JML Companion · Línea editorial
Una manera de mirar a la persona, la vida y el acompañamiento.
Quien firma esto es un economista jubilado que, tras 37 años dedicado a la gestión y la representación institucional, decidió dedicar esta etapa de su vida a acompañar personas, parejas, familias y equipos. No hay en ello ningún giro de guion: es, de alguna manera, lo que llevaba haciendo siempre, de forma menos visible.
No escribo ni acompaño sobre cualquier cosa
En JML Companion no quiero escribir simplemente sobre temas. Tampoco voy a acompañar a personas que necesiten ayuda psicológica o psiquiátrica. Quien tenga un problema que requiera de este tipo de profesionales —lo sepa o no— debe acudir a ellos. Con dos matizaciones.
La primera: hay personas que no saben que tienen un problema psicológico o psiquiátrico. Cuando esto ocurre, la formación y la propia experiencia vital proporcionan ya el olfato necesario para saber cuándo se debe derivar a alguien a uno de esos profesionales.
La segunda matización —y quiero que la entiendan bien tanto quienes desean ser acompañados como los propios psicólogos y psiquiatras, porque me parece de enorme importancia— exige también cierta humildad por parte de estos profesionales: no toda INFIRMIDAD es una ENFERMEDAD; de hecho, son cosas muy diferentes. No todo problema personal termina necesariamente en la patología, en la medicina o en las pastillas. Y esto lo digo porque creo que puede existir una cierta tendencia a patologizar si no cualquier síntoma, al menos unos cuantos, y atravesar un suelo de arenas movedizas en la vida no significa necesariamente que se necesite una terapia psicológica o un psiquiatra. Para quien quiera profundizar en esto recomiendo un libro: «Psicología de la persona», de Xosé Manuel Domínguez Prieto, Editorial Palabra. Él es quien, con gran lucidez, describe este problema y lo deslinda. Y estoy hablando, para mí, de uno de los mejores autores y profesionales del acompañamiento que hay en España.
Por otra parte, no quiero saltar de una cuestión a otra siguiendo únicamente aquello que está de moda, lo que tiene más búsquedas en Internet o lo que pueda parecer más interesante en un momento determinado.
Quiero que exista una mirada. Pero una mirada a una persona, a un matrimonio, a unos novios, a una pareja, a un equipo o a un grupo. Porque todos ellos son o están formados por PERSONAS, con nombre y apellidos. No estamos, pues, ante «casos» y, mucho menos, ante «casos clínicos».
Una manera de entender a la persona y la vida que esté presente en todo lo que escribo y en toda persona o grupo a quien acompañe, aunque los temas sean diferentes.
Porque hablar de matrimonio, de liderazgo, de familia, de dificultades personales, de trabajo, de perdón, de gratitud o de sentido no significa hablar de cosas aisladas.
Lo uno lleva a lo otro, o está, en muchas ocasiones, entremezclado, como el buen jamón repleto de vetas de grasa saludable y deliciosa.
Y es que detrás de todos esos temas hay una misma pregunta: ¿cómo podemos vivir mejor, con más sentido y desde relaciones más humanas?, ¿cómo podemos ser más felices?, ¿cómo podemos llevarnos mejor?, ¿qué ética aplico yo en la empresa?, ¿cómo construyo un equipo de alto rendimiento desde la ética y el respeto?, ¿qué grado de generosidad y de empatía debo mostrar y, sobre todo, practicar?
La persona está en el centro
Mi punto de partida es la persona.
Una persona concreta, con su historia, sus capacidades y sus limitaciones; con sus aciertos y sus errores; con sus preocupaciones, sus deseos, sus relaciones y sus preguntas.
Por eso no entiendo el acompañamiento como una técnica para conseguir que alguien sea más eficiente, más productivo o más perfecto.
Acompañar es encontrarse con una persona y caminar con ella durante un tramo de su vida.
Escuchar. Dialogar. Preguntar. Ayudar a ordenar lo que está viviendo.
Y, sobre todo, respetar su libertad y su capacidad para descubrir y recorrer su propio camino.
Esta manera de entender el acompañamiento no la invento yo. La aprendí, sobre todo, de tres referencias que sostienen todo lo que escribo.
La primera es la antropología personalista-tomista, que defiende que la dignidad de la persona y la objetividad, lo real, no dependen de «acuerdos sociales» ni de construcciones ideológicas «constructivistas», ni la produce la etiqueta que le pongamos, sino que la dignidad del ser humano permanece siempre. Aquí tengo grandes referentes, como Tomás de Aquino, Juan Pablo II o Teresa de Calcuta.
La segunda es la logoterapia de Viktor Frankl, que muestra que incluso en las circunstancias más duras la persona conserva la libertad de elegir su actitud. Viktor, judío y gran persona, autor de El hombre en busca de sentido, cuya lectura recomiendo a cualquiera y muy particularmente a los jóvenes, perdió a toda su familia en Auschwitz.
Y la tercera es la fenomenología de la empatía de Edith Stein, Santa Teresa Benedicta de la Cruz, mártir también en Auschwitz. Y señalo aquí que la fenomenología, aun siendo importante para ella, no llegó a llenarla por completo y sufría por su querido profesor Edmund Husserl. Era, en la Alemania pre Nazi, una fuera de serie. Quien sí la llenó por completo fue una gran santa y doctora de la Iglesia: Teresa de Jesús, en el libro de su vida. «¡Aquí está la verdad!», exclamó Edith cuando leyó de un tirón el Libro de la vida de Teresa de Jesús. Y ella, inteligente, profesora, conferenciante famosa, judía por origen, católica por conversión, carmelita por decisión y vocación, termina su vida entregándola junto con la de su hermana en aquel terrible campo de concentración con sólo 50 años de edad.
Tengo muchos más referentes, pero Edith, como los otros dos, me recuerda que el otro nunca es un objeto que yo pueda analizar desde fuera, sino un misterio que sólo puedo acoger, nunca poseer del todo.
Y junto a ellos, muchos más autores que comparten esta misma mirada. Descárgate aquí, en el apartado Recursos, la guía completa de autores y recursos: jmlcompanion.es/recursos
No todo necesita ser mejorado
Vivimos con frecuencia pendientes de aquello que falta o que podría hacerse mejor.
Pero una de las cosas que estoy aprendiendo es que no todo lo que puede ser mejorado necesita ser mejorado.
Hay que aprender a convivir con la imperfección: con la propia, con la de los demás y también con la de las cosas.
No por dejadez ni por indiferencia, sino por salud, por serenidad y por descomplicación.
Hay cosas que necesitan ser reparadas. Hay cosas que necesitan ser cambiadas. Y hay cosas que simplemente necesitan ser aceptadas.
Aprender a distinguir unas de otras puede cambiar nuestra manera de vivir.
Porque si esperamos a que todo sea perfecto para estar bien, probablemente estaremos siempre esperando.
Te voy a poner un ejemplo muy sencillo. En los últimos dos años he roto todas las estadísticas de lunas de coche dañadas por una china que me lanza el coche de delante. Al menos seis lunas. Y siempre el mismo proceso: parte al seguro, dos días sin coche, no pago nada —lo cubre el seguro— y vuelta a empezar. Pero en esta última ocasión he cambiado de táctica. En lugar de sustituir, reparar.
Sí, ya sé que alguno me va a llamar loco. Paga el seguro. Pero es que quería hacer dos cosas.
La primera: no salir pendiente del coche de delante para ver quién va a fastidiarme el día con otra china.
La segunda: reparar la luna —se podía hacer, y tampoco he pagado nada— y convivir a diario con una pequeña imperfección, apenas visible, en mi flamante parabrisas.
Esa imperfección me recuerda, cuando me subo al vehículo, que no todo tiene que ser perfecto. Que puedo ser más flexible, que puedo aceptarme a mí mismo y al otro con sus defectos. Y que no pasa nada. Convivir con las pequeñas imperfecciones fortalece nuestro carácter, nos hace menos maniáticos y nos hace más felices. Pero hay que entrenarlo. Prueba y verás.
Aprender a disfrutar y agradecer
Esa aceptación de la imperfección no está reñida con disfrutar de la vida. Al contrario.
Creo que tenemos que aprender a reconocer los pequeños momentos que merecen ser disfrutados.
Una conversación. Una comida. Un paseo. Una buena noticia. Un encuentro inesperado. Un trabajo bien hecho. Un día en el que, sencillamente, las cosas han salido bien.
No hace falta que todo esté resuelto para poder disfrutar.
Y, para quien vive desde la fe, disfrutar conduce también a agradecer.
Agradecer a Dios lo recibido y agradecer a las personas aquello que hacen por nosotros.
La gratitud cambia nuestra mirada porque nos ayuda a descubrir que la vida no consiste únicamente en conseguir, corregir y mejorar. También consiste en recibir.
Permiso, perdón, gracias
Hay tres palabras que resumen muy bien una determinada manera de relacionarnos con los demás: permiso, perdón, gracias.
Las aprendí de una manera especial durante el pontificado del Papa Francisco y hoy me parecen profundamente significativas.
Permiso: reconocer al otro y tenerlo en cuenta.
Perdón: reconocer que podemos equivocarnos.
Gracias: reconocer que hemos recibido algo.
Tres palabras sencillas que contienen tres actitudes: respeto, humildad y gratitud.
Y creo que necesitamos recuperar la costumbre de decirlas: en casa, en el matrimonio, con nuestros hijos, con nuestros amigos, en el trabajo, con las personas con las que nos encontramos cada día y también en nuestra relación con Dios.
Decir lo bueno también es acompañar
Estamos muy acostumbrados a señalar lo que está mal: el error, el defecto, lo que falta, lo que podría haberse hecho mejor.
Pero no siempre tenemos la misma facilidad para decir lo bueno.
«Gracias». «Lo has hecho muy bien». «Me ha gustado cómo me has atendido». «Enhorabuena». «Estoy orgulloso de ti».
Reconocer lo bueno no significa adular ni repartir elogios vacíos. Significa mirar al otro y decirle que hemos visto su esfuerzo, su trabajo, su gesto o su logro.
En la familia y en el matrimonio es una forma de cuidar. En los equipos es también una forma de liderazgo. Y en cualquier relación es una forma de reconocer la dignidad y el valor del otro.
La misericordia y la escucha
Hay otra palabra que ocupa un lugar especial en esta mirada: misericordia.
No entendida como permisividad ni como negar la realidad, sino como una manera de mirar a la persona entera, con sus heridas, sus errores, sus límites y su capacidad de volver a empezar.
Por eso me interpela tanto aquella escena del Papa Francisco con el niño Emanuele. El niño, que quería hacer una pregunta importante al Santo Padre, se bloquea y es el Papa el que le dice: «acércate, dímelo al oído», y se funden durante unos instantes en un abrazo, en el cariño de la acogida de un padre que escucha a su hijo. Cuando el niño ha terminado, éste vuelve a su sitio.
El Papa va a responder, pero antes, Francisco pide permiso al niño para contar públicamente lo que le ha dicho. Y sólo lo cuenta cuando el niño le dice que sí, que puede contar lo que le ha dicho.
Para mí, esa sucesión de gestos resume mucho de lo que entiendo por acompañar.
Primero escuchar, favorecer un espacio de acogida sincera en la que el otro se abra sin miedo, sin ser juzgado, sino sólo escuchado, entendido y comprendido desde su propia perspectiva. Antes de intervenir, preguntar. Y siempre, reconocer al otro como persona. Porque no se trata de que el acompañante cambie al acompañado. Éste último cambiará si lo desea. Pero, para llegar ahí, necesitamos que ese otro sea RECONOCIDO como PERSONA en su dimensión integral, en su TOTALIDAD.
A veces una persona no necesita todavía una solución. Necesita un lugar seguro donde poder hablar.
Puedes ver aquí el momento real: el vídeo del encuentro
Los grandes temas están conectados
Por eso los artículos de JML Companion pueden hablar de asuntos diferentes, pero no quieren ser piezas aisladas. Como tampoco lo es mi método, que se adapta a cada persona o grupo. Lo importante no son las herramientas que utilicemos, sino que dispongamos de las adecuadas y las utilicemos correctamente en el momento oportuno.
Revisemos la secuencia que sigue:
La imperfección puede llevarnos a la aceptación.
La aceptación puede ayudarnos a disfrutar.
El disfrute puede conducirnos a la gratitud.
La gratitud nos lleva a reconocer al otro.
El reconocimiento nos enseña a decir gracias.
Y junto al gracias aparecen el permiso y el perdón.
De ahí podemos llegar a la misericordia, a la escucha y al encuentro.
Del encuentro llegamos a que, en ese momento, esa persona es única para mí. Es la presencia real.
Y detrás de todo ello vuelve a aparecer la misma cuestión: el sentido de la persona y de su vida.
Ese es el hilo que quiero mantener.
Una invitación al encuentro
Esta es, en definitiva, mi mirada.
No pretendo ofrecer recetas para una vida perfecta. Tampoco respuestas prefabricadas para cada situación.
Quiero hablar de personas y de vida: de aquello que nos preocupa, de aquello que nos alegra, de nuestras relaciones, de nuestro trabajo, de nuestras decisiones y de nuestras preguntas.
Y quiero hacerlo desde una convicción: en general, necesitamos menos recetas y más encuentro personal.
Un encuentro personal mediante el diálogo y la escucha.
Porque acompañar no es decirle a alguien por dónde tiene que caminar, sino ayudarle a encontrar su propio camino.
Quizá sea caminar a su lado durante un tiempo, ayudarle a mirar, a comprender, a decidir y, cuando sea necesario, a volver a empezar.
Ese es el sentido de JML Companion.
Si algo de todo esto resuena contigo, contacta conmigo y hablamos. No te prometo recetas. Te prometo tiempo, escucha y compañía.
