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  • ¿Qué es más importante, tu coche o tu matrimonio?

    ¿Qué es más importante, tu coche o tu matrimonio?

    Hace un par de meses asistí a una importante convención sobre el sector de automoción en la que se dio el siguiente dato: “un matrimonio se rompe a los 4 años. El parque de vehículos tiene una antigüedad media de 14 años”. Es decir, según las estadísticas, un coche dura más que un matrimonio.

    Este dato (demostrable) dio pie a que tomara nota y me plantease escribir este artículo acerca de las prioridades en el matrimonio.

    Ante el hecho de una ruptura o de un conflicto matrimonial surgen preguntas. Muchas.

    ¿Por qué se rompe un matrimonio?

    ¿Por qué un noviazgo eterno termina en un matrimonio que se rompe a los pocos meses o años?

    ¿Qué cuidamos más, el coche, nuestras cosas o el matrimonio?

    ¿De qué hablan los novios durante su noviazgo?

    ¿Cómo se planifica la vida en común?

    ¿Qué se prioriza?

    ¿Cuáles son las cuestiones a las que dedicamos más importancia?

    ¿Qué queda cuando los hijos se van? ¿El síndrome del nido vacío? O peor aún, ¿dos desconocidos que conviven juntos bajo un mismo techo?

    Las preguntas pueden ser muchas más. Pero, la cuestión de fondo es la misma: ¿cuáles son las prioridades en el matrimonio?

    Podemos perdernos en datos, estadísticas y gráficos sobre cómo, cuándo y por qué fracasa (o no) una unión matrimonial. Pero, el motivo principal, no lo van a resolver ni las estadísticas ni las leyes.

    Voy a hablar aquí muy brevemente (porque el tema podría dar para mucho) de cómo cuidar el matrimonio de un hombre y una mujer abiertos a la vida y con vocación de eternidad. En definitiva, hablamos del amor compartido por los esposos. Y el de estos con sus hijos, los que vengan, si es que vienen.

    Prioridades en el matrimonio

    Comenzaré con otra pregunta. ¿Qué crees que cuidas más, tu vehículo o tu matrimonio?

    Porque, seamos sinceros, reconozco que hay veces que sacar el brillo al cromado de un coche o a una motocicleta tiene su aquel y luego lo miras y dices, ¡qué preciosidad! Ahora, si te pregunto cuándo ha sido la última vez que le has dicho a tu mujer, ¡qué preciosa estás! O a tu marido, ¡qué guapo te veo! ¿Qué me dirías?

    Y es que, acudiendo al ejemplo de la planta que hay que regar diariamente (el amor), tal vez podamos ver que la plantita (nuestro matrimonio) puede que no esté roto pero está como un secarral. ¿Está tu matrimonio como esa planta que nos dejamos olvidada en el balcón en pleno mes de agosto y que nadie ha regado? Pues eso. La planta se tira y compramos otra.

    Pero es que el matrimonio es muchísimo más que una planta. Así que no podemos ir a la tienda a por otro. Cosa, que, de diferentes maneras, y por desgracia, se hace.

     Un punto de partida sería comenzar por el noviazgo y por cómo lo hemos vivido. Pero no es este el momento. Aquí de lo que se trata es de cómo podemos arreglar un matrimonio antes de que se rompa. O mejor aún, dar unos “tips” para que no se estropee ni se seque nunca.

    La “receta” para que un matrimonio sea duradero

    Sinceramente, para que el matrimonio no se rompa y crezca, hay que poner mucho amor, una pizca de planificación y practicar el perdón mutuo y la humildad.

    ¿Cómo cuidas tu coche? ¿Haces las revisiones periódicas, pasas la ITV, lo llevas al taller de confianza, lo reparas, lo cuidas, lo mimas? ¿Y, cómo cuidas tus plantas o a tu mascota? ¿Con el agua necesaria, con música, con palabras amables, con un abriguito perruno o gatuno, con uno o dos paseos diarios?

    Pues, con el matrimonio es igual. Pero, mucho más y mejor. Con mayor consciencia, mayor dedicación y mucha más plenitud.

    Digamos que, si en el matrimonio ponemos consciencia, dedicación, amor, delicadeza, detalles de cariño, regalos sorprendentes e inesperados… Y luchamos, en serio, dulcificando nuestro carácter, vamos cimentando un matrimonio duradero.

    ¿Por qué?

    Pues, porque nos negamos a nosotros mismos. Nos tragamos palabras hoscas y ariscas. No nos dejamos llevar por el mero impulso pasional y, en consecuencia, reconocemos el valor y la dignidad del otro.

    Entrega, donación al otro y encuentro personal

    En el fondo, lo que estamos haciendo es entregarnos para encontrarnos.Mediante unamor de donación y entrega esponsal, entre los esposos y filial con nuestros hijos.

    En el matrimonio el encuentro personal es radical, va a la raíz y es diario. El encuentro significa asombrarnos cada día con algo que me lleva inseparablemente hacia el otro, hacia mi esposa, hacia mi esposo. No importan los años, importa el ser del otro, en su integridad.

    Convivencia, carácter, amor y decisión de amar

    La convivencia, los hijos, padres, suegros, cuñados, las familias, de origen y destino, se convierten en una posible fuente de roces. Pero, también, en una posibilidad de crecimiento personal mutuo entre los esposos. Por cierto, la complementariedad surge de las diferencias. ¿Lo sabías?

    En la convivencia matrimonial surge el carácter de cada uno en todo su esplendor. Esto no es ni bueno ni malo. Como es lógico, se trata de lo que cada uno lleva en la mochila y lo que cada uno debe aprender a gestionar para agradar al otro. En definitiva, para ser amable con nuestro cónyuge.

    Porque, el matrimonio es como una moneda: con su cara y su cruz. Ambas van indisolublemente unidas. Esta unión inseparable está en el ADN del matrimonio, no sólo del enamoramiento. Y esa unidad de amor es, no lo olvidemos, una decisión mútua. Y no es un simple sentimiento, no es un “me apetece” y mañana ya no.

    Preparación, planificación y pocos consejos

    Por eso hay que prepararse para el matrimonio. Y para que ese matrimonio tenga un claro para qué hay que poder responder. ¿Cuál es tu respuesta? Más aún, ¿cuál es vuestra respuesta?

    Y aquí van unos pocos consejos: practicar el perdón, la misericordia, el asombro, la delicadeza (que no es otra cosa más que tratar de agradar al otro), evitar herir, hacer silencio cuando uno quiere gritar, ser sinceros el uno con el otro y reconocer al otro. Estar abiertos a la vida, acogiendo a cada hijo que llega como fuente de esperanza, como un manantial que os plenifica. Y cuidar la fidelidad mutua.

    Uno más para que los que somos cristianos. Un consejo que me dio un sacerdote hace años: el matrimonio no es un estado de arrobamiento y ojos en blanco del uno hacia el otro. El matrimonio es saber conjugar la mutua mirada y mirar juntos a Cristo. Y a Éste, crucificado.

    Y para todos, un regalo. Si podéis, regalaros el libro del Cardenal Robert Sarah “El amor en el matrimonio”. Podría seguir escribiendo porque lo he hecho desde la mirada del Cardenal, sólo observando la portada del libro. Veo a un hombre de Dios mirándome con un amor inmenso que no es sino un pálido reflejo del infinito amor que Dios nos tiene. Que te tiene. Y os tiene.

    Desde aquí, os animo a dedicar un tiempo para hablar cada día, para rezar algo juntos y jamás os durmáis enfadados. Tened en cuenta que el frío surge, como la oscuridad, por ausencia de calor o de luz. Haced un  silencio que os calme en los malos momentos pero… ¡hablad!

    Hablad y dialogad. Hay que aprender a dialogar. Practicad el diálogo y la escucha a diario (aquí en este enlace tienes algunas sugerencias para no discutir).

    Y, si no sabéis o podéis, siempre podéis buscar apoyo, la ayuda en un acompañamiento. Porque el diálogo se puede aprender, como también la escucha. Y recuerda que hacer de payaso tonto en el matrimonio tiene múltiples recompensas.

    Conclusión y disyuntiva final si quieres salvar tu matrimonio

    Antes de despedirme, hagamos una última reflexión.

    El precio medio por hora de taller para un coche en España se sitúa en el entorno de los 40-50 euros y en más 80-90 euros para marcas de gama alta.

    Si tuvierais que elegir entre pagar por el coche o hacer un acompañamiento para tratar de arreglar vuestro matrimonio, qué preferirías pagar, ¿por el mantenimiento o arreglo del coche o por el mantenimiento o arreglo de vuestro matrimonio?

    Lo dejo aquí. Si quieres (o queréis) saber más o estáis de acuerdo en que necesitáis ayuda para que vuestro matrimonio permanezca unido, ya sabéis dónde podéis encontrarme.

  • Objetivos y proyectos. ¿Cuáles son los tuyos?

    Objetivos y proyectos. ¿Cuáles son los tuyos?

    Llevaba ya tiempo queriendo hablar de los objetivos y proyectos. En una publicación anterior ya hablé de cómo definir nuestra misión, visión y valores a nivel personal o familiar. Así que hoy me centraré en los Proyectos y en los Objetivos.

    Si leíste ese artículo en el que se trató el tema de la misión o propósito vital, igual recuerdas que dijimos que, esta, nos puede llevar a un mismo objetivo final con diferentes puertos de llegada. O, mejor dicho, intermedios. Y es aquí en donde entran en juego los proyectos y objetivos intermedios.

    ¿Para qué queremos tener proyectos y objetivos? Y, ¿qué pasa con los proyectos y los objetivos intermedios?

    La vida es un proceso. Y como tal, conlleva una serie de etapas.

    He comprobado que hay quienes se empeñan en establecer abismales diferencias entre la empresa y las personas. Y se olvidan de que las empresas están compuestas, precisamente, por eso: por seres humanos.

    Los objetivos. Qué son y cómo identificarlos

    Pues bien, todo proyecto es cualquier cosa que requiera que hagamos más de una acción. Por ejemplo, quiero buscar pareja. ¿Qué tengo que hacer, además de pensar?

    Se me ocurren varias cosas. Primero hazte preguntas. Y, segundo, actúa.

    • ¿Salgo o no salgo de casa?
    • ¿Venzo mi tendencia al aislamiento y a la pereza?
    • ¿A qué grupo de personas me voy a dirigir?
    • ¿Con quién quiero relacionarme?
    • ¿Qué persona es la que más me atrae para formar un hogar?
    • ¿Qué voy a hacer para decirle que quiero que salgamos juntos?
    • Y, así, sucesivamente…

    Cuando he establecido cuál es mi Misión en la vida, mi Propósito Vital, mi Gran Objetivo, después tengo que pasarlo por el filtro temporal que me da la Visión. Por supuesto, por los Valores Éticos que son irrenunciables en mi vida. Y, después, tendré que establecer Proyectos, como este de buscar pareja que, a su vez tengan unos Objetivos intermedios a los que dirigirme.

    Es lo que se llamamos estrategia de pasos pequeños, grandes cambios.

    Pero, ahora, vamos a lo concreto. A los objetivos que en coaching se denominan SMART (specific, measurable, achievable, relevant, time-bound). Y que el gran autor y mejor amigo José Ballesteros de la Puerta tradujo con insuperable maestría al idioma de Cervantes: RETO en FM.

    Así, cuando vayas a definir el objetivo de cualquier proyecto, ese objetivo debe cumplir todas y cada una de las siguientes condiciones:

    R de relevante: tiene que ser importante para ti, para vuestro noviazgo o matrimonio.

    E de específico: no vale decir “quiero ser buena persona, adelgazar y cuidarme”. No, eso no es un objetivo eso es un deseo. ¿Qué vas a hacer hoy para avanzar en la consecución de ese objetivo?

    T de temporal: en qué tiempo, para cuando, para qué fecha te has propuesto alcanzar el objetivo.

    O de oportuno: ¿está ése objetivo de acuerdo con tus valores o te vas a tener que saltar alguna línea roja?

    Y luego añade con sorna andaluza en FM, que no es precisamente en Frecuencia Modulada:

    F de factible: ¿el objetivo que te planteas es realista y alcanzable?

    M de medible: ¿se puede medir? ¿Puedes obtener un indicador que te permita conocer si lo que te estás proponiendo lo alcanzas o no?  

    Un ejemplo de objetivo

    Mi mujer y yo queremos ahorrar el año que viene. Esto no es un objetivo.

    Ahora, si decimos: mi mujer y yo queremos ahorrar 10.000 euros entre el 1 de enero y el 31 de diciembre de 2024 y vamos a destinar cada mes 700 euros y 800 euros de las pagas extras de Navidad y Verano. Ahí podemos analizar primero los ingresos y gastos, ver si razonablemente podemos ahorrar las cantidades indicadas y establecer un indicador trimestral. Por ejemplo, para ver cómo vamos o qué imprevistos han surgido y analizar si tenemos que modificar, levemente a ser posible, nuestro objetivo final. Aquí sí se cumplen todas las condiciones.

    Ejemplo de objetivo absurdo a mi edad: me encantaría jugar en la NBA en Los Ángeles Lakers en la próxima temporada. Tengo 65 años y mido 1 metro y 69 centímetros. El objetivo no es Relevante. Puede ser Específico pero no puedo hacer nada por alcanzarlo salvo destrozarme los gemelos. Es Temporal (próxima temporada). No es oportuno. Ni tampoco es Factible. Y sí, se puede Medir (no me van a fichar porque ni me puedo presentar).

    En conclusión: o se cumplen todas las condiciones o no vale.    

    Un proyecto complejo: ser más feliz

    Pongamos un objetivo un poco más difícil porque lo del ahorro o lo del adelgazar puede llegar a ser (no digo que lo sea) sencillo. Pensemos en que quiero ser más feliz. Esto es otro deseo. Pero, aquí, estamos ya ante un proyecto. Y el proyecto se puede descomponer en proyectos y en objetivos intermedios.

    Ya he dicho que soy Católico. Por lo tanto, si quiero ser más feliz tendré que estar más cerca de Cristo y, por tanto, de mi mujer, de mis hijos, atento a mi carácter, etc.

    Proyecto Persona

    • Voy a Misa diaria. Y controlo si voy o no voy.
    • Oración: rezo diario del Rosario. Si es posible con mi mujer. Y si no, sólo.
    • Control de la televisión: dejo el zapping y veo cosas o películas concretas sólo el viernes por la noche que sé que me pueden aportar algo positivo o me pueden despejar inocuamente. Si es posible con mi esposa.
    • Confesión semanal. Pues, voy cada semana. Habrá semanas más pecadoras y semanas de menos.
    • Cuarenta y cinco minutos de lectura diaria. A una hora concreta. A las 20:30 cada día.

    Proyecto Familia

    • Comemos a las 14:00 y cenamos a las 20:00 en familia, con los niños y a diario. Sin radio y sin televisión. Charla (a veces gritos cuando los niños no quieren cenar) en familia.
    • 21:30-22:30 Tiempo para el matrimonio. Los niños acostados.
    • 22:30-23:00 Oración y lectura personales.
    • Los viernes: “pizza y peli” con los niños y en familia.

    Proyecto Salud

    • El médico y tú mismo veis que tienes que adelgazar 15 kg. Pues hay que ponerse a dieta. Si no puedes solo, con ayuda exterior (nutricionista, por ejemplo). Objetivo: adelgazar 3 kg cada mes. Visita a la nutricionista (es mi caso) cada 3 semanas y control.
    • Descanso: dormir mínimo 7 horas, de 23:00 a 06:00 de la mañana. A las seis hay que levantarse.

    Proyecto Orden

    Horario de cada día.

    • 06:00 levantarme. Aseo.
    • 06:30 ejercicio
    • 07:30 desayuno
    • 08:00 estudio
    • 09:00 Comienzo del trabajo diario.
    • Etc…

    Objetivos y proyectos. En ellos está la clave

    En definitiva, lo que acabo de exponer son PROYECTOS porque tienen acciones diferentes. Y, al mismo tiempo, tenemos OBJETIVOS intermedios, dentro de cada proyecto. Hay un PROYECTO GLOBAL que se descompone en pequeños proyectos. Y estos, a su vez, en acciones diferentes, concretas (específicas), medibles, que son oportunas porque están de acuerdo con unos valores relevantes. Que tienen un tiempo para desarrollarse y que, además, se pueden medir.

    De este modo, cada uno puede trabajar en su carácter, en la felicidad matrimonial, en los valores hechos vida, en las virtudes humanas, en la donación y entrega a los demás. ¡En lo que quieras! Porque serán cuestiones importantes, que vas a hacer de acuerdo con tus valores, en un tiempo concreto, que serán realistas, se podrán cumplir y medir.

    Y aquí se va haciendo camino al andar.

    Primero un paso, luego otro. Marcarás primero un surco, que se convertirá en camino sabiendo en cada momento hacia donde te diriges. Te perderás, volverás sobre tus pasos, redefinirás objetivos, proyectos, y con la visión de mayor alcance redefinirás o verás nuevas misiones que realizar. Como es de suponer, vas a ir a puntos intermedios para llegar a una meta final. Habrá vueltas, revueltas y cansancio. Pero recuerda, si sabes cuál es tu para qué soportarás cualquier cómo. Un para qué de encuentro personal con Dios, contigo mismo y con tu prójimo.   

    Me despido animándote a que te marques tus objetivos y trabajes tus proyectos. Y, por supuesto, aquí me tienes para que me cuentes los resultados logrados y las dificultades que has encontrado a lo largo del proceso. Lo importante siempre es dar el primer paso. ¡Adelante!

  • Misión, Visión y Valores. ¿Los tienes claros en tu vida?

    Misión, Visión y Valores. ¿Los tienes claros en tu vida?

    Aunque nunca nos hayamos detenido a pensar sobre ello, todos tenemos un propósito vital. ¿Alguna vez te has preguntado cuál es tu misión en la vida? ¿Has pensado qué quieres hacer con ella y hacia dónde te diriges? ¿Para qué vives? ¿Qué te hace feliz?

    Todas estas pueden ser, y de hecho lo son, preguntas que se plantean en un proceso de Coaching.

    Supongamos que la persona a la que acompañamos responde con la siguiente frase:

    “Quiero dejar huella en mi vida, crear una familia unida y que mis talentos den fruto. Que allá por donde pase deje paz y alegría. Y quien se acerque a mí salga con una sonrisa y sea más feliz. Mi objetivo en la vida es ser útil, desarrollarme como persona, ayudar a cumplir los objetivos de la empresa o comunidad en la que trabaje, alcanzar la sabiduría y crecer en el ámbito personal, profesional y familiar. Quiero aportar algo a la sociedad y a mi país”.

    ¿Qué estoy diciendo? ¿A qué me refiero? ¿Por qué hablar de Misión, Visión y Valores? ¿Por qué proyectos y objetivos?

    En un proceso de acompañamiento y coaching resulta difícil que la persona acompañada conozca la terminología o la diferencia entre términos como Misión, Visión, Valores, Proyectos y Objetivos.

    Nuestro objetivo o propósito vital: la Misión

    Si analizamos la frase que planteé hace un momento, lo que tenemos es una Misión que cumplir. Si lo que yo quiero es “devolver y aportar algo a mi país”, si quiero “dejar huella o que mis talentos den fruto” lo que tengo es una misión, un “para qué”. Pero, hasta aquí tenemos un para qué difuso, nada concreto.

    La Misión de mi vida puede ser dejar, ciertamente, una huella, algo que sea valioso. Pero, si no lo concretamos, lo valioso se difumina, pospone, procrastina. Se deja para más adelante, hasta llegar al “ya lo haré mañana”.

    Si mi Misión es crecer como persona, dejar huella, crear una familia, ayudar al prójimo y ser buena persona, y no desarrollo esa Misión con una Visión y Valores, estableciendo Proyectos que conlleven acciones y objetivos intermedios, lo que tendría son buenas intenciones pero… poco más.

    Y, si mi Misión es formar una familia unida, aceptando los hijos que Dios nos dé, educándolos para el Cielo y formar personas éticamente responsables de sus actos, felices y útiles para la sociedad y su país, lo que tengo es algo más concreto. Pero aún debo concretar más.

    Por ejemplo: “Quiero formar una familia unida”. ¿Conoces a alguien que crees que comparte tus Valores? ¿Haces algo para salir con esa persona? ¿En qué ambientes te mueves si quieres ser feliz y hacer que los demás sean felices? En definitiva ¿qué haces para que tu Misión en esta vida se cumpla?

    Pero, todo esto hay que bajarlo a la tierra.

    La importancia del encontrar el “para qué”

    La Misión o propósito vital es nuestro para qué. No se trata de por qué estoy aquí. Ni a ti ni a mí nos preguntaron si queríamos estar aquí, en este mundo. Pero, lo cierto es que fuimos concebidos y aquí estamos. Ahora se trata de encontrar ese para qué estamos aquí.

    Y en esto consiste nuestra Misión. En descubrir el para qué de nuestra vida aplicándolo a personas concretas.

    No hay Misión sin personas. Somos seres en relación, somos seres en encuentro. Y nos encontraremos a nosotros mismos en la medida en que encontremos nuestro para qué relacional con personas. Con Dios, para los que tenemos Fe, en cada uno de los demás.

    “Quiero tener una familia unida, con mi esposa o esposo, poder educar en libertad a nuestros hijos, los que libremente y con generosidad podamos tener. También, ayudar a personas jóvenes a encontrar su sentido vital o a matrimonios en dificultades. Quiero ser útil a la sociedad en la que vivo y a mi país. Y, por supuesto, ser feliz por toda la eternidad”.

    Bien, esto es una Misión. Esta puede ser la Misión de una persona creyente, como es mi caso. La Misión o propósito nos marca un destino al que queremos llegar en nuestra vida. Algo así como un puerto seguro.

    Pongamos un ejemplo. Cuando los conquistadores, aventureros o religiosos fueron al nuevo continente recién descubierto, sus propósitos vitales eran muy diferentes y los puertos a los que llegaban también. Más aún, podían llegar a un pueblo, fundar una ciudad y luego dirigirse a otro punto. Su Misión se iba desarrollando por etapas. Tenían, eso sí, propósitos fundamentales: unos mejorar sus vidas personales o familiares, otros salir de la pobreza o convertirse en nuevos ricos. Y otros, evangelizar.  

    Nuestra brújula vital: la Visión

    Como es lógico, no es lo mismo una Visión a quince días vista que una a diez años. La Visión nos proporciona la perspectiva que nos da el tiempo: el dónde queremos estar en unos días, en unos meses, en unos años o al final de nuestra vida. Es el ir dando pasos sabiendo hacia donde nos dirigimos en cada momento.

    Ciertamente, pasamos muchas veces por la vida como pollos sin cabeza. Como le pasa a Alicia en el País de las Maravillas, en el siguiente diálogo:

    Alicia preguntó al gato:

    – ¿Podrías decirme, por favor, qué camino he de tomar para salir de aquí?

    – Depende mucho del punto adonde quieras ir, contestó el Gato.

    – Me da casi igual dónde, dijo Alicia.

    – Entonces no importa qué camino sigas, dijo el Gato».

    Cuando sabemos hacían dónde nos dirigimos, si nos hemos establecido unos hitos, unos puntos intermedios y un objetivo final, aunque no veamos el camino, lo iremos haciendo. Pero tenemos que tener una brújula, una dirección, un sentido.

    La Visión nos va a marcar ese camino. Quizá no del todo pero poco a poco lo iremos haciendo.

    Las líneas rojas de nuestra vida. Los Valores

    En alguna ocasión, ya he tratado el tema de los Valores (en concreto cómo educar en valores y virtudes a los hijos). Podríamos definirlos como nuestras líneas rojas, nuestras líneas maestras. Aquellas a las que tenemos que ser fieles.

    La infidelidad a nuestros Valores nos lleva a la esquizofrenia interior, a la infelicidad y, por desgracia, muchas veces, a la conclusión de que el fin justifica los medios. Lo que parece estar de moda y es el germen de eso que el autor Rino Camilleri considera los “Monstruos de la razón” en su magnífico y recomendable libro.

    Hemos hablado de Misión, Visión y Valores pero, ¿cómo aplicamos esto a la persona o a la familia? La respuesta es sencilla: dedicando tiempo para parar, pensar, orar (soy católico y tengo fé) y escribir tanto personal como familiarmente.

    En resumen:

    Si estamos solos pensaremos individualmente acerca de mi Misión en la vida. Y si estamos en medio de un noviazgo, o ya con la familia formada, pensando con nuestro novio, novia o cónyuge cuál es, o va a ser, nuestra Misión, nuestro Propósito Vital familiar.

    Haremos lo mismo con la Visión. ¿Dónde quiero o queremos estar en seis meses, en un año, cuando nuestros hijos se vayan de cada, al final de nuestras vidas?

    ¿Y con los Valores? ¿Sobre qué valores voy a asentar mi vida, nuestra vida, la de nuestros hijos, la de mi familia?  

    Sin duda, para hacer esto hay que pararse, pensar, llevar todo a la oración y escribir aquello que decidamos. Porque, lo que no se escribe se olvida. Te sugiero hacer listas, leerlas en voz alta, repetirlas y aprenderlas. Poco a poco, el contenido de tus listas, breves y concretas, pocos puntos pero con sustancia, lo harás vida. 

    ¡Ánimo! Como decía Machado, “se hace camino al andar”. Y, ya sabes que aquí me tienes para ayudarte como coach si crees que necesitas un apoyo para encarar esa apasionante ruta que es la vida.

  • ¿Encima o junto a los hijos?

    ¿Encima o junto a los hijos?

    En un programa de radio escuché un interesante debate acerca de la educación de los hijos. En concreto, sobre si los padres deben estar encima de los hijos (o no) a la hora de estudiar. Sobre todo durante la adolescencia.

    Recuerdo la intervención de alguna madre indicando que a su hija adolescente no le gustaba nada estudiar. Y que, realmente, no sabía qué hacer respecto a si “estar encima” de su hija a la hora de plantearse el estudio y los deberes en casa. O mejor, dejarla por libre.

    Como coach, pero sobre todo como padre y como abuelo, voy a indicar aquí aquellas cosas que a mí, como esposo y padre, me fueron bien. Vamos con ello.

    El punto de partida para la educación de los hijos

    1 – Humildad en la medida de lo posible

    Como en muchas familias, la “lista” e “intuitiva” de la casa, cuando nuestros hijos finalizaban la infancia y comenzaban con la adolescencia era y es mi mujer. Así que si quien está más cerca de los hijos es el cónyuge más espabilado, déjate aconsejar por esa otra persona. Porque vé más que tú y con más profundidad. Te lo aseguro.

    2 – Delimitad vuestras líneas rojas y obrad en consecuencia

    Cuando se trata de la educación de los hijos, tanto por el bien de los padres como de los chicos, al final hay que llegar a un consenso conyugal en el que los progenitores estén de acuerdo en cuestiones esenciales. En lo que se denominan líneas rojas. Es decir, en aquellas cuestiones muy importantes, que son pocas, pero que son básicas.

    Por ejemplo: defensa de la vida, trascendencia, moralidad, virtudes a practicar o patria común. Recordemos que las virtudes son los valores puestos en práctica. Responsabilidad y sentido del deber y enseñar a nuestros hijos que los actos u omisiones tienen consecuencias.

    Y como decía San Agustín. “En lo esencial, unidad. En lo accidental, libertad. Y, siempre y en todo, caridad”. Porque el cómo decimos las cosas es casi tan importante como el qué decimos. En resumen: padres fuertes y valores compartidos y transmitidos.

    ¿Y con el colegio qué hacemos?

    Criterios básicos para la educación de los hijos

    Mejor estar “junto a”, que “encima de”

    En general, estar “encima de” entendido como un ejercicio de imposición coercitiva no es bueno. Si uno estudia porque su padre o madre están encima, en cuanto dejan de estarlo, deja de estudiar. Así que, si estamos “junto a”, ayudando, no hará falta estar encima de y educaremos en la responsabilidad.

    Transmitir un propósito y un para qué

    ¿Quieres que la vida de tus hijos tenga un propósito? Mirad como padres y esposos cual es el vuestro. Cuál es vuestro “para qué”. Inculcad a vuestros hijos unas prioridades claras, respeto, educación, valores y virtudes compartidas. Es decir, qué es lo importante y para qué es importante.

    Sí, todo eso está muy bien pero… es que mi hijo no estudia, puedes responder a esto que acabo de plantearte.

    De acuerdo, te contesto. Pero para que estudie tiene que tener un propósito. Y un propósito que le sea verdaderamente atractivo. Recuerda que los niños y, sobre todo, los jóvenes son, de partida, bastante idealistas. No les cortéis las alas. Fomentad un sano idealismo. Por ejemplo, la generosidad, el compartir, el hacer el bien a los demás, les atrae.

    Y es que esto del propósito es como la ciencia aplicada pero más importante. Es encontrar el para qué de la vida. No me voy a extender en esto ahora. Sólo te diré que para educar a los hijos en valores hay que estar presente y plantear preguntas al niño y al joven. No rehúyas el debate y tampoco impongas por imponer. Habla, razona y arguméntale. Dedica tiempo, no sólo tiempo de calidad, sino tiempo en toda la extensión de la palabra.

    Horario y orden

    El horario se propone y, si es necesario, se impone. Recordad que somos padres, no amiguetes. Dicho esto, toca ahora a los padres predicar con el ejemplo: el del horario, claro. Y es que el horario, con flexibilidad pero también con firmeza, lleva al orden.

    Padres y profesores. ¿Qué papel juegan en la educación?

    Al plantear la función que desempeñan los padres y profesores en la educación de los niños y jóvenes, ¿qué tal si comenzamos por las asignaturas?

    Ciencias puras: Matemáticas, Física, Química

    Estamos ante asignaturas que requieren un nivel de abstracción así como entender su aplicabilidad. En este tipo de asignaturas el alumno puede no entender algunos conceptos que al principio pueden ser muy sencillos pero que van a ir desarrollándose con el tiempo. Y esto hace que si las bases no se adquieren con rigor, con un buen fundamento y unos buenos cimientos, el resto de conceptos que se vayan a desarrollar más adelante no se entiendan. Lo que llevaría al alumno al fracaso por falta de entendimiento y de motivación.

    Un consejo para los profesores: explicad para qué sirven las matemáticas, la química, la física. Desde el principio enseñadles que son ciencias que se aplican para el beneficio del ser humano y ponedles ejemplos concretos.

    No les hagáis calcular con una integral triple la longitud de un hilo curvado (se estira el hilo y se mide con una regla o metro). Este fue un ejemplo real en un examen que aprobé de primero de carrera en Empresariales. No menos cierto es que me hizo pensar. Pero, no es lo mismo sólo pensar que pensar para o para que nos entendamos aplicar el pensamiento a un efecto concreto y sensato.

    Te garantizo que el pensamiento científico aplicado, es mucho más motivador y útil, tanto para las ciencias como para las humanidades.

    En este tipo de asignaturas considero importante aportar al alumno la ayuda necesaria en forma de explicaciones claras. Por supuesto, por parte del profesorado pero, también, por parte de los propios padres si las conocen. E, incluso, alguna clase de refuerzo o particular si es necesario y se puede.

    Biología, Historia, Lengua, Filosofía, Religión

    Aquí comenzamos a entrar en terreno pantanoso. No es lo mismo estudiar la floración de un árbol y las leyes de Mendel o los distintos tipos de volcanes existentes en el globo terráqueo que pasar a la biología del ser humano. A la geografía de una patria común o a conceptos como la trascendencia o la sagrada inviolabilidad del ser humano, la moral en general y la sexual en particular.

    No me voy a detener en cada asignatura porque haría innecesariamente largo este artículo que prometo desarrollar por partes más adelante. Baste con señalar que estas asignaturas son las que tocan las llamadas líneas rojas de unos padres sensatos.

    No es lo mismo educar y transmitir el amor a una patria común o la enemistad a esa patria. Esto afecta a la Geografía, Historia, Lengua e idiomas, ¿lo ves?

    Ética y valores

    ¿Qué ética, qué valores?¿Los que quiera el gobierno de turno o los que los padres consideremos sagrados?

    Si pasamos al ser humano y a su trascendencia la cosa es ya muy seria. ¿Cultura de la muerte como el aborto o la eutanasia o cultura de la vida? ¿Educación sexual o educación asexuada en la que uno se auto determina como le da la gana en contra del más elemental sentido común? ¿A quién le corresponde esto? ¿Al Estado, al colegio, a los padres? Piensa en esto, porque está en juego una cosa que se llama libertad.

    Aquí no sólo hay que acompañar. Aquí hay que estar “junto a” y muy encima del contenido de las asignaturas. Así como muy pendientes de lo que se haya dicho en clase. No tanto para imponer sino para proponer, ayudar y transmitir valores y virtudes a nuestros hijos. La Fé, la Esperanza, la Caridad, el amor entendido como donación y no como un “me sirves para”.

    Aquí los padres tienen que ver junto a sus hijos el contenido de los libros de texto, el contenido de lo explicado en clase. Para que, conforme a su derecho como padres, se eduque en casa. Como es de suponer, en ocasiones, llevará a educar en clara oposición a lo que los profesores de turno hayan dicho en clase. Esto puede resultar incómodo. Pero, no es negociable, o no debiera serlo, para unos padres.

    El alumno, además de raíces profundas y bien asentadas, obtendrá así la visión de su colegio (o de su profesor) y la de sus padres. Y así podrá contrastar en casa y sacar sus propias conclusiones con madurez y en libertad. Y los padres habrán actuado de acuerdo con sus principios, que no pueden ser dejados a la puerta del colegio.

    Ya sabes que si quieres que me extienda o que te eche una mano en este difícil tema que es la educación en valores de los hijos, solo tienes que contactar conmigo. ¡Estoy a tu disposición!

  • Vuelta al trabajo. ¿Cómo superar la depresión postvacacional?

    Vuelta al trabajo. ¿Cómo superar la depresión postvacacional?

    Casi por unanimidad, podríamos afirmar que uno de los momentos más temidos y difíciles de afrontar cada 365 días es la vuelta al trabajo y la depresión post vacacional que la acompaña.

    Esto no es algo nuevo ni exclusivo de quienes están en edad laboral. De hecho, la depresión post vacacional la viven tanto los adultos como los niños al dar por finalizados los días estivales y tener que volver al cole. Por experiencia lo sé en primera persona. Ya que he tenido que superar muchas depresiones posvacacionales tanto de colegio y universidad como al volver al trabajo a lo largo de mi vida.

    Porque, no olvidemos que las vacaciones son un maravilloso sueño. Pero, del que antes o después, “sí o sí”, toca despertar.

    ¿En qué consiste la famosa depresión post vacacional?

    Estamos más que acostumbrados a escuchar hablar de ella. De la depresión post vacacional. Pero, ¿sabemos, de verdad, qué es?

    En general, se caracteriza por sentimientos de desánimo, fatiga, irritabilidad y dificultad para concentrarse. Más o menos, lo de todos los lunes, máxime si ha perdido tu equipo del alma. Aunque, en este momento, elevado a la enésima potencia.

    Pero, ¿por qué pasa esto?

    Posiblemente, una de las principales causas se deba a la transición rápida de un ambiente relajado, y sin mayores responsabilidades a la rutina estructurada del día a día.

    También dicen los que de esto saben (los teóricos) que es importante recordar que este período de ajuste es natural y temporal. Bueno, es algo lógico. ¿No te parece?

    En mi caso, te diré que el periodo vacacional no siempre es sinónimo de “relajación”. Porque cuando se trata de unas vacaciones en familia con cuatro nietos y tres sobrinos, lo de “ambiente relajado y sin mayores responsabilidades” no es lo que predomina. Aunque bueno, quizás si has estado en unas islas paradisíacas en viaje de novios aún, sí lo hayas disfrutado. Por lo que, tampoco exageremos.

    Así que, si has tenido la “suerte” de poder desconectar como es debido este año, aquí te van unas pocas sugerencias que posiblemente te resulten prácticas. Además, son útiles para variopintas ocasiones. Es decir: tanto si vuelves al trabajo como si vuelves a la universidad o al colegio.

    Siempre que retomes tu actividad cotidiana tras un periodo de descanso y desconexión, puedes echarles un buen vistazo a estos consejos, que sirven tanto para volver a la rutina como para iniciar las vacaciones porque, ¿qué son las vacaciones sino cambiar de actividad?

    (Casi) Decálogo para superar la depresión post vacacional

    #1 – Todo se pasa

    Esto ya lo decía nuestra Santa Teresa de Jesús que, como buena abulense, tenía un sentido común fuera de lo común. Por ejemplo, aprovecho y meto cuña para padres primerizos en etapa de escolarización. Los niños pequeños lloran al dejarles en el cole o cuando suben al autobús por primera vez. Pero, luego, se les pasa. A algunos se les pasa al llegar el autobús a la primera esquina y a otros les dura una semana. Aunque, más pronto que tarde, todos superan ese primer momento.

    Así que no sufráis porque, si a la vuelta al trabajo se le une el sufrimiento de dejar en el cole por vez primera a un pequeño, el dolor se multiplica. Después, uno va creciendo y, como ya he dicho en alguna ocasión, yo pasaba la víspera de volver al cole sin apenas dormir. Y eso que era de los primeros de clase. Se ve que tuve una infancia feliz y relajada.

    #2 – Planifica antes

    Antes de finalizar tus vacaciones, tómate un tiempo y pon por escrito aquello que te “pre-ocupa” o inquieta. Fíjate que la palabra preocupa significa más que agobiarte, ocuparte antes, pre-ocuparte.

    Así que tómate un breve tiempo para poner orden. Por ejemplo, un par de días antes de finalizar las vacaciones comienza por planificar tus primeros días de regreso. Cuando pones todo por escrito, tu cabeza descansa. Haz un listado de tareas, compromisos, reuniones, proyectos, etc. Puedes utilizar algunos programas gratuitos de gestión de tareas (sencillos) o simplemente una cuartilla de una libreta utilizando lápiz y goma de borrar. Así, si quieres cambiar algo, borras y corriges. Es muy simple. No hace falta que hagas un curso de GTD (Get Things Done) justo en las vacaciones. Eso, mejor lo dejas para después.

    #3 – Mantén hábitos saludables

    Cuando vuelvas al trabajo, pon en tu agenda espacios para andar, pasear, comer, cenar en familia y, en cuanto que puedas, echarte una buena siesta. Y, si es con tu mujer o con tu marido… mejor. Toma un poco de buen vino y corta jamón del bueno. Eso lo planificas y cuando vuelvas al trabajo lo practicas. Estos pequeños hábitos promueven la liberación de endorfinas y serotonina, neurotransmisores relacionados con el estado de ánimo positivo. Así que, ¡todo son ventajas!

    #4 – Trocea. Pasos pequeños, grandes cambios y celebraciones adecuadas

    Cuando hayas elaborado la lista de tareas, vas y la troceas. En lugar de agobiarte con una lista interminable de tareas, comienza con metas pequeñas y alcanzables. Mira cuales son  importantes y ve paso a paso.

    Piensa un momento. ¿cómo se come una chuleta de un kilo? En pequeños trozos. Pues esto es igual. Celebra los logros que vayas consiguiendo. Cosas muy sencillas. Por ejemplo, si hoy tengo que hacer cinco llamadas y escribir este artículo, cuando lo termine (las llamadas ya las he hecho) me doy un pequeño homenaje. Pequeño, pero hazlo.  Los pequeños logros, por mínimos que sean, impulsarán tu motivación y autoestima.

    #5 – Mantén el contacto social

    El apoyo de amigos y seres queridos es esencial en todo momento. Y más en momentos de cambio. Si compartes tus experiencias y emociones disminuirás el sentimiento de aislamiento, reforzando los lazos sociales. Esto es esencial.

    Con el permiso de mi mujer, te voy a poner otro ejemplo. Ya estamos trabajando. Pues, hoy, ella, por la tarde, ha quedado con su mejor amiga. Yo, mañana, tengo una despedida con unos amigos. Y allí que iré, Dios mediante. No todo es trabajar en esta vida. Yo lo he aprendido muy tarde. Pero nunca lo es para empezar a merecer, que decía mi paisano San Ignacio de Loyola.

    #6 – Encuentra el sentido del trabajo

    Enfócate en los aspectos positivos de tu trabajo. Identifica cómo tus tareas contribuyen a tus objetivos personales y profesionales. Y, lo que es mucho más importante, tu trabajo forma parte del bienestar social. Todo lo que hagas bien o procures hacer bien redunda en la satisfacción de necesidades de clientes, personas, de la sociedad y, por supuesto, de tu familia. Y, para eso estamos aquí. Para hacer el bien.

    Esta vida no es una birria aunque, muchas veces, la convirtamos en eso. Sino que Dios, tiene un plan para cada uno, incluso cuando todo parece irse al garete. Si no me crees léete el Libro de Job en la Biblia y luego me cuentas. Si encuentras el propósito de tu vida te garantizo que encontrarás de golpe el sentido de tu vida y ahí la llenarás de gozo. La plenificas.

    #7 – Medita o, mejor, reza desde el corazón

    Tómate un descanso, enfócate y haz bloques de 20/25 minutos y después descansa durante cinco. Esto es la técnica Pomodoro, inventada por un italiano con un temporizador en forma de tomate. Hay libros y mucha información en Internet. Pero, además, si al tomate le añadimos sal y pimienta, es decir, oración y sentido vital mucho mejor. Ofreces tu trabajo, lo pones al servicio de Dios y de los demás y Él sabrá lo que pasa luego.

    Sin ir más lejos, ¿para qué estoy yo ahora a las 21:35 horas escribiendo este artículo? Pues, porque a lo mejor a alguien le hace bien. El peor de los efectos es que es inocuo. Es decir, si te parece largo no te lo lees y listo. ¿Qué no te gusta? No lo apliques. Pero, ¿y si sí?

    #8 – Fluye

    Mira, esto me pasa a mí ahora. Como estoy escribiendo sin parar, me gusta lo que hago y sé que puede venirle bien a alguna persona, estoy plenamente concentrado y todo va fluyendo.

    #9 – Piensa en grande y explora nuevos intereses con flexibilidad

    El regreso al trabajo no significa que dejes tus aficiones. Simplemente, establece bloques de tiempo para practicarlas y sé fiel en la medida de lo posible (siempre surgen imprevistos) a tu agenda siendo flexible. Ve pensando acerca qué vas a hacer cuando te jubiles aunque seas muy joven. Y si se te ocurre alguna idea, apúntala. Mantén tu mente abierta a nuevas experiencias que puedan brindarte alegría y emoción. Te sugiero que leas la historia del Coronel Sanders, fundador de Kentucky Fried Chicken. ¡Seguro te va a gustar y sorprender a partes iguales!

    En resumen… Si te sientes deprimido después de tus merecidas vacaciones es algo muy normal. La depresión post vacacional es una fase común pero transitoria que muchas personas (no importa la edad) afrontan. Si la depresión es pre-vacacional vete pensando en corregir algo en tu vida. Combina los consejos que te sugiero, analiza cuales te pueden venir mejor y trata de ponerlos en práctica. Y recuerda que no estás “solo ante el peligro”. ¡Aquí me tienes para lo que necesites!

  • ¿Nos comunicamos o nos adivinamos?

    ¿Nos comunicamos o nos adivinamos?

    Hoy me he propuesto hablar de la comunicación (o incomunicación, según se mire). Y aportar nos simples consejos para no discutir ni en los días de vacaciones ni tampoco en el resto del año.

    Con la llegada de los meses del verano llegan los tan ansiados días de descanso y, con ellos, la posibilidad de pasar más tiempo en pareja y en familia. Por eso, las “vacaciones” son un tiempo maravilloso para comunicarse o, según los casos, para discutir, que es una forma de comunicación poco recomendable.

    Para empezar, a continuación, voy a exponer unos ejemplos sacados de la vida real y experimentados a una hora muy propicia para el diálogo: hacia las ocho de la tarde, cuando estamos ya bien baqueteados por todo el día:

    #1 – Elección de película

    – Cariño, ¿qué tal si eliges una película y la vemos juntos después de cenar con los niños acostados?

    – Perfecto.

    – Pues… vete buscando en alguna plataforma mientras preparo la cena.

    – De acuerdo.

    – Después de cenar:

    – ¿Has pensado en alguna?

    – Pues mira sí, he visto una de acción que tiene buena pinta.

    – ¡Ay!, ¿esa? Es que no me gustan las de tiros y sangre.

    – Tengo otra de suspense que también parece buena.

    – Ya, pero es que a mí me gustan las clásicas.

    – Bueno, a ver si encuentro alguna… ¿mira!, he encontrado esta de Spencer Tracy y Katherine Hepburn.

    – ¿Y no encuentras una de Gregory Peck?

    – A ver …

    – Huy, esa no. Ya la hemos visto.

    – Mujer, como casi todas las de Gregory Peck.

    (Tras media hora de búsqueda):

    – Bueno, la verdad, me está entrando sueño. Casi me voy a la cama.

    – Espera un poco. A ver si encuentro otra.

    – No, no. Ya es muy tarde. Hasta mañana si Dios quiere… 

    #2 – El gran silencio

    – Chico, ¡qué callado estás! ¿Te pasa algo?

    – A mí, ¿nada?, ¿qué me va a pasar?

    – No sé, como llevas todo el día sin hablar.

    – Ya, es que no tengo buen día. Estoy cansado.

    – Pues vente a la cama ¿no?

    – No. Necesito despejar la mente un rato.

    – O sea, que vas a ver la tele ¿no?

    – Sí, un rato.

    – Eso, a tu bola… a hacer zapping, ¿no?

    #3 – Ansiedad anticipatoria del tipo ya he metido la pata

    Llamada de teléfono a un hijo:

    – ¿Qué tal hijo, cómo estás?

    – Bien.

    – ¿Seguro?

    – Claro, ¿me tendría que pasar algo?

    – No sé, es que te noto tan poco hablador… ¡Ah!, ya sé, perdona hijo, es que el otro día te dejé con la palabra en la boca. Y, claro, como no te he llamado otra vez, seguro que te has enfadado.

    – Pues, la verdad, no. No estoy enfadado.

    – Oye, pues disimulas muy bien.

    – Que no, papá, que no estoy enfadado.

    – Pero, vamos a ver, hijo, que tenemos confianza, si he hecho algo que te haya sentado mal dímelo, que ya somos mayorcitos.

    – Mira papá, de verdad, no has hecho nada mal. Me duele la tripa y hace tres días que no voy al baño. Simplemente estoy estreñido y cuando no voy al baño no me pidas peras al olmo.

    #4 – Ansiedad anticipatoria del tipo “no es no”

    – Mira cariño, he pasado por la piscina municipal para ver cuánto nos saldría un bono para nosotros y los hijos y nietos para cuando vengan a casa.

    – Y ¿cuánto sale?

    – Pues mira los adultos 17 y los niños 10 euros.

    – Imposible. No.

    – Pero, espera a que te diga el cálculo de lo que es.

    – Que no, que luego andamos agobiados.

    – Pero, hombre, no te cierres, espera un poco, déjame hacer el cálculo de cuántos somos…

    – Ya me estás levantando la voz. ¿Lo ves? Si es que no se puede dialogar contigo.

    ¿Te suenan estos diálogos de besugos, que podríamos denominar “desencuentros en la tercera fase”? A quien no le sean familiares, le recomiendo un repaso a las viñetas de Forges o de Mafalda y seguro que se inspira. Si los lees bien, los piensas un poco, verás que se produce el efecto «adivina, adivinanza», en cada uno de ellos. Vamos a verlo:

    1. Película. Adivina qué película me gusta porque yo ya he decidido la que quiero ver.
    2. Silencio. Adivina lo que me pasa porque no soy claro, diáfano ni transparente.
    3. El estreñido. Intento adivinar en lugar de preguntar.
    4. No es no. Intento adivinar porque no escucho.

    Estos diálogos, lo garantizo, están tomados de la vida real. Y como somos animalitos de costumbres reiteradas, tropezamos con la misma piedra una y otra vez. Por cierto, estos que denomino “diálogos de besugos”, se pueden dar a cualquier hora del día pero a partir de las ocho de la tarde son letales. Y en vacaciones, peor.

    Porque, a esas horas ya se está suficientemente cargado y si es de mecha corta (como yo), ya está el lío servido en forma de absurda bronca, Y, además, es un momento muy cercano a otra hora peligrosa: la de acostarse.

    Si los niños (hijos o nietos) están acostados y dormiditos, ni tan mal. Si no lo están, peor. Porque, lo ven, oyen o ambas cosas a la vez.

    Y, en cualquier caso, el enfurruñamiento nos va a llevar a una situación kafkiana: te acuestas enfadado y duermes mal si te cuesta coger el sueño. Aunque, a algún cónyuge que conozco, con o sin enfado, el cansancio del día le lleva a dormir plácidamente. Lo que genera un efecto hipnótico de mayor enfado en el cónyuge que no puede dormir. Y este último es capaz de montar otro numerito a las tres de la mañana a su respectivo porque “es que sigo despierto y sin poder dormir”. Ahora ya, la bronca es “de madrugá”, que dirían en Sevilla. Vamos, que al día siguiente sigues enfadado, cansado, ya casi ni sabes por qué y tienes que rebobinar. En definitiva, toda una pérdida de tiempo.

    “Me enfadé, no comí: dos males para mí”, dice el refrán. Absurdo, pero cierto. Que conste que no todos los refranes son ciertos. Pero eso de enfadarse y perder el apetito o pasarte una tarde de paseo sin dirigirte la palabra es, te lo aseguro, una enorme pérdida de tiempo y energía. Mucho más si esto se da en vacaciones.

    2 Consejos para no discutir

    Evitar la discusión

    Para ser sinceros, no es fácil evitar las discusiones. Sacar la mala uva que ves que te sube por la tráquea hasta la lengua puede suponer tener que darte una vuelta a la manzana, contar hasta mil, ponerte una nariz de payaso (funciona y son muy baratas en Internet) o tomarte una tila triple. Bromas aparte, opta por cualquier cosa que genere tomar distancia y relativizar el asunto. Intenta respirar profunda y sosegadamente, haciendo silencio interior y verás que es toda una experiencia pacificadora.

    Además, recuerdo eso decían mis dos abuelas: dos no discuten si uno no quiere. Y lo cumplían a rajatabla. Para eso eran las “amonas”, que se dice en vasco. Ambas eran guipuzcoanas y de caserío. No fueron apenas al colegio pero eran, además de creyentes, buenas abuelas y muy listas. Claro que ambas se tuvieron que sacar las castañas del fuego tras fallecer sus esposos y eso sí que es sacarse la carrera y veinte másteres del universo. El recuerdo que tengo de ellas (no pude conocer a mis abuelos) es maravilloso. Cada una era diferente en carácter, genio y tamaño. Pero las dos eran, básicamente, buenas personas, generosas y entregadas a su familia. Y no discutían ni permitían que se discutiese en su presencia.

    Practica el “PePe”

    Te aseguro que esta es una posible salida, muy conveniente, cuando la discusión ya ha tenido lugar. Es muy simple y yo la llamo “efectuar un PP”. ¿Y, sabes en qué consiste? En algo tan sencillo pero tan difícil, a la vez, como PEDIR PERDÓN.

    Como sabes, una costumbre muy adecuada y que, en mi caso nada tiene que ver con tema político. Aunque ya de paso diré que, pedir perdón, si se me permite decirlo, tanto al a los compañeros, amigos o al contrario, incluso al electorado, vendría muy bien a muchos políticos militen en el partido en el que militen.

    Y, volviendo al tema del perdón, cuanto antes se pida perdón… mucho mejor.

    La importancia de pedir perdón. Cómo hacerlo

    Pedir perdón es bueno porque implica todo un proceso de círculo virtuoso. Es decir, ese que cuanto más lo practicas más y mejor lo aprovechas.

    1. En primer lugar, para pedir perdón hay que hacer EXAMEN DE CONCIENCIA: a ver si resulta que veo la paja en el ojo ajeno y no veo la viga en el propio.
    2. Esto implica movilizar la HUMILDAD. Agachar las orejas, mandar la soberbia a paseo. ¿Cuesta? Pues sí. Si no costara la humildad no sería una virtud.
    3. Implica mandar el RENCOR a paseo. ¡Qué feo es el rencor! Cuanta energía consumida en balde y todo por no dar nuestra patita a torcer, aunque solo sea un poco.
    4. Supone ACEPTAR al otro con sus defectos y eso es RENUNCIAR a UNO MISMO.
    5. Fortalece la PACIENCIA que supone fortaleza, aguante y temple. Porque, cuando, tras el proceso anterior, te diriges contrito a tu cónyuge… puede resultar, (¡oh, sorpresa!), que el otro necesita “su espacio”. Y sigue, erre que erre, empecinado en no perdonarse ni perdonarte. Necesita SU tiempo. Yo, mí, me, conmigo… ¡qué pérdida de tiempo! Si sigues centrado en ti, mal asunto. Descéntrate y pon la vista en el otro. Eso es AMOR. Y es una decisión, no un sentimiento.
    6. Y así, punto a punto, llegamos al AACB (hoy me ha dado por las siglas, como estás viendo). O lo que es lo mismo: Abrazo Achuchante Con Beso  y a la felicidad desbordante. ¿O no?

    Antes de despedirnos, te resumo brevemente el proceso Pedir Perdón:

    ✓ Examen de conciencia

    ✓ Humildad

    ✓ El Rencor y la soberbia a hacer gárgaras. No les doy espacio.

    ✓ Aceptación de uno mismo y del otro + Renuncia a uno mismo.

    ✓ Paciencia = Fortaleza + Aguante + Temple (nervios de acero)

    ✓ Abrazo Achuchante de reconciliación Con Beso.

    El sumatorio es igual a FELICIDAD con una condición: mañana, pasado, en el futuro inmediato o a más largo plazo nunca más vuelvas a remover el pasado.

    Pues nada, mis tiernos tortolitos, recién casados o ya buitres leonados, si seguís este pequeño ritual seréis más felices, discutiréis menos y veréis la vida de otro color.

    Por cierto si, como yo, alguno es creyente, ya sabe que se lo puede ofrecer a Dios, que se va a poner muy, muy contento. Y si necesitas pasar por el confesonario (si no sabes lo que es me lo preguntas y ya verás qué bien) le haces una visita y sales como un bebé limpito y feliz.

    Y, si ves que las discusiones están formando parte de tu vida, quieres cambiar esta incómoda situación y crees que ha llegado el momento de recibir ayuda, no dudes en contactar conmigo. Prometo ayudarte a recuperar esa paz tan necesaria tanto a nivel personal como familiar y de pareja. ¡Vamos a por ello!

  • ¿Habrá sillas en el Cielo?

    ¿Habrá sillas en el Cielo?

    Hoy, no he tenido ninguna duda de que tenía que tratar aquí un tema que “preocupa” particularmente a una de mis nietas. En concreto a la que tiene 4 años.

    La cosa empezó cuando la criatura, de camino al colegio, me preguntó que si el tío y la abuela morían, a donde se iban (si es que se iban a alguna parte).

    Tener reflexiones sobre la muerte y qué hay después con una niña de esa edad no es tarea fácil. Así que, simplemente, le contesté que cuando se murieran, irían al Cielo.

    A continuación, le pregunté si sabía lo que era el Cielo. ¡Pobre de mí! Me dio una gran lección de Teología ya que lo resumió así: allí están Jesús y la Virgen María y se está muy bien.

    Yo asentí y le dije que sí, que allí seríamos completamente felices y para siempre y que además íbamos a estar siempre en primera fila pasándonoslo genial. Ahí la lié. Lo de las sillas y la primera fila supuso la siguiente pregunta: “Lolo, sí, ya sé que en el Cielo se está súper bien pero para estar en primera fila ¿habrá sillas suficientes?”

    Me dejó descolocado, la verdad. Pero, rápidamente reaccioné. Y le aclaré que, por supuesto, allí hay sillas siempre. Y, cuando llega más gente de lo habitual, suben y ponen más sillas, siempre en primera fila. Hasta el infinito y más allá. Gracias a Dios a su edad no entramos en disquisiciones científicas sobre la finitud o infinitud del número de sillas a colocar y se quedó tranquila.

    Algunas reflexiones sobre la muerte

    Viene esta reflexión al caso porque llevo una racha totalmente contraria al de aquella película titulada “Cuatro bodas y un funeral”. Porque, un servidor ha entrado en la etapa de cuatro funerales y una boda. Lo que, además, es rigurosamente cierto.

    La muerte está siempre ahí y querámoslo o no todos vamos a pasar por ella antes o después. Lo que ocurre es que cuando te pilla desprevenido, y a contrapié, corres el riesgo de rebotarte o enfadarte con Dios. Precisamente, es lo que le pasó a una conocida que me lo soltó en el último funeral al que asistí: “dile a ese Dios tuyo que se busque un aplazamiento”.

    Así que entre el aplazamiento y la cuestión de las sillas del Cielo, me gustaría dedicar unas líneas a reflexionar sobre la muerte y lo que hay después.

    La perspectiva de que terminar en un crematorio con las cenizas colocadas en diferentes agujeros del monte sirviendo de abono a la semilla de un roble que crezca encima no me atrae demasiado, la verdad. Y la horterada de “abuelito, siempre estarás en nuestro recuerdo y permanecerás vivo en nosotros” tampoco.

    Primero porque no me hace ni puñetera gracia que el perro de turno orine en el arbolito de las cenizas del abuelo. Y segundo, porque la vida de un roble me parece muy útil para el cobijo del sol y el alimento de los puercos. Pero, la verdad, terminar así me da un poco de yuyu, sinceramente.

    Si a eso le añadimos aquello del muerto al hoyo y el vivo al bollo, ya te digo yo que lo del recuerdo es una muy buena intención de partida que se queda en eso, en una intención siempre incumplida. Porque, a medida que los vivos pasan al estado de cadáver, enterrado o incinerado, la lista acaba siendo interminable. Y, en el mejor de los casos, si eres creyente, como es mi caso, acabas rezando y pidiendo por los difuntos de toda la familia. Porque enumerarlos uno a uno es ya misión imposible.

    Bajo tierra en un ataúd o en una urna terminamos todo. El asunto es si todo termina aquí o no. Como diría Shakespeare, “esa es la cuestión”.

    La edad importa. Y el “para qué”, también

    Ya hay quien nos ha mostrado el camino de la muerte y de lo que hay después. Y se nos olvida que Él, Jesús, de motu propio, obediente a Su Padre, se hizo hombre, asumió nuestra condición humana (en todo menos en el pecado) y se subió al madero de la Cruz voluntariamente, sufriendo el peor de los suplicios y muerte imaginadas en aquel momento. Humillación, muerte, salivazos, flagelación, golpes, insultos. Todo ello a los 33 años, con tan sólo 3 de vida independiente al margen de sus padres, María y José.

    Lo de la edad es importante. De hecho, el último fallecido, entre mis conocidos y familiares, estaba en los 60. El primero, apenas pasaba de los 50. “Es que es injusto”, me decía uno. “Estaba en lo mejor de la vida”, me decía otro. Y, sí, ciertamente, estaban en lo mejor de la vida. Ahora, lo de justo o injusto es harina de otro costal.

    A nadie se le puede obligar a creer. Pero, Cristo, Jesús de Nazaret, resucitó de entre los muertos. Y esto, lo cambia todo.

    Como dice José Mota “pero, y si sí…”

    Si tú que lees esto no eres creyente, ¡qué le vamos a hacer!. Ahora, quizá si investigas un poco, lees otro poco, buscas ayuda, abres tu mente y tu corazón y pasas por una lavadora llamada confesonario puede ser que encuentres una cosa que es muy importante y es el “para qué”. No el por qué, sino el PARA qué. Es decir, si estás en esta tierra es PARA algo, no para pasar el rato. Por eso la referencia a la edad es importante.

    La muerte de una persona joven, pongamos a partir de los cuarenta, nos causa estupor, horror, pavor, pon el adjetivo más truculento que se te ocurra. Pero ¡oye! Es que Cristo murió en la Cruz, como un criminal, a los 33 añitos y debía ser un tipo con muy buena percha y con más de un metro ochenta.

    A veces me asalta la duda de que no sé yo si los fariseos pidieron a Pilato que lo matara sólo por declararse Hijo de Dios o porque estaban muertos de envidia hacia aquel joven. Porque me da a mí que debían de ser todos más bien poquita cosa, tipo Zaqueo, el que se subió a una higuera para poderlo ver. Y se les antojaba que aquel tiarron bien plantado, con un pico de oro, y una mirada de las de quitar el hipo, se llevaba a la gente de calle. Un líder como no ha habido otro. Y claro, les quitaba al personal y encima les recriminaba su fariseísmo. Es decir, su hipocresía.

    Unas cuantas preguntas existenciales y una reflexión más

    Y así llegamos a la muerte y al “es que me he enfadado con ese Dios”. ¡Ah!

    ¿Y qué Dios querías?

    ¿Uno a la medida de tu fariseísmo, de esa hipocresía que todos, en mayor o menos medida, tenemos?

    ¿Acaso querías un Dios hecho a tu medida o a la mía?

    Poca cosa para ser Dios, ¿no te parece?

    Lo curioso es que “ese” Dios nos crea. Además, nos hace libres para elegir el bien o el mal. Y, por último, muere en la Cruz en la flor de la vida. A los 33 años. Todo un éxito de vida, vamos.

    ¿Te animas? Me refiero a morir en la Cruz. Luego viene lo de resucitar, desde luego. Y lo de vencer a la muerte y lo de la muerte no es el final. Pero, primero, muere. ¡Y de qué manera!

    Pero es que, además de nacer en un establo, de vivir treinta años haciendo muebles, no se le ocurre otra cosa más que hacer el bien en sus tres años de vida pública. Alimentando a quienes le siguen, curando enfermos, resucitando muertos, como su amigo Lázaro o la hija de un centurión romano, que era enemigo declarado del pueblo. Además, curó a la suegra de su amigo Pedro, que ya tiene miga la cosa… a la suegra nada menos.

    En definitiva, de dedicó a amar a amigos y enemigos, salvar prostitutas y perdonar a todos. Y ya, como la guinda del pastel, a un ladrón y criminal que sólo le dice “acuérdate de mí cuando estés en Tu reino”, lo pasaporta de la Cruz al Cielo en un santiamén. Y como quien no quiere la cosa, desde la Cruz perdona a todos los que le han crucificado señalándonos el Camino: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”.

    Tenemos una función: hacer el bien

    Así que sí, tenemos un programa de vida claramente definido. No sabemos cuándo ni cómo nos sobrevendrá la muerte pero sabemos que estamos aquí para hacer el bien. Pero, no sólo para desear hacer, eso es teoría. Sino para hacer el bien, para amar, perdonar, ayudar a todo aquel con quien nos encontremos, sonreír y dejar este mundo siendo un lugar un poco mejor que como nos lo encontramos.

    Y si tú, como mi nieta, se pregunta si habrá sillas suficientes en el Cielo, te aseguro (más bien, te garantizo) que sí. Que  siempre hay sillas, comodísimas, todas en primera fila, porque allí no hay filas traseras ni desde las que no se vea bien el escenario.

    Ánimo con tu vida, reza un Padre Nuestro, un Ave María y un Gloria bien rezados por este coach pecador. Cronometrado son exactamente treinta y cuatro segundos, y poco a poco, como quien no quiere la cosa, a medida que vayas rezando esos 34 segundos, tu vida va a cambiar.

    Y porque lo diga yo, es que te lo garantiza “ese” Jesús que se subió a la Cruz Él solito, obedeciendo, y pudiendo habernos reducido a todos a la nada absoluta. Él, que era Dios, se hizo igual en todo a nosotros menos en el pecado. ¡Que Dios te bendiga!, querida amiga o amigo que me has leído.

    Por supuesto, recuerda que aquí estoy para escucharte y ayudarte, si tú o alguien que conozcas necesita un acompañamiento para afrontar o salir de una situación complicada.

  • La muerte no es el final. La enfermedad, tampoco

    La muerte no es el final. La enfermedad, tampoco

    Lo bueno de ir cumpliendo años es que vas aprendiendo a superar dificultades y a afrontarla pese a los golpes que nos va dando por el camino. Al mismo tiempo, también vas viendo cómo se pasa, o mejor, cómo se va, la vida. Y, por desgracia, también los amigos y familiares más cercanos y queridos.

    Ante la enfermedad, lo “bueno” es que, cuando la superas, eres más fuerte. Y, si estás vivo para contarlo, como es mi caso, eres mucho más fuerte que antes.

    Un poco de todo esto me ha pasado en los últimos once meses, que se dice pronto. Lo bueno, insisto, es que ya han pasado.

    • Y, ¿cómo se resumiría mi “annus crucis” particular?Reforma en mi casa que se alarga por casi seis meses (la obra se culminó cuando alcanzamos velocidad de crucero en dos meses y medio). Viviendo fuera de casa gracias a la ineptitud de un supuesto “coordinador” de gremios. Los hay muy buenos. Pero, a mí me tocó la perla negra. Disgustos, discusiones y estrés.
    • En seis meses, la muerte de tres personas muy, muy queridas. Una mayor y las otras dos jóvenes, por debajo de los sesenta. Entre ellos mi hermano menor (53 años) y segundo hermano que pierdo. La última persona fallecida la madre de uno de mis yernos, que ya son hijos, con 58.
    • Una situación de cambio sectorial. Como muchos sabéis, además de mi faceta como coach, trabajo en el ámbito de la automociónon. Un sector en el que no para de haber todo tipo de cambios y que me han terminado afectando debido al estrés.

    El resultado de todo esto: ansiedad y depresión por estrés. Porque, como dice mi médico de familia, cuando el vaso está vacío todas estas cosas son gotas y no pasa casi nada. El problema es que cuando el vaso lo tienes lleno, y cualquier gota que caiga desborda el vaso.

    Cómo superar dificultades siendo coach

    Muchas personas siguen pensando que coach es un triunfador que se dedica a vivir en “happyland”. Y a resolver, como por arte de magia, todo tipo de problemas de salud, autoestima y obesidad, con una sonrisa de oreja a oreja. Además de impartir conferencias divertidas cobrando un pastón por ello. Si tú también lo crees… siento desilusionarle.

    Muchas veces, también el coach se ve necesitado de ese acompañamiento que hace a quien ayuda a través de su Coaching.

    Cuando eres Coach, cuando haces acompañamiento y te sientes interpelado por la persona a la que acompañas (en este caso tú mismo), te ves en la situación de tener que superar frenos, limitaciones y el miedo irracional que te deja paralizado. En mi caso, la escritura ha sido parte de esa “terapia” para salir a flote de nuevo.

    Obviamente, cuando escribes por “prescripción”, intentando que la escritura se convierta en una suerte de terapia de vaciado interior el resultado puede ser personal y de lo más variopinto. En mi caso ha supuesto tres consecuencias, cinco conclusiones y tres aprendizajes.

    Te los resumo todos ellos a continuación.

    Las 3 consecuencias y 5 conclusiones de mi bloqueo

    1ª Consecuencia – Nudo en el estómago

    ¡Sí! Aunque parezca extraño en alguien acostumbrado a escribir y hablar en público. La verdad es que, desde mi último post en este blog de Coaching han pasado seis meses sin escribir una sola línea. Y no es porque no quisiera. El motivo es porque al sentarme ante el ordenador y la página en blanco no había sentido jamás el nudo estomacal que ahora mismo tengo.

    2ª Consecuencia – Procrastinar “sine die”

    Este artículo comencé a escribirlo hace quince días. Es decir, quince días posponiendo, postergando, procrastinando. ¿Por qué? No lo sé. Sólo puedo decir que he tenido que hacer un esfuerzo soberano para volver a escribir.

    3ª Consecuencia – Palo (sin zanahoria)

    He necesitado de un sargento chusquero, al más puro estilo hollywoodense (no revelaré ni su nombre, ni su género, ni su procedencia), que me ha pegado tal pescozón que reconozco que ya no sé si me daba más miedo mi depresión o sus amenazas. Pero, la realidad es que… ¡ha surtido su efecto!

    Y, como conclusión. O, mejor, conclusiones de todo esto, te dejo estas cinco:

    Si estás fatal busca ayuda. Aquí la palabra clave es busca.

    Encuentra. Lo normal cuando buscas es que encuentres. Y, si buscas bien, encontrarás a alguien que, de verdad, se interese por ti. Si estás casado comienza encontrando de nuevo a tu cónyuge.

    Haz caso. Ser humilde cuesta mucho. A mí, desde luego. Pero es imprescindible. Te comes el orgullo y te aguantas.

    Actúa. Cuando eres humilde y obedeces pasarás a la acción.

    Libérate. Te aseguro que, al pasar a la acción (aunque no te lo creas) comienzas a liberarte y a sentirte mejor.

    Cómo ver la luz al final del túnel

    Me gustaría finalizar este artículo con un mensaje lleno de positividad. Porque sí. Sin duda, y pese a todos los imprevistos y sinsabores que nos asaltan a lo largo de la vida, es más que posible superar las dificultades y ver la luz al final del túnel.

    Así que, aquí van mis conclusiones a todo lo vivido en primera persona y las enseñanzas que todo esto me ha dejado

    Nunca te culpabilices

    Por supuesto, no se trata de escurrir el bulto ni de ser un irresponsable. Sino más bien de que, cuando uno no está bien, cuando pasas por un mal momento o unos cuantos malos ratos (que pueden durar meses o años) seas consciente de que esto depende de cada persona y de quien le acompaña. Ten presente que no estás bien anímica y psicológicamente. Y eso, no es tu culpa.

    Persiste

    Sé consciente de que vas a tener recaídas y ganas de mandarlo todo a espigar. Intenta no acercarte mucho al sofá. Para evitar la tentación de caer en la inacción y en la apatía.

    Sal de ti mismo

    Busca a quien tengas a mano y, de verdad, te quiera. Puede ser que necesites un profesional (psicólogo,. psiquiatra). Ábrete. Dile a ese amigo la verdad: no estoy bien, no me siento bien, ayúdame. Esa persona de confianza pueden ser un familiar, un buen coach, acompañante, guía, mentor, director espiritual, grupo de amigos, veteranos de la mili… lo que sea. Pero, sal-de-ti-mis-mo. También, sal a la calle. Habrá días que no apetecerá nada. ¡No importa! Te aguantas. Y, si ves que las fuerzas te fallan y no vas a poder, pides que te obliguen a salir.

    Estás vivo

    ¡Y ese es el mayor regalo! Así que, ya ves. Puedes estar deprimido pero no abatido. Enfermo sí, pero no muerto. Vivo y bien vivo. Además, mientras vivas tienes (tenemos) la obligación de hacer el bien. No lo olvides y será un empujón más para superar las dificultades del día a día.

    Por lo tanto, la muerte no es el final y mucho menos la enfermedad.

    Si uno muere en Paz y Gracia de Dios, te aseguro (porque lo he visto de primera mano) que por muy temprana o tardía que sea la coherencia vital, aunque uno viva en babia toda su vida, cualquier momento es bueno para comenzar a merecer, que decía San Ignacio de Loyola. Y aunque parezca un contrasentido, te mueres respirando fenomenal. He sido testigo.

    Pero, como de vivir se trata, vive con intensidad con pasión, amando inmensamente. Y recuerda: si has llegado hasta aquí eres más fuerte.

    Por supuesto, ya sabes que aquí me tienes. Si crees que puedo ayudarte a través de mi Coaching de acompañamiento basado en los valores cristianos, estoy aquí para echarte una mano a superar dificultades. Y en esto sí que te lo aseguro: la experiencia es un grado.

  • Coaching. Acompañamiento. Entretenimiento. ¿Aclaramos conceptos?

    Coaching. Acompañamiento. Entretenimiento. ¿Aclaramos conceptos?

    Hay una palabra que me acompaña desde que tomé la iniciativa de formarme en esto del Coaching. Un término sencillo y simple pero que para mí le aporta todo el sentido y valor a esta labor de coach que tanto me gusta y me llena: el acompañamiento.

    Hace unos días, leyendo precisamente El Diario Vasco, soy guipuzcoano y quería saber qué había hecho la Real en su último partido, me topo con este artículo: “La industria de la motivación” (DV, domingo, 23 de octubre de 2022). Confieso que me picó la curiosidad, me lo he leí del tirón y fue una fuente de inspiración, o algunas ideas, han surgido, para este tema que voy a tratar hoy.

    En el artículo hablaba su autor de como“la pandemia, la incertidumbre y la necesidad de los ciudadanos de potenciar áreas personales como el liderazgo y el bienestar han provocado un auge nacional del Coaching. Algunos de sus rostros son estrellas que reúnen más de un millar de personas en sus eventos”. Con otro subtítulo muy sugerente: “El “boom” del sector lleva a los expertos a advertir de que no basta con haber sufrido un duro revés en tu vida y recuperarte para servir de guía a los demás”.

    Complicado asunto: servir de guía a los demás.

    Volvemos al gurú, al guía, al mesías. Como Mesías sólo ha habido uno, porque el resto son falsos, sólo me quedo con la figura del gurú o la del guía. Y en esto, el Mesías, que para eso lo era, ya nos advirtió: cuando un ciego guía a otro ciego, uno al menos va a caer en el agujero.

    Veamos lo que dice la gran maestra de la palabra en español, la Real Academia Española en su Diccionario panhispánico de dudas a propósito del gurú: en el hinduismo, ‘maestro espiritual o jefe religioso’ y, en general, ‘persona a quien se reconoce como maestro o guía en un ámbito determinado’. Procedente del hindi, ha pasado a nuestra lengua a través del inglés o del francés”.

    La cosa es que volvemos a confundirnos.

    Está muy bien entretener, ser divertido, largar una charla entretejida de anécdotas durante 45 minutos y cobrar a precio de oro. Pero, te pregunto… ¿de verdad necesitas para vivir una vida más plena y con sentido pasar por unas brasas ardiendo? ¿Necesitas tirarte en paracaídas para sentirte invencible? Y, sobre todo, una vez que ya hemos escuchado, ¿con qué nos quedamos? ¿Qué llevamos a la práctica? ¿Quién nos acompaña? ¿Qué descubrimos en nosotros mismos para ser mejores, más felices y hacer más felices a quienes nos rodean? ¿Con quién compartimos una conversación que nos haga pensar, interiorizar, descubrir y que nos rete a poner en práctica aquello que hemos descubierto? ¿Quién nos acompaña en este viaje desde donde estamos ahora hacia dónde queremos estar?

    Más allá de la motivación. La necesidad de ir acompañados

    Respecto a esto último, que acabo de mencionar, va lo que es el Coaching y el acompañamiento. Lo otro está muy bien como entretenimiento en un congreso. De hecho, hace poco tuve la oportunidad de participar en uno de ellos como ponente y, poco antes de mi intervención intervino un extraordinario mago cuya actuación se titulaba: “charla motivacional”. La intervención del mago y sus alusiones motivacionales entre truco y truco lograron arrancar muchos aplausos, entre ellos los míos. Porque, la verdad, era muy bueno.   

    Que conste que hay conferenciantes y motivadores extraordinarios. Los hay que son maestros. Personas que no son sólo motivadores al uso sino verdaderos referentes. Que piensan, escriben, transmiten, divulgan y hacen pensar. Pero, una vez escuchada la conferencia, tras leer sus libros es preciso poner en práctica sus consejos. Y, sobre todo, descubrir en nosotros mismos los valores que nos van a llevar a las virtudes. ¡Ellas sí, harán que nuestra vida sea más plena y más feliz!

    Después de la conferencia viene aquella frase que, pronunció en voz alta, un asistente a una de las charlas motivacionales que escuché en un congreso: “ahora va a hablar Fulanito; a ver cuánto nos dura”. Y es que escuchar a un motivador es bueno, pero no es Coaching. Mucho menos, acompañamiento. De la misma manera que escuchar un buen sermón en una Misa no te hace mejor católico. Es necesario, pero no suficiente.

    Tras la Misa, el sermón o la charla hay que rezar, que pensar, y que actuar. Pasa lo mismo con un buen taller, con un buen libro o un buen curso. Después, o practicas lo aprendido o se olvida. Y aquí está el quid de la cuestión.

    Coaching y acompañamiento. El tándem perfecto

    Para practicar lo aprendido o para aprender aprendiendo viene bien hacer examen de conciencia y tener propósito de la enmienda. Por supuesto, siendo muy sincero y claro. Pero resulta imprescindible que alguien nos acompañe.

    Y el buen coach hace justamente eso: acompañar. No tanto guiar sino hacer que la persona acompañada encuentre en su interior aquellos resortes que le van a plenificar. Salvando aquellas carencias que, de continuar en soledad, sin “ese” adecuado acompañamiento no va a poder superar. Y el acompañamiento personal es algo más que hacer Coaching.

    Porque, siendo importante, el Coaching, si lo limitamos a conseguir que la persona se centre en adquirir unas determinadas habilidades o supere tal o cual meta (la que sea) no va a hacer que la persona sea más plena y por lo tanto más feliz.

    Para alcanzar la felicidad, tanto en momentos puntuales como, sobre todo, estructuralmente, es decir, duradera en el tiempo, no sólo hemos de superar metas. Hemos de alcanzar cimas personales además de ser capaces de superar nuestras propias barreras teniendo presente que somos seres relacionales, seres humanos en relación con otras personas.

    Y es aquí en donde la perspectiva cambia radicalmente.

    Si tengo como meta tener una economía personal saneada y lo consigo con el acompañamiento de un coach, fantástico. O lo que quiero superar el miedo a volar y lo consigo volando en un avión y lanzándome en paracaídas, fabuloso también. Si quiero triunfar en los negocios y consigo alcanzar o reforzar mi capacidad de comunicación y liderazgo en la empresa y lo logro, pues genial. Metas conseguidas. ¿Y?

    Una pregunta incómoda. ¿Y?

    El interrogante “¿y?” nos lleva al cuestionamiento.

    Ya tengo dinero, soy capaz de volar sin sentir ansiedad anticipada y, además, soy el líder de mi equipo en la empresa. Como añadido, tengo reconocimiento y estatus social. Si esto lo he conseguido con un buen coach que me ha acompañado estaremos de acuerdo en que el coach  es bueno. Pero la pregunta, ¿y?, ¿y ahora qué? … sigue ahí.

    Porque la cuestión para ponerla en la perspectiva de un verdadero acompañamiento, como muy bien enseña Xosé Manuel Domínguez Prieto, va más allá del desarrollo del deseo de la persona y va a buscar el para qué. Y es que sólo respondiendo a ese “para qué” personal, seremos capaces de soportar cualquier cómo, según decía Viktor Frankl.

    El éxito individual, el éxito que se pregona desde el “tú puedes!”,  el  “todo lo tienes dentro de ti”, o “saca lo que llevas dentro”, sin un fin vital, sin un sentido vital, sin ese para qué realmente interiorizado, se nos va a caer como un castillo de naipes en cuanto llegue un pequeño tropiezo. Sin ir más lejos, por ejemplo, la entrada en la jubilación, la enfermedad, un revés económico o el atisbo de la muerte.

    Por eso, la “industria” de la motivación sirve más bien de poco, por no decir que de nada. Escuchar a un buen motivador es otra cosa. Seguirlo, leer sus libros, implica dar otro paso más allá. Mantener sesiones de Coaching con un buen coach para superar o alcanzar una meta u objetivo individual significa otro paso más. Pero… siendo todos ellos necesarios no son suficientes.

    El acompañamiento y el sentido vital

    Descubrir el sentido vital, el “para qué” de la vida de la persona en relación con las demás que le rodean. Ser capaces de superar nuestros miedos y barreras. Alcanzar metas, dotando a esos retos de un sentido participativo, donativo, de entrega, de relación con, de ser mejor yo y hacer mejor a quien tengo cerca… Eso, es de otro nivel.

    Cuando encuentras ese “para qué” estoy aquí, qué quiere Dios de mí, o, al menos, qué y cómo quiero trascender y qué quiero dejar como legado, cómo quiero que se me recuerde, respondiendo al qué se espera de mí, haciendo fructificar los talentos que tengo,  poniéndolos al servicio de las personas que me rodean y de la sociedad, ese es el nivel que se puede alcanzar mediante el acompañamiento integral.

    Y este afecta, ahora sí, no tanto a la consecución de un deseo individual concreto sino a la totalidad de la persona. Ese es el nivel que alcanzan los sabios y, desde luego, los santos. Te aseguro que no es fácil, pero sí posible.

    Me despido recordándote que si quieres plantearme alguna consulta sobre este tema o deseas recibir información más detallada acerca de cómo es mi Coaching basado en el Acompañamiento Personal, no dudes en contactar conmigo. Ya sabes que siempre me gusta escucharte y, por supuesto, acompañarte si tú también estás por la labor.

  • La responsabilidad empresarial. ¿Qué tiene que ver conmigo?

    La responsabilidad empresarial. ¿Qué tiene que ver conmigo?

    La responsabilidad empresarial y en el trabajo es tan importante como la responsabilidad entendida y vivida a nivel personal y familiar.

    A este respecto, el diccionario señala que responsable, empresarialmente hablando, es la “persona que tiene a su cargo la dirección y vigilancia del trabajo en fábricas, establecimientos, oficinas, inmuebles, etc.”. Porque, al final, si sucede un accidente en una empresa la responsabilidad recae sobre la persona encargada de la vigilancia de la salud, o de la dirección. Con nombre y apellidos, si ésta no ha ejercido diligentemente sus funciones.

    Por lo tanto, la responsabilidad no es otra cosa que darnos cuenta de que cada uno de nuestros actos tiene consecuencias. Ya sean estas positivas, negativas o, como pocas veces, neutras Y, de acuerdo con ellas, obra en conciencia asumiendo lo que toca.

    Veamos, pues, las dos características principales de la responsabilidad respecto a la persona:

    1. A cada acción personal le corresponde no tanto una reacción sino una consecuencia.
    2. Cada uno es responsable de sus actos y de sus consecuencias. Y responde de ellos.

    Una persona es responsable, cuando pone atención en lo que hace o decide.

    La empresa, como conjunto de personas que trabajan en equipo (o debieran hacerlo) tiene también una responsabilidad derivada de las personas que la componen. Además de una responsabilidad como organización. En relación a los productos o servicios que pone en el mercado, de las relaciones con los proveedores e instituciones públicas y privadas con las que se relaciona y con la sociedad en su conjunto.

    La importancia de la responsabilidad empresarial

    Como sabemos, la empresa responde ante la sociedad, clientes y proveedores, sus propios empleados, socios y accionistas. Y de ese “responder” será consciente de que sus actos generarán aceptación o rechazo social. Por ejemplo, no se trata sólo de colocar un yogur de calidad en el supermercado o una serie que atraiga en una plataforma televisiva, sino de responder ante los valores que públicamente promueve la empresa.

    Si cuando la empresa, en un maravilloso cuadro enmarcado, pone en letras de oro su Misión, Visión y Valores pero esa misión, esa visión y esos valores son únicamente letras en un cuadro… mal vamos.

    Pero peor es que la Misión, Visión y Valores conlleven, por ejemplo, la corrupción moral de niños y jóvenes. Y algún ejemplo cercano tenemos en estos últimos años. No hay más que ver cómo algunas plataformas televisivas se dedican, con empeño, a mostrar lo que de malo puede tener el ser humano (violencia desmedida y cosificación de la persona mediante la hipersexualización de la persona. O, mediante la confusión, que el “bueno de la peli” es el malo de cualquier película clásica). Y, lo que es peor, a “adoctrinar” a los niños en determinadas ideologías que tienen mucho que ver con la conculcación de la más elemental Ley Natural.

    La empresa responde ante una sociedad. Y esta sociedad responde a la empresa con la adquisición o no de sus productos o servicios. Por lo tanto, si la empresa se dedica a favorecer determinados tipos de hábitos o a posicionarse ante cuestiones políticamente correctas pero claramente inmorales, la sociedad (en su derecho) puede tratar de boicotear la adquisición de los productos o servicios de esa empresa.

    En sentido contrario, si la empresa actúa de una manera neutra ante determinados valores pero con buenos productos. O, mejor aún, si junto a buenos productos actúa, además, con criterios éticamente válidos y con coherencia interna, la sociedad normalmente lo verá, valorará de manera positiva. Y adquirirá los bienes o servicios de dicha empresa.

    En definitiva, la responsabilidad empresarial, social y corporativa no es sólo un “quedar bien” ante determinadas corrientes de opinión. Sino un actuar con criterios éticos, “virtuosos”, morales, tanto ante la sociedad como ante los clientes y los propios empleados o trabajadores de la compañía.

    El papel de la gerencia. ¿Cuál es su responsabilidad?

    Como verás, aquí la palabra “gerencia” está utilizada a propósito. Prefiero hablar de Director, Gerencia o Consejero Delegado. En definitiva, de la persona en quien recae la responsabilidad última de la toma de decisiones. Aunque, luego, esta persona deba dar cuenta de sus acciones a un Comité Ejecutivo, a un Consejo de Administración o a una Junta de Socios o accionistas.

    La responsabilidad de la dirección es evidente.

    Hasta tal punto que, a nivel de responsabilidades, incluso penales, se habla de la “debida diligencia”. En definitiva, la dirección tiene una responsabilidad sobre el resultado de la empresa (cuenta de resultados) y su patrimonio (balance de situación), y de ahí su responsabilidad ante socios y accionistas.

    De esta responsabilidad, de este “tener que dar cuentas” de su gestión, se derivan todas las demás. Para ello, lo primero que debe considerar un directivo, sobre todo si está al frente del negocio, es qué ética tiene.

    Y es que la Ética es al directivo lo que el olfato de gol al delantero de un equipo de fútbol. Se tiene o no se tiene. El problema es que si el delantero no mete goles se le sustituye por otro hasta encontrar al que los meta. La cuestión de la falta de olfato ante la ética es más difícil de solucionar.

    En primer lugar, porque la ética, la moralidad de las acciones, las virtudes, o la falta de ellas terminan alentando o desalentando al resto del grupo que componen la empresa.

    Y, lo que es peor, puede hacer que esa falta de ética, contamine al resto de los directivos y grupos que forman la empresa. Para que cada cual termine haciendo su trabajo de la manera que pueda. Teniendo como única ambición el trepar sin reparar en los damnificados que surjan a su paso. Generando desilusión y frustración en personas con nombres y apellidos.

    Por tanto, la responsabilidad en la empresa recae en la persona que tiene a su cargo la dirección y vigilancia del trabajo en fábricas, establecimientos, oficinas, inmuebles, etc. Pero también hemos señalado que responsable es la persona que pone cuidado y atención en lo que hace o decide.Y que se puede poner mucho cuidado y atención en lo que uno decide y ser un perfecto canalla.

    De ahí, la importancia de la ética. Sobre todo, en la dirección (puedes conocer aquí como genera equipos un buen líder).

    Un buen ejemplo de responsabilidad empresarial y del trabajo

    Como hemos visto, la ética implica valores y, sobre todo, virtudes. En alguno de mis artículos anteriores ya indicamos que las virtudes son los valores puestos en práctica. Es pasar de la teoría a la práctica.

    Al respecto me contaba hace tiempo una coach de empresa la siguiente anécdota vivida en primera persona. Dicha coach fue contratada para hacer un equipo de alto rendimiento por la dirección de una empresa italiana.

    Cuando esta persona se puso a hacer bien su trabajo (recalco la palabra “bien”), comenzó hablando con los empleados, analizando sus inquietudes, viendo sus aspiraciones, calibrando el clima laboral y viendo cómo podía mejorar y hacer crecer al equipo. Estando en esta labor, recibió una llamada por parte de la dirección indicándosele que “no hace falta que profundices tanto”.

    La coach en cuestión, ante semejante toque de atención, detectó es que la dirección quería un equipo de alto rendimiento que no cuestionara ni la ética de la dirección, ni la de la empresa. La dirección no se mojaba y lo que quería es que otro hiciera el trabajo sucio de convertir al grupo en un equipo conformado por robots que no cuestionaran nada. La decisión de la coach, según su propia confesión, fue la de decirle “adiós” a la directora.

    Y es que dirigir, motivar, liderar, implica responsabilidad. ¡Claro que sí!

    Pero, por supuesto, una responsabilidad que tenga en cuenta la moralidad o inmoralidad de las decisiones. Porque responsabilidad sin moralidad es, al fin y al cabo, hacer mal tu trabajo. Y si hacer mal tu trabajo conlleva cumplir los objetivos de la empresa es, entonces la empresa quien te está contaminando a ti, a sus clientes, proveedores, socios y administradores. En definitiva, a la sociedad.

    Por otra parte, tenemos a los irresponsables “trepas”. El “trepa” deja su conciencia a un lado y trata de ascender como sea. Puede conseguirlo vendiéndola, lo que ya, de por sí, es un mal negocio. Pero, peor aún es ir dejando heridos o cadáveres a lo largo de tu trayectoria profesional para comprobar que, al final, puede ser un cadáver más.

    El trepa, por tanto, debe ser identificado, corregido y, mejor pronto que tarde, puesto en su lugar. Su actuación es nociva en todo momento.

    La responsabilidad del empleado

    La responsabilidad del empleado consiste en hacer bien su trabajo. Aquello para lo que ha sido contratado, sabiéndose miembro de un grupo, de un equipo, que tiene una tarea común que consiste en ofrecer unos productos o servicios que han de satisfacer las necesidades de los clientes.

    Como es normal, si los objetivos de la empresa, de la dirección y del empleado (tanto si tiene un mando intermedio como si se trata del más modesto miembro de la empresa), están alineados, lo lógico es que aumente el rendimiento, mejore la productividad y suba la ilusión por el trabajo bien hecho. Asumiendo cada cual su cuota de responsabilidad. Sin echar balones fuera ni delegar tareas con la excusa de la cadena de mando para quitarse un problema de encima.

    La responsabilidad del empleado redunda en la satisfacción del cliente, en la propia satisfacción del empleado. Y, por tanto, en la mejora de los resultados de la empresa.

    Todos conocemos empleados que se dejan la piel, que te atienden de maravilla y que dan “ese” paso más allá de sus obligaciones. Sin duda, son los empleados que marcan la diferencia.

    Pero, ¿qué esperan estos empleados?

    Lógicamente, tener un mínimo de reconocimiento, que no se les ningunee. Se trata no de empleados responsables sino de empleados que ponen todo su talento al servicio de una empresa.

    Aquí, entra la responsabilidad de la dirección, del mando superior, para saber, con tacto y buen oficio, reconocer a ese empleado. Para alentarle, mejorar sus condiciones laborales, darle la oportunidad de desarrollar su talento y dejarle actuar sin tener al jefe pendiente de cada uno de sus movimientos.

    Porque, recordemos que no hay nada que anule más a una persona y su creatividad que el que se sienta vigilada y controlada. Algunos directivos “irresponsables”, por desconocimiento, por miedo o por ambas cosas, son incapaces de darse cuenta de que mediante la técnica del palo y la zanahoria no van a conseguir sacar nada positivo de las personas a su cargo. Y, desde luego, serán incapaces así de retener y atraer talento a sus organizaciones.

    La responsabilidad del becario

    En mis tiempos, allá por los años ochenta, salías de la universidad, llegabas a la empresa, eras un pardillo y además… tenías que ir “aprendido” de casa. O sea, tu plan de carrera era ir sorteando obstáculos, demostrar que valías y que podías, además, enseñar.

    Para eso habías ido a un colegio-universidad de prestigio y en la empresa no había becarios. Tenía sus defectos el sistema pero también hacía personas fuertes. Era una especie de sistema de selección natural.

    En la actualidad, los pobres becarios terminan sus estudios (FP o Universidad) y tienen ya en su curriculum intercambios educativos y culturales erasmistas; una carrera, al menos; un par de “másteres del universo”; estancias en el extranjero; un dominio anglo-hispánico proverbial (por cierto, repleto de faltas de ortografía); no sé cuántos niveles de la A la Z en lenguas vernáculas de Comunidades Autónomas y unas ganas de trabajar enormes para terminar haciéndolo con salarios indignos, en muchos casos.

    ¡A alguna “Big Company” le metía yo un curso acelerado e intensivo de ética y moral a la vista de cómo estrujan a sus novatos sin el más mínimo pudor!

    Pero, por suerte, ahora tenemos becarios.

    Y el becario tiene, también, su responsabilidad. A algunos he tenido que entrevistar durante algún proceso de selección. Sólo les pido lo siguiente: cordialidad, capacidad de relacionarse con los demás, ganas de trabajar y capacidad de integrarse en un equipo. Suena simple pero… ¡casi nada!

    Y, al mismo tiempo, les señalo: “la cosa más pequeña que se te pida, la más nimia, aquella que te parezca que no tiene importancia es esencial para la empresa”.

    Porque, si en una máquina falla el engranaje más pequeño, la máquina deja de funcionar. Si, por ejemplo, la base de datos que te he encargado actualizar con la última legislación se hace con dejadez y sin cuidado, el asesor jurídico puede cometer un error garrafal. Si las llamadas o atención a un cliente se hacen de mala gana, aunque la haya contestado el becario recién llegado, es la imagen de la empresa la que sufre. Así “ad infinitum” podríamos seguir poniendo ejemplos.

    Por eso es importante que quien llega a la empresa, aunque sólo sea para un período de tres meses y 300 horas, sea bien acogido y se le haga ver la importancia de su labor. Ni mucho menos, se trata de asustar. Sino de generar empatía y compromiso con la organización a la que se incorpora.

    Al mismo tiempo, quien sea su tutor de prácticas debe también permitir ciertos fallos y corregirlos rápidamente. Pero siempre, siempre, con amabilidad. De esta manera los becarios aprenden al mismo tiempo que se hacen más y más responsables.  

    La responsabilidad del equipo

    Y así, construyendo sobre los cimientos de cada persona, vamos construyendo un equipo.

    Primero uno, luego otro. Y, a medida que la empresa crece, más y más equipos. Cada equipo necesita un líder responsable que se comunique con los lideres del resto de equipos en relación con sus funciones.

    El líder puede hacer un equipo pero el equipo va a hacer al líder. Humildad, paciencia, fortaleza, sentido de la justicia, prudencia, ecuanimidad, ser capaz de ser el primero en saltar al ruedo. Y mucha comunicación transparente, seria, rigurosa y leal, harán que tu equipo te siga.

    Y, así, pasaremos a ver que el equipo tiene sus responsabilidades. Que el equipo debe dar cuentas. Además, que el líder, como el buen militar, es el primero en defender y proteger a su equipo y éste a su líder.

    No se trata de adhesiones inquebrantables sino de adhesiones libremente asumidas. Ahí radica el éxito: en la libertad que los miembros de un equipo sientan. Formo parte de un equipo pero soy y me siento libre. De esa forma, con sentido del deber y de la responsabilidad, haré mejor mi trabajo y colaboraré con el resto con honestidad.

    Finalmente, el equipo se hace responsable y asume su responsabilidad tanto de forma colectiva como individual.

    “Irresponsabilidad medida”. Qué es

    Antes de despedirme, quiero detenerme un momento junto a un concepto que acabo de acuñar durante la redacción de este artículo. Me refiero a lo que he llamado, “la irresponsabilidad medida”. Y es aquella conducta nada ética que se practica en algunas empresas, sabiendo que éticamente es reprobable, pero cuyas consecuencias son o pueden ser negativas con unos límites económicos admisibles y normalmente a medio o largo plazo”.

    ¿Quién de nosotros no ha recibido llamadas a horas intempestivas, vendiéndosenos cambios de operador de telefonía?

    ¿Alguien ha logrado no picar ante anuncios fraudulentos? Sï, esos en los que nos dicen que hemos sido agraciados con 600 euros y que sólo tenemos que contestar una encuesta para recibirlos. Pero en los que, al cabo de diez minutos de perder el tiempo, nos dicen que «gracias» y que tenemos la oportunidad de ganar esos 600 euros en un sorteo tras haber cedido todos nuestros datos personales.

    ¿Y, quién no ha tenido que tragarse la mala uva de ver cómo una empresa es incapaz de asumir su responsabilidad ante un defecto o error?

    Esto son ejemplos concretos.

    Pero, ¿a qué me refiero? ¿Es posible la existencia de la irresponsabilidad medida? Sí. Desgraciadamente es posible.

    De ahí que surjan leyes en defensa de los consumidores. La irresponsabilidad medida tiene su origen en la obsolescencia programada. Hasta el punto de que hoy en día las normas legales, en Europa, al menos, exigen que haya repuestos para bienes de consumo duradero durante un número determinado de años.

    Pero, con el tiempo,  esta inicial irresponsabilidad ha ido generando variantes más virulentas capaces de auto alimentarse y variar. Al fin y al cabo, la picaresca, que no es sólo, hispánica es tan antigua como la vida misma.

    La irresponsabilidad medida es algo así como los hinchas ultras de los fondos Norte y Sur de muchos equipos de fútbol. Están mal vistos, pero son consentidos. Hasta que cometen una falta grave o hacen algún disparate. Entonces, todos, corriendo, desde la sociedad y medios de comunicación hasta la presidencia del equipo entonan el “mea culpa”. Y, una vez confesada la culpa… ¡hasta la próxima! Pero, ojo, que esto que pasa con los equipos de fútbol puede llevarse la reputación y, de paso, a la empresa misma, a la ruina.

    No tenemos más que ver cómo algunas firmas usan y abusan de la telemática, de centralitas y del teléfono para vender sus productos. Mediante personas con salarios miserables, sometidas a un estrés indecente y que, una vez has contratado sus productos o servicios, como tengas una queja te someten a un calvario telefónico-robótico en dónde las personas, los seres humanos, han desaparecido como por arte de magia.

    Seguro que te suena alguna de estas situaciones. Compañías de telecomunicaciones, empresas bancarias y tarjetas revolving, por ejemplo, abusando del uso de centralitas telefónicas “inteligentes”. Que hacen que el consumidor pierda la paciencia.

    Sin duda, es una apuesta segura por perder clientes. Pero no olvidemos que estamos en un mundo global y que los oligopolios, por desgracia, existen.

    Así que un último mensaje para terminar: si tu empresa es “irresponsable con medida” tanto a nivel social como personal … ¡cuidado!

    Como persona vas a trabajar de forma infeliz. Y, como profesional, desarrollarás tu trabajo en una compañía que, tarde o temprano, tendrá problemas. Ah y, si eres un consumidor recuerda: si pagas, eliges.

    Soy consciente de que este tema da para mucho, si tienes dudas sobre tu responsabilidad personal o corporativa, ya sabes que puedes contar desde aquí conmigo. Estaré encantado de ayudarte a sacar lo mejor de ti, de tu equipo o de tu empresa. ¡Aquí me tienes!