o sea, un servidor)… a la cama.

    Desde hace 66 años, gracias a Dios, hemos logrado tener reuniones familiares sin discusiones. Todos estos consejos de coach de acompañamiento, vejete ya curtido, provienen de la experiencia y son válidos para cualquier festejo familiar. Te animo a hacer tú, también, la prueba. No dudes en ponerlos en práctica. Y, después, me encantará que me cuentes tu experiencia.

  • Cuando el Black Friday me hizo reflexionar acerca de las compras compulsivas

    Cuando el Black Friday me hizo reflexionar acerca de las compras compulsivas

    Nadie duda de que caer en las compras compulsivas se ha convertido no solo en algo habitual sino en un enorme problema para muchas personas de todas las edades.

    Hace poco, mientras oía la radio, escuché no menos de media docena de veces, las palabras Black Friday, Friday Days, Early Black Friday, Early Black Friday Days… En fin, me he perdido. Y, para finalizar el Cyber Monday, por si nos faltaba algo.

    La curiosidad fue tal que me dio por analizar qué es esto del «viernes negro». Y por qué, con un nombre tan poco apetecible, las multinacionales del comercio y la distribución hacen su particular agosto. La cosa es que, el dichoso Black Friday, no deja de ser otro invento más del marketing yanqui.

    El concepto viernes negro tiene su origen en los años 50 y 60 en Filadelfia. Y es que, en aquellos años, los policías locales utilizaban ese término para describir el caos que ocurría al día siguiente del Día de Acción de Gracias. Cuando una gran cantidad de personas acudía al centro de la ciudad para hacer compras y asistir al partido de fútbol americano que, por lo visto, se jugaba entre el Ejército y la Marina. Por lo que, entre las multitudes y el tráfico, los pobres agentes se volvían locos. Y comenzaron su particular vía crucis al que bautizaron como «viernes negro» o Black Friday.

    Pero como los americanos son muy prácticos algunos avispados comerciantes vieron que vendían más y que los números pasaban de rojo…a negro, lo que significaba beneficios en lugar de pérdidas. Así que dicho y hecho: el Black Friday era un día estupendo para los comerciantes y así le dieron la vuelta al término con un sentido positivo.

    Black Friday. ¿Ahorro o compulsividad?

    Veamos ahora como opera esto del marketing nominativo, sea Black Friday, el día de San Valentín o el de la fruta de cáscara sin gluten. ¿Recuerdas las «rebajas»? ¿Aquello de «saldos» o «liquidación por derribo»? Pues es igual pero más moderno. Más «cool», que diría más de uno.

    En fin, se trataría de poder ahorrar, pero ahora sin partirse la cara con el cliente que va junto delante y encuentra un chollo en unos grandes almacenes. Ahora la cosa es mucho más fina. En la actualidad, vas, buscas, preferiblemente, en Internet, y «aprovechas» los supuestos súper chollos que te enchufan con descaro y sin disimulo alguno grandes corporaciones, multinacionales, boutiques, y toda tienda online que se precie.

    Pasa por la cestita, sigue comprando, aprovecha que hoy el envío es gratuito. ¡Ojo al chollo! Continúa comprando, todavía sin pagar, porque hay que hacer un gasto mínimo para que la cosa salga bien y sin gastos de envío. Y así, con nuestra cestita bien repleta de productos «rebajados», pagamos tan contentos.

    Después, cuando uno analiza el sablazo que le hemos arreado al saldo de la cuenta bancaria, te preguntas, tras gastarse una pasta compulsivamente, si realmente necesitabas todo lo que has comprado. Y, si se ajusta a un presupuesto establecido, o se necesitaba. Si la respuesta es «no», es que nos hemos dejado llevar por la compulsividad.

    Y por si te quedan dudas acerca de la memez que supone renunciar a nuestra libertad, para comprar cuando nos dicen que tenemos que comprar, te das una vueltecita por las grandes cadenas de supermercados y verás que siguen apareciendo «ofertas» en tal o cual producto. Pero, del Black Friday o del Cyber Monday… ni rastro.

    Es decir, seguimos igual que con las famosas, y en su día denostadas, «rebajas». Sólo que ahora tenemos que aprovechar los chollos en las rebajas de verano, otoño, primavera e invierno. Una sucesión de Viernes Negros, que estos sí, pueden significar la ruina familiar.

    Igual te preguntas, ¿y eso, por qué?

    Por una razón muy sencilla: de lo que se trata con el Black Friday, el Cyber Monday, las campañas navideñas que comienzan en septiembre con la canícula, las previas del verano, las navideñas y las post navideñas es de que estemos aflojando la cartera como abducidos por una satisfacción de haber hecho la «compra del mes» o la «compra del año» sin analizar absolutamente nada.

    La clave para evitar caer en compras compulsivas está en «pensar»

    Sin duda, la falta de análisis es la que nos lleva a la compulsividad y a la más que posible adicción. Y cuando hablamos de adicción a la compra estamos hablando de otra adicción más. Algo que elimina la libertad del ser humano, de la persona.

    Por supuesto, no se trata de no comprar. ¡Al contrario! Es posible aprovechar descuentos interesantes previo análisis de ver qué necesitamos realmente y adquirirlo en el momento oportuno.

    Pero, y esto es importante para la economía personal, doméstica y familiar: cualquier compra que se salga de lo que son necesidades básicas, más aún, cualquier compra que hagamos, debe sujetarse a un presupuesto previo y a un análisis de necesidades.

    Por ejemplo, en el caso de una familia, hablemos de un presupuesto pactado en términos mensuales y anuales. Mediante un proceso que es sencillo. Y que consiste en seguir unas pautas basadas en realizar un análisis de necesidades, ver ingresos y gastos, elaborar un presupuesto y gestionar desviaciones.

    ¿He gastado de más? ¿Por qué? ¿Para qué? Tenemos que hacernos estas preguntas. Se trata de pensar y ser coherentes con lo que hemos decidido.

    Entonces, si me preguntas, ¿es malo el Black Friday? Te diré que es como todo: «no«, si analizamos qué necesitamos y nos sujetamos a las necesidades. Y, esto implica: planificar.

    1. Analizar necesidades.
    2. Pensar en familia. Juntos, padres e hijos.
    3. Tener en cuenta a nuestros mayores y sus necesidades, potenciando la generosidad y la moderación.
    4. Evitar la compulsividad y la adicción.
    5. Potenciar la austeridad.

    Basta una sencilla hoja de cálculo o una libreta en la que apuntar ingresos y gastos. Para analizar periódicamente las desviaciones que tenemos, prever y cumplir con el ahorro que toda persona y familia necesita. No se trata de convertirnos en avariciosos sino en ver qué necesitamos realmente y cómo podemos afrontar esas necesidades.

    En definitiva, esto también es educación. No sólo consiste en educar en valores sino en virtudes. Que, como ya he expuesto en reiteradas ocasiones, es poner en práctica, vivir, la teoría que implica uno o varios valores.

    Y es que la compra compulsiva genera una satisfacción inmediata. Aunque también, en la mayor parte de las ocasiones, una tristeza posterior al ver que nos hemos pasado comprando. Que realmente no necesitábamos gran parte de aquello que hemos adquirido. Y que, después, nos puede provocar angustia y frustración ver que no podíamos asumir ese gasto innecesario.

    Black Friday, Cyber Monday, rebajas y educación

    La cuestión, pues, está en analizar lo necesario, eliminar lo superfluo (por mucho Black Friday que haya) y educar en la responsabilidad, en la moderación y en la austeridad.

    Esto implica una educación financiera, con perspectiva de generosidad. Es decir, de generar hábitos en los que seamos, nosotros, en primer lugar padres y abuelos, capaces de renunciar a algo que puede ser apetecible pero no necesario. Difícilmente vamos a educar hijos y nietos responsables, austeros y generosos si no nos ven hacerlo. ¿No crees?

    Es por ello que, sobre todo con los móviles y artilugios electrónicos o semanas de Black Friday en grandes plataformas, padres y abuelos debemos hablar con hijos y nietos y entre nosotros para conjugar la compra responsable y necesaria.

    Si lo hacemos así, potenciando el diálogo en familia y, evitando las compras compulsivas por impulso, estaremos, educando positivamente. Si nos dejamos llevar estaremos, como en cualquier otro ámbito, siendo presas del «me apetece» y de la irresponsabilidad.

    Soy consciente de que la sociedad actual no ayuda a adquirir hábitos de conductas responsables, entre las que se incluyen las compras.

    Por eso, me despido recordándote que aquí me tienes si crees que puedo ayudaros a ti, o a algún miembro de tu familia, a liberaros de esa atadura que son las compras compulsivas. Ya sabes que siempre estaré encantado de escucharte y de poner a tu disposición tanto mi formación como mi experiencia.

  • El «antídoto» contra el enfriamiento matrimonial

    El «antídoto» contra el enfriamiento matrimonial

    Tras hablar de cómo afecta tener una relación tóxica con la familia de origen, hoy no podía dejar de compartir las claves para superar el enfriamiento en el matrimonio. Unas claves planteadas como el antídoto contra el enfriamiento matrimonial derivado del síndrome tuyo-mío del que tratamos hace unos días.

    Dicha relación tiene como origen el no haber sabido cortar el cordón umbilical con la familia de origen de cada uno de los cónyuges. Aunque cada miembro de la pareja viene de una familia, el resultado de la unión de los esposos es un nuevo matrimonio que denominamos nuestra familia. Y que es el punto de destino y sobre el que tenemos que construir nuestra relación, sentido vital y plenificación como personas. Si, además somos creyentes, quien lo sea, nuestra santificación junto a nuestro cónyuge.

    El hecho de la intromisión matrimonial de cada familia de origen, bien por su propia causa o porque alguno de los nuevos cónyuges no se ha dado cuenta de que se casa con su esposa o con su marido, implica ceder a la toxicidad que proviene de nuestros respectivos padres, hermanos y familiares.

    Eso, nos impide desarrollarnos como matrimonio en plenitud. Porque, terminamos dependiendo de los deseos e intromisiones que, incluso con buena voluntad, nos llegan y nos condicionan. Es en este contexto cuando las familias imponen reglas que nos condicionan. Y, obviamente, provocan disputas conyugales.

    El antídoto para superar el enfriamiento en el matrimonio

    En mi anterior artículo, dedicado a el enfriamiento en la relación matrimonial, adelantaba ya los antídotos más efectivos para volver a calentar el matrimonio y el hogar. Pero, ahora vamos a verlos de forma más concreta y detallada.

    El antídoto pasa por el SOMETIMIENTO por AMOR.

    Sí, has leído bien. Ese «someterse» debe ser mútuo, libre y por amor. Con esas tres condiciones. Se trata de priorizar al otro sin caer jamás en un sometimiento esclavizante. Consiste en descentrarse, salir de uno mismo, hacer que los corazones de ambos miembros de la pareja se conviertan en corazones de carne y blandos. Listos para amar. Con el objetivo de que se conviertan en un único corazón, pero respetando la individualidad de cada cónyuge, de cada persona. Esto es, como decíamos, descentrarnos y convertir mi prioridad en la suya, en la de mi cónyuge.

    Me viene a la mente lo que me escribía una persona a la que en su día acompañé como coach: “la vida en familia está cada vez mejor. Me estoy comunicando mejor con mi marido. Ya no desde el reproche sino desde lo que necesito. Me repitió: «todo hay que hacerlo con amor”. Esta persona se ha descentrado y, poco a poco, con esfuerzo, va haciendo que su corazón vaya latiendo al unísono con el de su esposo e hijos. Desde el AMOR y la ENTREGA.

    Alguien podrá señalar que la clave en esta frase es la “comunicación”. Tendría parte de razón. Pero para que esa comunicación mejore, el quid de la cuestión, no lo digo yo, lo señala la propia persona, reside en el AMOR. Esta es la clave: el AMOR.

    ¿Qué exige el amor?

    Como digo, el amor exige salir de uno mismo, volver la mirada hacia el otro y prestar atención a sus necesidades. También, a las propias. Pero, sin reproches. No se trata, pues, de actuar de forma pasiva, sumisa y sometida o sin libertad. Ni mucho menos.

    El amor consiste en transitar desde la libertad a la renuncia personal. Para conseguir la verdadera libertad de espíritu que nos hace realmente libres. Ese es el camino. Sin duda, en la renuncia consciente y amorosa vamos a encontrar la libertad y la felicidad.

    El galimatías anterior, que parece una contradicción en sí misma, nos lo enseña el propio Cristo a todos los esposos. Más aún, a cualquier cristiano. “Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz y que me siga. Porque el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará”. (Evangelio. Mt 16,21- 27)

    ¿Cómo se aplica esto al enfriamiento matrimonial?

    Hace poco, una persona ya anciana al hablar de sus padres y hermanos se refería a ellos como mi «querida familia» (sin darse cuenta de que no estaba en sintonía ni con su mujer ni con sus hijos, y, por lo tanto, tampoco consigo mismo). En este caso, tenemos el ejemplo de una persona que en su vida no ha sabido captar la necesidad de cortar el cordón umbilical con su familia de origen. Lo que obliga, a su esposa e hijos, a pasar por el aro de “otra” familia, por muy cercana y querida que sea.

    Pues bien, tenemos que aplicar la siguiente receta si queremos volver a calentar al matrimonio con una buena chimenea. En donde los troncos ardan esparciendo las llamas del amor, su calor, olor y belleza a toda la familia.

    Esta es la receta del antídoto contra el enfriamiento en el matrimonio de la que sugiero aplicar una buena dosis: AMOR + PROTECCIÓN + EVITAR EL REPROCHE.

    Veamos cada uno de los ingredientes de esta maravillosa receta que tiene la capacidad de ayudarnos a superar el enfriamiento en el matrimonio.

    1.- El Amor

    La composición del AMOR es la siguiente:

    1. RENUNCIA a uno mismo, lo que me lleva a la …
    2. GENEROSIDAD, lo que me lleva a la…
    3. ENTREGA, lo que me lleva a …
    4. DESCENTRARME, lo que me lleva al …
    5. ENCUENTRO PERSONAL con nuestro cónyuge e hijos. Es decir, con NUESTRA FAMILIA.

    Esto supone transitar el camino que lleva de la RENUNCIA personal a la verdadera LIBERTAD que genera el ENCUENTRO. Y que, a su vez, lleva a la FELICIDAD.

    Es como una chimenea en la que metemos leños que se alimentan con el fuego del amor. Los leños se queman, se consumen, arden, pero, en el caso del matrimonio, arden por AMOR. Y ese fuego provoca un calor estable, agradable y acogedor.

    Cada miembro del matrimonio es uno de esos leños. Pero, precisamente, porque somos un matrimonio, los leños entramos por nuestra propia voluntad en la chimenea y decidimos arder juntos, consumirnos juntos, unirnos íntimamente al arder por amor.

    2.- Una buena dosis de Protección

    La protección consiste en poner límites a cada familia de origen. Por supuesto, con caridad siempre. Pero, también, con seriedad y rigor cuando las circunstancias lo imponen.

    La protección es levantar un castillo fortificado abierto para entrar y salir. Aunque, siempre, protegido por una muralla, troneras y un buen foso para cuando sea necesario. O como le dijeron a una persona que conozco: “entre tu suegro y tú una autopista de tres carriles por cada sentido”.

    Y es que hay momentos en que la sola renuncia al orgullo de la defensa de la familia de origen, que no es, insisto, la propia, no es suficiente. Y, en esos casos, es preciso una buena defensa. Si es preciso, es poder decir, juntos: hasta aquí has, habéis llegado. Esta es una línea roja matrimonial que no vas/vais a cruzar por el bien de nuestro matrimonio.

    Ahí ya no están ni tu familia ni la suya. Tampoco ni tus padres ni los suyos para que os los arrojéis como si fueran piedras. Se evitarán esas disputas. Y los amaremos mejor porque ahí estaremos la familia propia con nuestros hijos. Y desde ahí, desde nuestra respectiva de renuncia personal, por amor, podremos amar al otro, a nuestros hijos así como a nuestros padres y hermanos. Podremos amar incluso a nuestros enemigos.

    3.- Evitemos el Reproche

    “Es que no me defendiste ante tu padre, madre, familia, es que te dije, no me escuchas, es que…”. El reproche es el recuerdo constante de aquello que no hiciste y de lo que hiciste y no le gustó a tu cónyuge. El reproche es lo contrario del perdón sincero. Y es no olvidar aquello que provocó una disputa.

    Digamos siempre NO al REPROCHE. No más reproches. Ni más pullas. Esto también forma parte de la renuncia a uno mismo. A ese querer quedarnos a gusto. El “gusto” que sólo nos deja mal sabor de boca y amargura. Porque, como dice San Juan de la Cruz: «Sabor de bien que es finito, lo más que puede llegar es cansar el apetito y estragar el paladar”. Callar un reproche implica renuncia y también, felicidad. Te lo garantizo.

    En fin, tras resumir estas claves para superar el enfriamiento en el matrimonio, me despido recordándote que aquí me tienes si crees que puedo serte de ayuda como coach matrimonial. Si quieres ordenar tu vida y tu familia. Si quieres ir del presente al futuro. O, si solo, quieres ser más feliz, contacta conmigo. Creo, sinceramente, que puedo ayudarte acompañándote a lo largo del recorrido que tendrías que realizar para lograr tus metas y objetivos.

  • Tu familia, mi familia y el síndrome “tuyo-mío”

    Tu familia, mi familia y el síndrome “tuyo-mío”

    El enfriamiento en la relación matrimonial es, posiblemente, la situación más frecuente que viven las parejas. Sus causas pueden ser muchas y variadas. Pero una, muy habitual, es la de la injerencia en el matrimonio de alguna de las familias de origen. Dicha injerencia puede ser sutil o descarada y hay que saber protegerse de ella. Pero, de esa protección, del blindaje matrimonial, hablaremos en una próxima publicación. 

    Como decía, estas injerencias familiares provocan disputas matrimoniales. Y, si no se tiene cuidado, constituyen una de las causas, a veces primordiales, del enfriamiento en la relación matrimonial.

    Entre otros, un comentario habitual es:“mi cónyuge diferencia entre su familia de origen y la mía y parece que tiene una doble vara de medir. Una, más amplia cuando habla de su familia y otra, más corta, cuando habla de la mía”. Esta anécdota me da paso para hablar de un problema muy común, que denomino el síndrome “tuyo-mío” o síndrome del frigorífico, por no hablar del congelador. 

    Una advertencia previa, antes de continuar. El síndrome del “tuyo-mío” o del “frigorífico” es absolutamente normal. Lo aclaro para la tranquilidad de quien lea esto o se sienta afectado. La cosa es que de una refrigeración que provoca un resfriado no vayamos cayendo en el congelador y nos agarremos una neumonía. En cualquier caso, existe remedio. Incluso, para la neumonía más grave. 

    “E-mío” 

    Parece mentira, pero el sentido de la propiedad está anclado en la naturaleza del ser humano desde la más tierna infancia. De hecho, una de las primeras palabras que aprende a decir un bebé, cuando comienza a balbucear, es: “e-mío”. Es lo que se llama Ley Natural. Otra cosa es que la Ley Natural la vayamos educando y completando con la Ley Moral, pasando a un nivel de mayor perfección. 

    Pues bien, a pesar de la educación, los valores, las virtudes que cada persona tenga, el “e-mío” o síndrome “tuyo-mío” no desaparece ni va a desaparecer.

    Normalmente la llamada de la sangre es potente. Tanto que el mismo San Pablo ya advirtió que “ni carne ni sangre heredarán el Reino de los Cielos”. Y se lo dijo a los cristianos de Corinto hace más de veinte siglos. 

    Con independencia de otras explicaciones bíblicas (mucho más elevadas que la reflexión que hago aquí), me da a mí que algo vería él en aquellos primeros cristianos griegos. Y es que los afanes de la vida y el egoísmo latente en cada ser humano, presentes en cada persona, hicieron reflexionar a San Pablo y escribir a los cristianos de aquella ciudad una hermosa carta en donde, entre los múltiples temas que abarca, señala que ni carne ni sangre heredarán el Reino de los Cielos

    Ahora, apliquemos esto a la vida matrimonial.

    El cordón umbilical, la familia de origen y la familia de destino

    Tu familia, mi familia, este síndrome del tuyo-mío, hacen que las disputas surjan entre los cónyuges. Porque, al fin y al cabo, cada uno procede de donde procede. Pero, y esto es importante, la cuestión no es de dónde procedemos sino hacia dónde vamos. 

    La familia de origen la componen los padres y hermanos, tíos, primos, sobrinos y demás parientes de cada uno de los cónyuges. Así que tenemos DOS familias de origen. La familia A y la familia B. Ambas pueden llevarse bien y ser, o no, respetuosas. Al tiempo que pueden llegar a convertirse en un problema por ser enredadoras o traviesas. 

    De estas dos familias A y B surge una familia destino que llamaremos C. Y esa es nuestra familia, compuesta por el cónyuge que viene de la familia A y el que viene de la familia B. Esto que parece de sentido común, es de enorme importancia.

    Cuando un bebé nace, lo primero que hacen los sanitarios es cortar el cordón umbilical. Pues aquí igual. Cuando un matrimonio se constituye tiene que “cortar” el cordón umbilical con sus familias de origen para poder vivir su propia vida matrimonial. 

    Pero, ¡ojo!: cortar el cordón umbilical no significa dejar de amar a aquellos de quienes provenimos. ¡Ni mucho menos!

    De la misma manera que el bebé, con el cordón umbilical ya cortado, ama estrechamente a su madre y contacta con su piel nada más nacer para estrechar vínculos y alimentarse de ella.

    Pero esta unión con los padres, que nos parece de lo más natural sería malsana si, con el paso del tiempo, impide que el hijo se desarrolle como ser humano. Porque el padre, la madre o ambos, lo anulan como persona. Y, lo que es peor, hay quienes, sin que su familia de origen se entrometa demasiado, no se han dado cuenta de que se han casado y siguen en una dependencia infantil, colgados de sus padres. Sin priorizar o valorar a su esposo o a su esposa. Ahí, sí hay un problema.

    Del “E-mío” al “es nuestro” 

    Conozco casos de algún cónyuge que, al casarse, no ha entendido que lo primero es su esposa o su esposo (y no es, en este caso, una mera cuestión de género). Es que he conocido el caso de maridos y esposas cuyo primer amor parecía seguir orientado a “su” familia de origen. Sin entender que el amor de su matrimonio es al que debían prestar atención preferente. No es de dónde procedemos sino cuál es la meta, que no es otra que nuestro matrimonio.  

    Aquí, el quid de la cuestión está en la palabra nuestro y ese término se refiere al marido y a la mujer. No a los padres, hermanos y demás familia de origen.

    Desde luego, amar a toda la familia en sentido extenso está muy bien. Y es un deber de cualquier hijo, soltero o casado. Pero, una vez casados, para los cónyuges, su deber y su amor consiste en amarse mutuamente. Esa es nuestra meta: nuestro amor del que surge nuestra familia.  

    Por cierto, esa nuestra familia, se conforma desde el mismo momento en que los contrayentes se dan el “sí, quiero”. Después pueden venir, o no, los hijos. Pero la nueva familia ya está formada. Y esto es esencial entenderlo. Tanto por los padres, que nos desprendemos de nuestros hijos, como por los cónyuges que componen el nuevo matrimonio y que se desprenden de sus respectivos padres y familia de origen. 

    Y es que desprenderse no es dejar de amar, pero sí implica priorizar para amar mejor. Y evitar, a futuro, el enfriamiento en la relación matrimonial.

    La prioridad: “someterse” por amor 

    La esencia del matrimonio implica el sometimiento por AMOR.

    Lo de “someterse” no está de moda y creo necesario explicarlo bien. Puesto que es muy importante que no se malinterprete.

    Ese someterse debe ser MUTUO, LIBRE y por AMOR.

    Con esas tres condiciones. Es priorizar al otro sin caer, jamás, en un sometimiento esclavizante. Consiste en descentrarse, salir de uno mismo, hacer que ambos corazones estén listos para amar. Con el objetivo de que se conviertan en un único corazón. Por supuesto, respetando la individualidad de cada cónyuge, de cada persona.  

    La Iglesia, muy madre, lo ha entendido desde siempre. Y ha concretado las duras palabras de Cristo a los fariseos recriminándoles su dureza de corazón, al repudiar a su mujer por cualquier motivo, con la siguiente fórmula matrimonial: 

    “Yo, (nombre del novio/a), te recibo a ti, (nombre de la novia), como esposa/o y me entrego a ti, y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así amarte y respetarte todos los días de mi vida”

    Tras pronunciar esa promesa, ahora mi prioridad es la tuya. Mi amor eres tú. Mi Cristo más cercano es mi esposa, o mi esposo. Y a esa persona me debo y me entrego con generosidad y, en muchas ocasiones, con sacrificios que no son sencillos de sobrellevar. 

    Si no tienes Fe, lo que sí te digo es que la generosidad y la entrega siempre tienen premio. Lo afirmo porque, quien me lee y no es católico, a veces, confunde a este humilde coach de acompañamiento con un teólogo. Y no lo soy. Aunque sí soy católico, tengo Fe y, creo, sentido común.  

    Entrega, generosidad y encuentro. Ingredientes para evitar el enfriamiento en la relación matrimonial

    La digresión anterior viene al caso porque si te entregas con generosidad al amor de tu cónyuge serás mucho más feliz, superarás el síndrome “Tuyo-Mío”, pasarás a compartir el nuestro y provocarás, provocaréis juntos, el encuentro mútuo entre ambos esposos. 

    Pero … ¡cuidado!

    Aquí que nadie se engañe: quien me diga que jamás ha sentido el farisaico impulso de “repudiar” a su mujer o a su marido, aunque sólo sea por unas horas, o miente o no sabe lo que es amar.  

    Y es que el amor no consiste en ser valiente sino en superar el miedo, que no es lo mismo. La generosidad en la entrega implica superar tus propios miedos, auto responsabilizarte, saltar de la trinchera al campo de batalla y salvar hasta el último hombre, como en la película.

    Como imaginas, salvar hasta el último hombre supone aquí salir de uno mismo; luchar por tu matrimonio, como si no existiera otra cosa; rogar, perdonar, pedir perdón, rectificar, sacrificar tu orgullo y sí… someterse. Pero, someterse por amor, que es el mayor acto de generosidad. Es pasar de la atracción sexual a la atracción personal. Lo que implica amar a la totalidad de la persona, con su belleza y con su fealdad, con sus virtudes y defectos. Es decir, en su integridad. 

    Por lo tanto, si te sometes por amor, rompes con el cordón umbilical que te une a tu familia de origen, priorizas el amor a tu mujer o a tu esposo priorizando ese amor y poniéndolo siempre por delante, sin dejar de amar a tu familia de origen, verás, cada vez más claro, que tu misión es alcanzar la perfección del Amor junto a tu cónyuge. Es lo que, sencillamente, se llama, en el ámbito cristiano, la santidad matrimonial.  

    En conclusión…

    Manda a la porra el síndrome del “Tuyo-Mío” y di SÍ a vuestro amor, a vuestra propia familia. Por supuesto, no te olvides de tu familia o de la suya. Pero, ten en cuenta que, ante cualquier conato de disputa, la prioridad siempre es vuestra familia, la que habéis conformado juntos. 

    Por tanto, te dejo esta reflexión personal a modo de conclusión: no dejes que tu familia, o la suya, enfríen vuestro amor.

    En el próximo artículo veremos cómo puedes blindar tu matrimonio sin aislarlo. Se puede y se debe.

    Mientras tanto, me despido recordándote que ya sabes dónde me tienes si quieres o necesitas un acompañamiento. O si crees que es buen momento para “pasar una ITV matrimonial”. Solo tienes que contactar conmigo y nos ponemos en marcha. ¡Aquí estoy para vosotros!

  • 10 Claves para superar el fracaso escolar

    10 Claves para superar el fracaso escolar

    Si hace unos días trataba cómo entrar por las puertas del fracaso escolar, hoy me gustaría hablar de cómo salir. Porque salir, se puede y se debe.

    Además, al ser coach, acompañante, padre, esposo y abuelo católico tengo claro que no hay excusas para no tener esperanza. Y una esperanza, cierta.

    Precisamente por eso, porque hay soluciones, y cosas de lo más efectivas que se pueden hacer para superar el fracaso escolar y que forme parte del pasado, te animo a seguir leyendo y conocer lo que propongo.

    Los “10 infalibles” para superar el fracaso escolar

    1 – La familia. El primer eslabón de la cadena

    Es indudable que una familia unida, en la que el amor, la entrega generosa y la donación de los cónyuges va a proporcionar un apoyo sólido y una seguridad a los hijos a la hora de estudiar, de trabajar y de discernir. Padres y hermanos juntos, con alegrías, tristezas, riñas, discusiones, reconciliaciones y saber pedir perdón a quien corresponda, también a los hijos, implica educar en valores y en virtudes. La familia es un valor seguro. Un refugio, un puerto al que acudir en medio de las tormentas de la vida. Una familia unida, que da cariño y que exige a cada uno entrega y donación.

    2 – Los límites y una pizca de exigencia

    Los hijos tienen que saber que hay límites. Los padres no somos “coleguis” de nuestros hijos, somos padres y los principales educadores. Las reglas deben ser pocas pero importantes. Por ejemplo, los límites respecto del respeto a los padres, del orden y ayuda en casa, de los horarios y comidas en familia, uso de la televisión, ordenadores, videoconsolas, móviles o tablets son muy importantes y exigibles. Deben estar claramente marcados e interiorizados por los esposos y ser transmitidos a los hijos con claridad y firmeza.   

    3 – Mensajes positivos y efecto Pigmalión

    El efecto Pigmalión es muy sencillo. Se trata de animar a tus hijos a superar sus propios límites y miedos, reforzando de manera positiva sus sanas iniciativas o inquietudes. Te pongo un ejemplo real: si en el colegio un profesor, espeleólogo además, propone a tu hijo ir de excursión a una cueva en el monte no le digas que es peligroso, que no va a ser capaz o que va a tener miedo. Si el niño te pide que le acompañes, porque le hace ilusión ir contigo, te auto aplicas el efecto Pigmalión y te vas a la cueva de espeleología con él. Puede ser, como me pasó a mí, que el miedo lo pases tú y no el niño. Pero, te aguantas. ¡Y listo! Me metí en la cueva, que no era fácil, mi hijo y sus compañeros se lo pasaron bomba y el efecto Pigmalión lo interioricé yo. Hicimos un dos por uno. Obviamente, se trata de superar sus creencias respecto de sus límites. Pero, en un entorno de control y cierta seguridad.

    4 – Mantente “junto a” tus hijos

    Esto ya lo he comentado en algún artículo previo. No se trata de agobiar al niño preguntando o exigiendo. Sino de estar junto a él. Para ayudarle a estudiar, a resolver sus crisis pequeñas o grandes. Pero, y esto es importante, sin resolver sus problemas. Ayudándole a explorar nuevos puntos de vista, nuevos enfoques, abrirle perspectivas hasta que encuentre por sí mismo la solución sin que tú se la des. Y esto, hazlo desde que son muy pequeños.

    5 – Atención a los amigos y colegas

    Sin duda, otro punto esencial para prevenir y superar el fracaso escolar. Nuestros hijos nos tienen que ver como sus padres que somos. Pero, con total confianza. Sólo así se van a abrir a contarnos lo que les ocurre. Las madres, si se me permite, tienen una mirada muy perspicaz. Siempre que no caigan, ni ella ni su esposo, en el síndrome de la gallina clueca que sólo justifica a los hijos …hagan lo que hagan. La colaboración entre los cónyuges es nuevamente esencial. De esta manera, con la información que los propios hijos nos van a dar, podremos ayudarles a escoger buenos amigos. La amistad es de gran valor si es buena y hay que fomentarla. Y, ¡ojo avizor! Porque, si la amistad es mala, se puede llevar por delante a cualquier hijo y todo nuestro esfuerzo.

    6 – Reconozcamos los méritos

    Si el niño lo hace bien, si hay algo que ha hecho mal, pero ha rectificado… ¡reconozcámoslo! No se trata de premiar por hacer las cosas como es debido. Pero, como la tendencia humana es a fijarnos en lo negativo, reconozcamos los valores y las virtudes de nuestros hijos. Si han recogido la mesa, nos han preparado el café, han juntado sus pequeños ahorros y nos han hecho un regalo, han sacado buenas notas. No vayamos por ahí como cenizos indicando que “es que es lo que tenías que hacer”. Al contrario, diles frases como “qué bien lo has hecho”, “¿ves cómo podías?”, “qué contento estoy”. ¿No nos pasa a nosotros lo mismo en el trabajo? Si sólo recibimos rapapolvos, ¿cómo nos sienta? A todos nos gusta y nos refuerza positivamente que nos pasen la manita por el lomo.

    7 – Fomentemos las aficiones sanas de nuestros hijos

    El otro día conocí a un amiguito de mi nieto de seis años. El niño era bajito y muy pequeño. Otro de sus amigos me dijo: “es bajito pero es el que mejor juega al fútbol”. Yo, sin darle más vueltas, le pregunté si era bueno jugando al fútbol y el niño, con la inocencia propia de su edad, moviendo la cabeza de arriba abajo me dijo en voz bajita: “sí, soy bueno”. Le guiñé un ojo, levanté el pulgar hacia arriba y le di la enhorabuena. Que les gusta la piscina, pues que aprendan a nadar. Si les gusta el judo, pues que vayan a judo, como otro de mis nietos que acaba de conseguir su primer cinturón amarillo. Por ahí se empieza. Y eso lo tenemos que fomentar en nuestros hijos, escuchándolos y felicitándoles.

    8 – El colegio

    No podía olvidarme, en este “decálogo-antídoto” de la estulticia de algunos políticos y de sus nefastas leyes, del alineamiento con el colegio. Si estamos contentos con la educación que nuestros hijos reciben en el colegio elegido (o que debiéramos poder elegir) lo que tenemos que hacer para potenciar su rendimiento escolar es alinearnos con el colegio, compartir ideales, reuniones, planes de padres, alumnos y educadores. En una palabra: colaborar.

    Por cierto, colaborar no es participar y querer mangonear. Es estar junto a nuestros hijos en casa y junto a éstos en el colegio. Por supuesto, animando también a los maestros, profesores y educadores, que lo necesitan y mucho.

    9 – Adicciones y descanso

    Si quieres evitar adicciones y ayudar a que tus hijos descansen pon el ordenador en la sala, en un lugar común. Nada de televisores, móviles o tablets en los dormitorios. En los dormitorios pones las camas, las mesitas de noche, un buen escritorio y puertas abiertas. Y a la hora de dormir, todo el mundo (padres incluidos) dejan sus teléfonos y tablets en la sala. Si es preciso, porque no hacen caso al principio, los decomisas. Sin tonterías. Todos estos artilugios, si quieres evitar el fracaso escolar (o vital, que es peor) no pueden entrar en las habitaciones o en la cocina y, mucho menos, (aquí entono mi particular mea culpa) estar en la mesa a la hora de comer, cenar o hacer planes familiares juntos.

    Los espacios para pasar tiempo en familia no pueden quedar absorbidos por la televisión ni por la radio, ni por los móviles. Me encanta ver en algunas películas a toda la familia reunida en torno a la radio escuchando las últimas noticias o la escena en la que en la película El Patriota todos los hijos esperan a Mel Gibson para leer las cartas que ha traído el correo a caballo. A eso se le llama hacer familia. Lo contrario es dejar que nos la hagan.

    10 – Tiempo

    En este decálogo para salir del fracaso escolar, o no caer en él, he evitado el del tiempo “de calidad”. ¿Qué es eso de tiempo de calidad? Lo que los niños necesitan es que les dediquemos tiempo. Mucho tiempo. Por supuesto, de calidad, pero todo el tiempo del mundo. Haz planes con ellos, con tu mujer, con tus hijos, sal, sube al monte, juega con ellos, ve la televisión o una buena peli juntos y come y reza también en familia. Los niños, que son muy listos, lo van a agradecer y valorar. Se lo van a llevar con ellos para siempre. Te garantizo que será el tiempo mejor invertido. 

    Conclusión y recomendaciones finales para padres

    Ayudémosles a encontrar su «para qué», su sentido vital

    Los padres tenemos que encontrar, si no lo hemos hecho ya, nuestro “para qué”. Los que somos abuelos ni te cuento. Si has llegado a la abuelidad, y aún tienes dudas, busca un buen apoyo y encuentra tu para qué en esta vida. ¡Que se nos acaba el tiempo!

    Y es lo que tenemos que hacer con nuestros hijos: ayudarles a encontrar el sentido de su vida. Su vocación más íntima. Y ahí, permíteme una sugerencia: ni se te ocurra imponérselo tú. Su vida y su vocación son  suyas, no tuyas ni mías. Puede que su decisión no te guste. Pero recuerda que es la suya y es y será su vida. 

    Discernimiento y apoyo a la vocación personal de cada hijo

    El para qué es tan esencial que a ello se dedica el discernimiento. Quien aplica el adecuado discernimiento, y aquí los padres podemos ayudar (y, también, dejarnos aconsejar), va a encontrar su vocación, su llamada vital. No hay vida más feliz que la de aquel que hace de ella una misión en pos de su llamada. Puedes ser empresario, emprendedor, médico, sanitario, bombero, oficinista, bombero, albañil o fontanero. O bien laico o religioso. Si es tu vocación, te propondrás ser el mejor y ofrecer tu mejor versión. Porque, sólo haciendo muy bien tu trabajo serás útil. Y tu vida se convertirá en un servicio a los demás. Ten por seguro que no hay mayor satisfacción.

    El valor de la Fé y de la religión

    Habrá quien me lea y dirá: te sobraba este punto. Al contrario, creo que es el más importante, siempre respetando la libertad de las personas. El valor de la propia vida se mide por nuestra contribución al bien común, al bien de los demás con nombre y apellidos concretos. Reconociendo que somos contingentes y que, como pienso escribir, no creer en Dios es irracional y es perdernos el Amor que nos tiene.

    Por desgracia, incluso en colegios de confesión católica, y con capilla, apenas veo padres que pasen por ella acompañados de sus hijos. Es el sinsentido de muchas vidas actuales: queremos que un buen colegio católico eduque a nuestros hijos. Haciendo, o no, dejación de nuestras obligaciones como padres. Pero “sin que les coman el tarro” con esto de la Fé.  

    He dejado para el final este punto. En este momento de mi vida veo cada vez más claro, con mayor nitidez, que sin la confianza en Dios, sin trascendencia personal y espiritual, sin un marco ético y moral, sin fomentar las virtudes y sin una guía moral trascedente, las vidas de muchos quedan vacías hasta que encuentran esa “perla” de la que nos habla Cristo en el Evangelio.

    Ayudemos, pues, a nuestros hijos a encontrar esa perla que les impedirá caer o facilitará la salida del fracaso escolar. Y, más importante aún,  del fracaso vital, que no es otra cosa que el vacío existencial. Cuanto antes encuentren la PERLA, mejor.

    Y, como siempre, me despido recordándote que aquí me tienes si deseas hacerme cualquier tipo de consulta acerca de cómo superar el fracaso escolar. Estaré encantado de aportarte mi conocimiento y experiencia.

  • Crecer como personas en Semana Santa

    Crecer como personas en Semana Santa

    Acompañar en Semana Santa y crecer como personas se puede, y debe hacer cuando se toma un merecido descanso. La cuestión, como todo en esta vida, está en el cómo. En las preguntas que nos hagamos: ¿de dónde vengo?, ¿para qué estoy aquí?, ¿qué hago yo por los demás?, ¿qué hago yo por Dios?

    Seas o no creyente, la Semana Santa se llama “Santa” porque nos recuerda que Cristo, Jesús de Nazaret, nació, creció, obedeció, dijo siempre la verdad, comió, rió, sufrió, murió y resucitó. Así que la Semana Santa o es cristiana o se queda en solo una semana más, con actos culturales, monte, playa o chiringuito.

    En estos días, es obligación de todo cristiano, tenga la profesión que tenga, lanzar un mensaje de esperanza y evangelización. Y esto es lo que me gustaría conseguir con esta publicación. Al menos, que te entre un ligero cosquilleo cerebral. O, mejor: de Corazón. Y para est.o no me centro en un muerto sino en un resucitado. Que se hace presente cada día en la Misa de una catedral o de la más modesta ermita de un minúsculo pueblo.

    No me centro en un muerto porque resucitó

    Que Cristo resucitó no lo digo yo. Lo dicen todos los Evangelios. Y lo deja por escrito un tal Juan, su discípulo amado. Quien en su Evangelio afirma cuando Jesús muere en la Cruz: “El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis”. Bien empezamos, que dirá alguno: para comenzar Juan da testimonio de que Jesús murió.

    Pero es que Dios lo pone aún más difícil.

    Cuando las mujeres, cuya palabra no valía nada en la Judea de entonces, acuden al sepulcro, dan testimonio de que el cuerpo de Jesús no está en la tumba y salen pitando para contárselo a los Apóstoles. Estos, supongo que estarían reunidos, como cuando vino el Espíritu Santo, con las contraventanas bien cerradas y con alguna velita para iluminarse.

    Venciendo el miedo, salen corriendo Juan y Pedro para el sepulcro. Como Juan era más joven y estaba en mejor forma que el pobre Pedro, “llegó primero al sepulcro, e inclinándose, miró los lienzos puestos en el suelo, pero no entró”. Curioso detalle. “En eso llegó también Simón Pedro, que lo venía siguiendo, y entró en el sepulcro (con la lengua fuera, esto no lo dicen los Evangelios, lo digo yo). Contempló los lienzos puestos en el suelo y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, puesto no con los lienzos en el suelo, sino doblado en sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, y vio y creyó”. Aquí se dan más detalles. La historicidad se basa, entre otras, en estas pequeñas cosas o recuerdos de testigos. Así que si creemos que murió ¿no vamos a dar crédito cuando se nos dice que resucitó tres días más tarde?

    Algunos datos para “incrédulos”

    Pero como Jesús nos conoce y ya sabía que en estos tiempos de incredulidad, y empoderamiento femenino venía lo que venía, no tuvo mejor idea que aparecerse, entre otros, a María Magdalena, a más mujeres y a Su Madre, por supuesto. ¡Casi nada! Después habrá quien diga que la Iglesia fundada por Él no tiene en cuenta a la mujer. Sinceramente, creo que Jesús, que era y es el más listo y avispado de todos los seres humanos, que para eso es hombre y Dios, a lo mejor pensaba en nuestra sociedad y en este Occidente tan posmoderno y dijo: ¡hala! viva la mujer galilea, la palestina, la griega y la Madre que me parió. Y aquí estamos.

    Y para los racionalistas irredentos: también lo dice la Sábana Santa de Turín, el Santo Sudario de Oviedo, la túnica de Argenteuil en Francia, y los milagros eucarísticos. Entre ellos, el de Lanciano (Italia) en el siglo VIII (750 d.C.); Buenos Aires (1996), siglo XX; Tixtla (México 2006) siglo XXI y Sokółka (2008); Polonia, siglo XXI. Todos ellos, documentados y estudiados científicamente, desde el siglo octavo hasta el veintiuno, y en países diferentes.

    Pues bien, analizando solo, porque hay más, estas túnicas, lienzos y milagros eucarísticos y tejidos cardiacos de estos milagros, los científicos concluyen que en todos los casos el grupo sanguíneo es el AB. Esto es a lo que se refiere, resumiendo mucho, el cardiólogo italiano Franco Serafini cuando dice que “estamos ante un milagro dentro de otro milagro, y es que la autenticidad de los tejidos se demuestra con una probabilidad del 99,99996875%”. Recordemos que estamos ante elementos y hechos separados en el tiempo y el espacio.

    Vamos que sí, que resucitó y que es Dios de vivos y no de muertos.

    Pero tengo para mí que el mayor milagro es que después de dos mil años siga habiendo mártires que dan su vida y la entregan por amor. Recordemos que el siglo XX (el XXI parece que va por el mismo camino) es el siglo con el mayor número de mártires cristianos que han testimoniado, y lo siguen haciendo, su Fe en Cristo. Pero, en Cristo RESUCITADO.

    Lo mejor es que tú también puedes resucitar.

    Al afirmar que tú también puedes resucitar, no me refiero a cuando mueras. Más bien, me refiero a resucitar en vida. ¡Hoy mismo!

    6 Pasos para crecer como personas en Semana Santa

    1 – Déjate mirar

    Ahora te vas de vacaciones a la playa o al monte y, ya que estamos, igual hasta ves alguna procesión. Levanta la cabeza, mira al Cielo, mira a las imágenes que van desfilando ante ti y, no sé, igual hasta sientes algo, resucitas y comienzas a crecer. Déjate mirar por Cristo y por Su Madre y … déjate llevar.

    No te digo nada si tras sentir ese “algo” (o no sentir nada) pasas por un sistema de acompañamiento y lavado de lo más eficaz. Entra en una Iglesia y pregunta a quien salga a ver si está el cura.

    Te cuento una anécdota personal. Estaba por un tema de trabajo en Lituania, en Vilnius, necesitaba desahogarme y confesarme y veo, a primera hora de la mañana, una iglesia en restauración con una puerta de madera que parecía cerrada a cal y canto. “Bueno, me dije, en esta Iglesia no voy a poder”. Al segundo, sale un feligrés y veo que sí, que se puede entrar. Me senté en un banco y a los dos minutos sale otra persona, resultando que, el que salió, era el cura. Le dije (lo puedes hacer tú también), ¿disculpe padre, me podría confesar? Se lo dije en Ingles y me respondió en perfecto castellano: ¿eres español, verdad? ¡No me lo podía creer! Charlamos un buen rato, evacué toda la porquería que llevaba encima, me dio la absolución y salí feliz como una perdiz.

    2 – Busca

     Y es que eso de que el que busca encuentra es 100% verdad. Ya lo dijo el propio Cristo y es lo que se llama axioma, una verdad como un templo que no necesita demostración porque se cumple de todas, todas. Si tú buscas a Dios, no te preocupes, Él se va a hacer el encontradizo contigo sí o sí.

    3 – Sé humilde y reza

    Hay un método, previo o posterior, eficacísimo para crecer como persona: rezar. Rezas el Padre Nuestro y tres Avemarías y, si tienes valor, prueba a rezar el Rosario a la Madre, a la “amatxo” en vasco, que decía mi difunto hermano Javi. Estuvo cerca de 25 años apartado de la Iglesia y pensando que los Católicos estábamos como regaderas, que me lo dijo él mismo. Pero, lo del rosario a la amatxo, el tío lo cumplía. Al principio, de vez en cuando. Luego, ya a diario. En quince o veinte minutos, listo. Tú prueba y verás. Mi hermano murió el 1 de marzo de 2023 como un Santo, con una sonrisa en los labios. Sé lo que vi y lo que digo. Era mi hermano menor y fui testigo de su muerte.

    4 – Reordena tu vida, abre tu corazón a Cristo de par en par y no tengas miedo

    Mira, si quieres crecer como persona déjate de gaitas. Reordena tu vida, ábrete al Amor de Cristo, fórmate, porque vas a ser mucho más feliz. Y la muerte la verás como un paso más, que forma parte de la vida. Un polaco santo e inteligente, San Juan Pablo II, ya nos lo dijo: “No tengáis miedo; abrid de par en par las puertas a Cristo”.

    5 – Lee vidas de santos

    Además de lo que te he expuesto, lee. Pero lee como mi paisano San Ignacio de Loyola, el militar, galán y… santo. Como en su casa, recuperándose de la herida que sufrió en Pamplona, no había libros de caballería le dieron vidas de santos. Claro que en el siglo XVI no había televisores ni plataformas hechas para, las más de las veces, perder el tiempo, la Gracia o ambas cosas. ¡Buena sería la matriarca de los Loyola! Así que le dijo más o menos lo siguiente, “Iñiguito, mi niño, o te lees vidas de santos o tú mismo porque no hay otra cosa”. Y, claro, el tipo, Íñigo, lo de Ignacio vino más tarde, se las leyó hasta que, leyendo, leyendo, se cayó de la burra. A lo San Pablo camino de Damasco.

    6 – Tú, espera y no desesperes

    ¡Ah!, que a ti eso no te va a pasar. Vaya, que eres más orgulloso que Íñigo de Loyola y Saulo de Tarso juntos. Prueba, prueba. Insisto, vas a ser más feliz, aunque ahora no te lo creas. Luego ya haremos un buen acompañamiento si quieres. Pero, comienza leyendo algo. Te recomiendo Caminando por valles oscuros: memorias de un jesuita en el Gulag” (Walter J. Ciszek), también “El camino de la esperanza”de François Xabier Nguyen Van Thuan. Ambos, las pasaron canutas pero, con esperanza. Y, vaya si crecieron. Estos, son sólo dos ejemplos.

    Por cierto, para finalizar, no soy ni cura ni teólogo. Soy esposo, padre de familia y abuelo. Coach, economista, también racionalista. Sí, me gusta pensar. Y, claro, por coherencia, soy católico.

    Te deseo una muy feliz y Santa semana. No la desperdicies. Y ya sabes que aquí me tienes para consultarme lo que desees o para poner en marcha ese proceso de crecimiento personal que (tal vez) hayas postergado ya demasiado tiempo. Recuerda, nunca es tarde. 

  • Mi “fórmula” para afrontar las dificultades sin caer en la desesperación

    Mi “fórmula” para afrontar las dificultades sin caer en la desesperación

    Las dificultades y la desesperación son dos realidades de nuestro día a día que parecería que van unidas y, muchas veces, no parece que haya forma de separarlas.

    Como punto de partida, diré que dificultades tenemos todos los días y problemas, también. Todos. Sentimientos tipo “ya-no-puedo-más”, estar “agobiao” o “estoy quemao”, pueden inducir a la confusión. Porque, cuando se llega a este punto, uno ya no sabe dónde comienza la ira, el cansancio o la propia desesperación.

    La ira no es desesperación y el cansancio tampoco. La ira es una explosión transitoria, momentánea, rápida y que, tal como viene, se va. Eso sí, conviene que el desagüe y la canalización sean sensatos. Cosa diferente es que haya algo detrás que te tenga atenazado.

    Por su parte, el cansancio es eso: cansancio. Cansancio físico, cansancio mental, espiritual y la sensación de que mover un papel o levantarse del sofá y de la televisión te cuestan poco menos que la vida. Pero no son desesperación.

    Y la desesperación es un proceso más lento. Algo larvado que te corroe por dentro, que te hace ir hacia un callejón oscuro, negro y, supuestamente, sin salida. Incluye ira, cansancio, sensación de impotencia, tristeza y, por último, falta de sentido vital. Precisamente, es un proceso que puede, por no ver la salida, llevarte a desear la muerte o a consumarla. La propia, la del prójimo o la de ambos.

    SADIABUSMERE. La fórmula contra las dificultades y la desesperación

    Hecha esta introducción vamos con el SADIABUSMERE, que no es sino el acrónimo compuesto por la primera sílaba de cada una de las siguientes palabras: salir, dialogar, buscar, meditar, relativizar y rezar. Así que cuando vayas viendo que la tristeza se apodera de tu interior y que te comienza a corroer por dentro aplica este proceso:

    1 – Salir

    En primer lugar, de uno mismo. Huye del sofá como de la peste. Y quien dice huir del sofá te dice asimismo huye de la televisión y de hacer zapping. En el sofá te atontas y con el mando a distancia te vas quedando frito, a oscuras literalmente. Y, cada vez, más triste con la sensación de la pérdida del tiempo. Que el tiempo se te escurra entre las manos como la arena de la playa es algo, muy, muy triste.

    Por supuesto, de casa. Sal de casa, date un buen paseo, anda, mira de frente, deja de mirar al suelo, levanta tus ojos al Cielo, mantente erguido. Verás qué de cosas bonitas hay a tu alrededor. Déjate sorprender por quienes y cuanto te rodea. Por cierto, no necesitas irte al campo. Sal de paseo y levanta la mirada si eres de ciudad.

    De tu zona de confort. Sal de ti mismo. Ponte retos pequeños, metas intermedias y volantes que, a su vez, te lleven a tu objetivo definitivo.

    2 – Dialogar

    Hablar con uno mismo. Puedes hacerlo en casa, enfrente del espejo del baño o puedes hablar contigo mismo, incluso por la calle. Mejor moviendo los labios. Te pueden tomar por loco pero lo de que te tomen por loco no es relevante y sí muy gratificante. ¡Verás qué a gusto te quedas!

    Con tus amigos. Hay una gran verdad: quien tiene un amigo tiene un tesoro. Abre tu corazón a un buen amigo y … ¡desahógate!

    Con tu mejor amigo. Es decir, con tu esposa o esposo. Habla y escucha. O, mejor, escucha primero para poder hablar. Que conste que la frase es también aplicable en el doble sentido para que quien tiene la tentación de dispararse a hablar sin haber terminado de escuchar la frase de su cónyuge refrene a su corcel interior.

    3 – Busca ayuda y déjate aconsejar

    Desde aquí, te animo a buscar un experto. Que puede ser un director espiritual, un acompañante matrimonial, médico, psicólogo o coach.

    Esto de buscar ayuda es muy importante. Primero, porque vas a abrir y descargar tu corazón. Segundo, porque vas a obtener otros puntos de vista. Tercero, porque vas a tener que obedecer, según sea el caso, o seguir unas pautas. Y, si lo haces con un acompañante o coach, interiorizar las pautas que tú mismo vas a descubrir. 

    4 – Meditar

    Respira. Mira, lo de hacer respiraciones tranquilas, con el diafragma, focalizarte en un punto de cuerpo, tumbarte un rato en la cama boca arriba, recorrer tu cuerpo mentalmente y calmar tus pulsaciones te va a ayudar. Hay muchas técnicas (respiración, música clásica, relajante, etc.) que no pasan por el yoga, ni mucho menos. Con que te pares y respires en profundidad, normalmente vale. Aunque, quizás, no sea suficiente.

    Haz ejercicio. Anda, pasea, trota o corre, según tu edad y condición. Hazlo bajo supervisión médica y hazlo mediante una rutina, a poder ser, diaria. El ejercicio regular y regulado libera hormonas y neurotransmisores que nos ayudan a tener mejor salud y sentirnos más felices. La mente descansa y ya sabes que los romanos lo tenían claro: “mens sana in corpore sano”. 

    Con la almohada. Lo de la almohada viene al final, que conste. Nunca tomes decisiones precipitadas. Ya sé que es fácil decirlo y muy difícil hacerlo. Pero, es mejor un sueño reparador que una mala contestación o decisión. Ahora, para que el sueño sea reparador, quizás tengas que hablar primero, liberar tu conciencia y, a lo mejor, pasar por el confesionario para que con tu conciencia y tu mente más tranquilas, puedas dormir mejor.

    5 – Relativiza y reza (o viceversa)

    Mi buen amigo José Ignacio Munilla, Monseñor, dice acertadamente que Dios existe, pero no eres tú. Y es una gran verdad. Ni somos el centro del universo ni tampoco podemos ser los narcisos de turno, todo el día mirándose el ombligo o dándonos vueltas a nosotros mismos. Que es lo mismo que el conjugar el “yo, mí, me, conmigo” con el “es que me apetece”. Con esto vamos al desastre, sin duda. Por cierto, no va a pasar nada si hoy falleces.  El mundo seguirá su curso y todos, tan frescos.

    Ríete de ti mismo. Parece mentira lo en serio que nos tomamos y lo poco que nos queremos. Vaya alegre por la vida, hombre, decían un anuncio de bebida espirituosa hace muchos años. No se trata de ir piripis. Pero, no vayas dando pena. Ya te digo que eso de “estarás siempre en nuestro corazón”, queda muy bien en una esquela pero con la experiencia de la vida o te ríes tú o los demás te van a olvidar sí o sí. Y si no pasan página, que de todo hay, algo patológico puede haber por ahí. 

    Te compasión… de ti mismo. Recuerda que Dios, que es todo poderoso y todo bondad, que nos ha creado por amor y que nos quiere mucho más que nosotros a nosotros mismos ya sabe cómo somos: frágiles, pecadores, taimados, mentirosillos, etc. Dale a un repaso a fondo al Decálogo y plantéate cual te falta… Me puedes decir que no has matado a nadie. ¿Seguro? ¿Y con la lengua? ¿Con las palabras? Y si me respondes eso de que tú no crees en Dios… Bueno, tampoco pasa nada. Lo importante es que Él sí cree en ti. Y, además, no creer en Dios es anticientífico (bueno, este tema lo dejo para otro artículo). Pero de eso, ya hablaremos otro día.

    Para acabar, aunque no creas en Dios, reza. ¿Sabes por qué? Porque si rezas pasan cosas. No es sólo el título de un buen libro que te recomiendo sino que lo he experimentado en propia carne. Rezar, rezar el Rosario, por ejemplo, va a hacer que Dios haga en ti maravillas. ¿No me crees? Bueno, tú prueba y verás. Porque, aunque no seamos el centro del universo tú y yo estamos en el centro del Corazón de Cristo. Insisto, aunque no creas. Reza, al menos por mí, un Padre Nuestro, Ave María y Gloria.

    Ya sabes: practica el SADIABUSMERE. Y espero que me cuentes tus resultados. ¡Aquí me tienes!