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  • La responsabilidad personal. ¿Sabemos realmente qué es?

    La responsabilidad personal. ¿Sabemos realmente qué es?

    Hay una palabra que utilizamos, cada dos por tres, en nuestra vida diaria y que, en muchos casos, no utilizamos de la forma adecuada. Me refiero a la responsabilidad.

    Hasta tal punto la empleamos mal que llegamos a comprender el error de confundir irresponsable con cualquier otro calificativo (pensemos cada uno cómo denomina al prójimo cada vez que surge un contratiempo). Además, otro aspecto con el que hay que tener cuidado es en dónde ponemos el foco: en nosotros mismos o en los demás. Porque, seamos sinceros… ¡qué fácil es ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio!

    Hace poco, en una conversación entre amigos, surgió la cuestión de la responsabilidad. Rápidamente asaltaron mi mente dos preguntas:

    ¿Qué es ser responsable?

    ¿Qué es ser irresponsable?

    Y, a continuación, como derivadas de las preguntas anteriores aparecieron otras dos preguntas, casi de manera inevitable:

    ¿Quién es responsable?

    ¿Quién es irresponsable?

    Qué es “ser responsable”

    La palabra responsable proviene del latín y significa ‘que requiere respuesta’. Y, a su vez, ésta deriva también de la palabra latina responsāre, que significa ‘responder’.

    Si decimos, por ejemplo, “la rotura de la viga fue la responsable de la caída del puente”, lo que estamos diciendo es que la viga, al romperse, hizo que el puente cayera. Es decir, hay una causa: la viga se rompe. Y, como consecuencia, como respuesta, el puente se cae.

    Pero este significado se aplica también a la persona, respecto a la responsabilidad que se deriva de un acto o de unas personas. Pensemos en los hijos menores de edad, por ejemplo. Si decimos que el matrimonio formado por Carmen y Juan es un matrimonio responsable, estamos diciendo que, respecto de sus hijos, responden de ellos y por ellos.

    Esto lo vemos en la responsabilidad civil de unos padres si sus hijos, menores de edad, cometen una infracción. De dicha infracción serán responsables sus padres, que pagarán las consecuencias económicas de algo que sus hijos han hecho mal. Recuerdo unos padres que tuvieron que sufragar los daños causados en el capó de un automóvil al ponerse a jugar saltando encima del mismo. No es un chiste. Es una realidad que viví en primera persona.

    Por lo tanto, la responsabilidad implica respuesta .

    La responsabilidad y la madurez. ¿Hay relación?

    Dejando a un lado la responsabilidad jurídica, me gustaría enfocarme ahora en la respuesta que cada persona asume como consecuencia de sus actos. Si la responsabilidad implica respuesta, la madurez implica dar la respuesta adecuada a cada uno de nuestros actos. Siempre, de acuerdo con la edad y la dignidad que toda persona tiene.

    Al contrario, la irresponsabilidad implica ofrecer una respuesta inadecuada a lo que uno hace o dice. O, en ocasiones, no ofrecer ninguna respuesta. Lo que, en sí mismo, es ya una respuesta.

    Esto lo vemos en aquellas personas que eluden el compromiso de forma sistemática.

    Entra aquí en escena la segunda acepción de la Real Academia Española de la Lengua, cuando dice que la persona responsable es aquella “que pone cuidado y atención en lo que hace o decide”.

    La falta de compromiso implica falta de madurez. Y ésta conlleva, en no pocas ocasiones, eludir la propia responsabilidad de los actos realizados.

    Por ejemplo, ¿puede alguien ser irresponsable en el cuidado de los hijos o en su educación? La respuesta es: sí. Unos padres que no son capaces de poner límites, de educar en valores  y en virtudes, que dejan al colegio la total responsabilidad educativa de sus hijos actúan de manera irresponsable con respecto de éstos y de ellos mismos. Ya que ponen en peligro la felicidad de los hijos y la propia estabilidad de su matrimonio y familia.

    Pero vayamos un poco más allá.

    Si quien no es dueño de sus actos engendra hijos y los maleduca con su ejemplo dañino, se comporta de forma totalmente irresponsable. Esto lo reconoce la propia sociedad, que se dota de instrumentos o instituciones (como los servicios sociales) que pueden llegar a denunciar a la pareja o matrimonio para que la justicia quite la patria potestad de los menores a su cargo.

    Sin llegar a estos extremos, la irresponsabilidad o la falta de responsabilidad nos acecha a todos en algún momento.

    Cuando perdemos los papeles ante nuestro cónyuge, hijos, amigos, hermanos, familiares, amigos… Cuando nos dejamos llevar de la ira, con consecuencias siempre nefastas. Ira que causa heridas emocionales en la mayoría de los casos. E, incluso, físicas en algunos.

    Pensemos también en una casa con un televisor en cada habitación, en donde la comunicación es inexistente. Donde los hijos conviven a diario con el silencio de unos padres que se acomodan ante el ordenador, la televisión, la consola de juegos o cualquier otra distracción. Cuando se da este caso, existe una falta de responsabilidad por dejadez.

    La verdad, excusas puede haber muchas: cansancio, falta de formación, carácter débil, entre otras. Pero, si queremos actuar responsablemente, tenemos que estar dispuestos a soportar cierta incomodidad momentánea. Pensando en el bien propio, en el de la familia y en el de los hijos, si nos centramos en el ámbito familiar. Dejo para otro artículo el ámbito empresarial.

    Las inevitables consecuencias que trae la irresponsabilidad

    La inmadurez de los llamados “kidults” (o niños adultos) implica una irresponsabilidad educativa desde la niñez por parte de los padres. Por supuesto, sin eludir la propia responsabilidad del adulto que no ha sido capaz de superar sus etapas infantiles.  

    En todos estos casos, no actuamos responsablemente. Y no lo hacemos porque no ofrecemos la respuesta adecuada en cada momento. Por supuesto, no siempre es fácil. Pero, nos tenemos que educar personalmente hasta convertir en hábito la capacidad de ofrecer la respuesta medida, justa y proporcionada en cada circunstancia u ocasión.

    Cuando no acertemos, porque no siempre será posible, la responsabilidad nos llevará  aceptar las consecuencias de nuestros actos en forma de recriminación, dolor y mayor humildad para aceptar la corrección de otra persona que nos quiere bien y que no dejarán pasar la oportunidad de corregir cuando su conciencia le impulsa a ello. Pero pongamos un ejemplo.

    Un matrimonio que conozco me comentaba que unas obras de reforma que se habían torcido en origen estaba provocando malestar y continuas discusiones entre ambos cónyuges. Al tener que salir de casa para finalizar esa reforma, se alojaron temporalmente en casa de una hija casada y con niños. Las discusiones estaban causando un profundo malestar no sólo en su relación sino que afectaban al matrimonio de su hija y a los propios nietos. ¿Cuál fue la cura? En un momento determinado, me contaba el marido “mi yerno se plantó correcto y serio ante mí y me dijo: Luis, así no podéis seguir. Las obras se os han torcido y sólo se trata de tiempo y dinero. Podéis seguir en nuestra casa el tiempo que queráis. Pero, siempre y cuando vuestra relación vuelva a ser cordial. Porque esto nos está afectando y afecta a mi mujer, que es tu hija”.

    Ni que decir tiene, me comentaba Luis al cabo de unos días, que recibir este toque de atención por parte de su yerno, ya un hijo más, fue mano de santo. Y consiguió los siguientes efectos: paz en el matrimonio, porque ambos cónyuges se pidieron perdón; adoptar las medidas oportunas para enderezar las obras y coger el toro por los cuernos para retornar a la felicidad familiar.

    ¿Qué hubiera sido más fácil para ese yerno? ¿Esconder la cabeza, callar y no decir nada y que su mujer siguiera sufriendo? ¿O, como hizo, afrontar los hechos y plantarse con total cordialidad pero con seriedad ante su suegro y con delicadeza cantarle las verdades del barquero?

    Lo más fácil es eludir la propia responsabilidad. Y, en este caso, su responsabilidad, su respuesta ante su mujer, le impulsó a actuar. Y, por lo tanto, a no pecar por omisión, que es otro signo de la inmadurez y, consecuentemente, de la irresponsabilidad.

    Por lo tanto, la RESPONSABILIDAD es una consecuencia directa de la MADUREZ. Uno responde de sus actos por acción u omisión y asume las consecuencias.

    La responsabilidad y vivir el momento

    Otro signo de la responsabilidad personal es vivir el presente por duro que sea sin perder la paz interior. Nada tiene esto que ver con el “carpe diem”, tan de moda en algunos ambientes, que yo traduciría en el “aquí te pillo, aquí te mato”.

    Pero, pongamos un ejemplo más.

    El padre de una joven que conozco y hoy es Carmelita Descalza en un convento de clausura en España me contaba que, poco antes de entrar ella en el convento, hicieron un viaje familiar a Roma. Era el año 2010, y coincidió con el mundial de fútbol que ganó España en Sudáfrica. La noche del partido Alemania-España cenaron en familia en una pizzería italiana repleta de hinchas españoles y alemanes. Aquel partido lo ganó España con un gol de cabeza de Pujol. En el mismo momento del gol, mi hija, me contaba mi amigo, se abalanzó sobre mí gritando “¡gol de España! ¡Gol de España!” Este hombre pregunto a su hija: “hija, dada tu efusividad, ¿estás segura de que quieres seguir siendo carmelita?”

    Lógicamente, la respuesta de la hija, dejó al padre sin palabras: “Sí, papá, pero ahora estoy aquí”. Una semana más tarde ingresaba en el convento en el que ya lleva doce años. Vivir el presente, sin perder la paz interior, y sean cuales sean las circunstancias, implica un grado de madurez. Y, por tanto, de responsabilidad personal impresionante.

    Ahora, pongamos el ejemplo contrario.

    En plena pandemia de COVID-19 se dieron casos de botellones y enfrentamientos con la policía en diversas ciudades. Una reportera de televisión pregunta a un joven que acude a un botellón: “¿eres consciente de que te puedes contagiar, de que puedes contagiar a otros, de que puedes, incluso, morir?” La respuesta de aquel chaval la recuerdo perfectamente porque la vi por televisión. Fue esta: “soy perfectamente consciente pero hay que vivir el presente. Ya no podemos más y, si hay que morir, se muere”.

    Este es el típico ejemplo de falta de sentido vital. Que nos lleva a vivir un presente sin futuro ni esperanza. Y a actuar de forma momentáneamente placentera pero 100% irresponsable.

    La “fórmula secreta” para ser responsable en todos los ámbitos de la vida

    Podríamos seguir comentando todo tipo de ejemplos y escribir un libro, o un tratado, sobre la responsabilidad y sus vertientes. Pero, me gustaría finalizar este artículo con una sencilla ecuación para desarrollar responsablemente la vida que nos toca vivir. Para tomar el timón de ella, enderezar el rumbo cuando es necesario y hacerla plena.

    Y, mediante el crecimiento hacia la plenitud personal, trascender la propia vida, lo que significa dejar rastro, dejar poso, ser útil.

    Veamos la fórmula y su significado:

    P + J + F + T = R

    “P” es Prudencia,

    “J” es Justicia.

    “F” es Fortaleza.

    “T” es Templanza.

    El resultado es igual a “R”, que es Responsabilidad.

    La Prudencia ilumina el entendimiento e impulsa a la acción de manera reflexiva pero sin cobardía.

    La Justicia impulsa a valorar aquello que es bueno para todos.

    La Fortaleza nos hace actuar para hacer el bien en todo momento, sin escondernos.

    Y la Templanza hace que todo lo que hagamos lo hagamos con moderación, con caridad, con cariño, con amabilidad.

    Todo esto junto es lo que hace a la persona dueña de sus actos, es decir, responsable. En otro artículo prometo tratar el tema de la responsabilidad aplicada al ámbito laboral . Un asunto que, como verás, da para mucho.

    Como siempre, me despido animándote a contactar conmigo si tienes cualquier duda sobre la responsabilidad y la forma de vivirla en plenitud. Me encantará atender tu consulta y me alegrará saludarte personalmente.

  • ¿Inteligencia Artificial o sometimiento humano?

    ¿Inteligencia Artificial o sometimiento humano?

    Hace ya tiempo que quería dedicar un artículo a propósito de la inteligencia artificial y el ser humano. ¿Realmente está al (supuesto) servicio del hombre?.

    Se trata de un asunto del que, en los últimos tiempos, no paramos de recibir novedades. Y que, se nos presenta como la panacea y remedio a buena parte de los males y problemas actuales que sufrimos.

    Filosóficamente hablando, la inteligencia artificial no existe. Sé que es una afirmación rotunda. Y que, como tal, cualquier positivista científico tratará de refutarla.

    Pero, la inteligencia artificial no es más que la inteligencia humana aplicada a procesos informáticos, a algoritmos matemáticos cada vez más complejos que requieren procesadores cada vez más potentes y sofisticados. La biotecnología, la nanotecnología, el blockchain, un avatar, el metaverso, no son sino construcciones propias de la inteligencia del ser humano. Eso sí, inteligencia aplicada.

    Un ejemplo rupestre de inteligencia artificial

    Una persona acude a un cajero de una entidad financiera diferente a la suya y trata de sacar una cantidad de dinero. La pantalla del cajero informa al usuario de que se produce un coste bancario. El usuario cancela la operación. Y, hasta aquí, nada raro.

    El problema comienza cuando aparece un cargo bancario y el usuario sospecha, al mirar la cuenta, de que alguien que no es él ha sacado dinero. Para aclararlo, llama a su entidad bancaria, habla con un ser humano y se da la orden de bloqueo y emisión de una nueva tarjeta. Nada raro. Aún. Porque, a las 48 horas, el dinero había vuelto como por arte de magia a su cuenta. ¿Por qué se descontó y se volvió a abonar? Primer misterio tecnológico. Pero, eso sí, el dinero durante 24 o 48 horas estuvo en manos de una entidad financiera.

    A las 72 horas llega una nueva tarjeta desactivada que el cliente tiene que activar. Para ello se le indica que puede hacerlo por Internet. La información es incorrecta, pues no se le ha informado de que por Internet puede realizar el proceso solo parcialmente. Ya que, al haberse emitido la tarjeta por un supuesto uso fraudulento, que no era tal, se tenía que solicitar un nuevo número PIN que la entidad bancaria envía al usuario. PIN que había que solicitar. Tampoco se informaba de esto.

    Una vez llegado a este punto y con la tarjeta más el PIN, el usuario acude a un cajero físico. Para cambiar el PIN es necesario que se introduzca la tarjeta físicamente como medida de precaución. El usuario cambia, como es normal, el número PIN por otro que él recuerda mejor. Intenta sacar dinero y el cajero informa de que el saldo es insuficiente. El usuario procede a realizar una transferencia de una de sus cuentas a la otra, que es con la que opera esa tarjeta en la que ya hay saldo. Prosigue ahora, ya con el nuevo PIN, con la operación de retirada de dinero. Y en este punto el “inteligente cajero” retiene la tarjeta y el usuario se queda con cara de tonto y sin el medio de pago que acababa de recibir.

    A partir de aquí el proceso continúa con una serie de llamadas en las que debe introducir primero un número, luego su DNI, luego confirmarlo con otro número y así “ad infinitum”. Si mientras esperas se te ocurre resoplar levemente el “inteligente” sistema te dice que no se ha podido comprobar la opción marcada. Cuando, al cabo de media hora, no menos, consigues hablar con una persona, ya con los nervios alterados, le explicas todo lo que ha ocurrido, y consigues que compruebe la situación, escuchas esta respuesta: “está todo en orden, caballero. Su tarjeta está activada. No obstante, como el cajero se la ha retirado, se produce automáticamente la orden de emitir una nueva tarjeta y tiene Vd. que esperar a que en cuatro días le llegue una nueva tarjeta y comenzar de nuevo el proceso de activación”. No hay otra.

    Cuando llegue la nueva tarjeta, ¿volverá a ocurrir lo mismo? “No lo sé”, es la respuesta. ¿Por qué el cajero me ha retirado la tarjeta, además en sábado? Y aquí la respuesta nos da la pista de la “inteligencia artificial”: “Puede tratarse de un error del cajero. Lo siento”.

    Así que, ante todo esto, yo me pregunto: ¿piensa un cajero?

    Un problema de fondo

    Es evidente que el cajero, su software, tiene un algoritmo matemático y un programa informático que hace que “piense” erróneamente que se ha tratado de un intento de sacar dinero fraudulentamente con esa tarjeta. Y, con las mismas, “decide” retirar la tarjeta de las manos de su titular.

    Si esto es un ejemplo rupestre, primario y sencillo de la Inteligencia Artificial aplicada a mejorar la vida de una persona, que venga Dios y lo vea.

    Ahora me pregunto, ¿qué será la inteligencia artificial aplicada a la movilidad, al vehículo autónomo o a la semaforización por no hablar de la biotecnología aplicada si bajo el pretexto de ayudar al ser humano se prescinde de hecho del mismo?

    El problema de fondo, el que aquí se plantea, es que la máquina no piensa. Y si lo que hace es tratar de emular al cerebro del ser humano mediante complejos algoritmos que jamás, por mucho que se pretenda, va a llegar a tener sentimientos, o a tener la neuroplasticidad cerebral humana, se llega al absurdo propósito de dejar decisiones personales en manos de algoritmos. Que han sido diseñados por seres humanos para que traten de pensar y tomen decisiones pero prescindiendo del ser humano. Esto es una contradicción desde su propio origen.

    Desglosemos un poco el problema en los siguientes puntos:

    Inabarcabilidad

    Quien ha diseñado el algoritmo, por mucho que se apoye en todo tipo de ciencias aplicadas, incluso en filósofos y lingüistas (lo que ya es un avance), no va a poder llegar a plasmar todas las situaciones a las que el ser humano tiene que hacer frente. Desde tomar decisiones sencillas hasta a educar a los hijos o convivir en familia estableciendo reglas y delegando tareas o tomando decisiones.

    Moralidad

    En segundo lugar, y mucho más importante, el algoritmo matemático, por complejo que sea, nunca podrá tomar decisiones morales, que es de lo que al final se trata. O, mejor dicho, quien sí va a tomar decisiones morales será quien diseñe o haya diseñado dicho algoritmo y su correspondiente software. O quien exija, a quien lo diseñe, que lo haga según sus propios postulados éticos y morales. Es decir, me pregunto: ¿estás dispuesto a que otro, y no tú, tome decisiones que afecten a la ética y moralidad de tus propios actos y, por ende, afecten a tu propia vida y a la de tu entorno, familia y seres queridos?

    Responsabilidad

    En tercer lugar, las máquinas y la tecnología fallan. Si con una inteligencia artificial aplicada a cuando, cómo y por qué un cajero decide por su cuenta jorobar a un cliente y dejarle sin su medio de pago en un fin de semana, ¿puedo fiarme de las “decisiones” que pueda adoptar un vehículo cuando algo falle? ¿Quién o quienes se van a responsabilizar ante cualquier accidente? ¿El fabricante, el usuario, ambos o ninguno? O algún positivista científico seguirá siendo tan soberbio que dirá como dicen que se dijo en la botadura del Titanic: “Este barco no hay quien lo hunda”. Porque no sé si el barco era tan insumergible como se creía, pero el primer iceberg con el que se encontró lo hizo rápidamente. 

    Intimidad

    Son ya numerosos los libros que se dedican a exponer lo que esta sociedad de la denominada “información” conlleva. Nuestros datos son comprados y vendidos como simple mercancía. Cada vez que aceptamos las condiciones de cualquier aplicación hacemos en el 99,99% de los casos, por no decir que en el 100%, una cesión de nuestra intimidad. Pero, ¿es la intimidad el único problema? O estamos hablando de poder y dominio. Dejo para otro artículo los problemas de la desvinculación y cancelación de quien se siente al margen o fuera del pensamiento dominante.

    Y aquí estamos.

    La inteligencia emocional y el ser humano

    ¿Es mala la ciencia aplicada? La respuesta es rotunda: evidentemente NO. El problema de fondo, el que subyace y cuestiona al ser humano (o debiera hacerlo) es: qué sociedad queremos construir, que mundo estamos legando a nuestros hijos y nietos. ¿Queremos de verdad aunar ciencia y tecnología con servicio al ser humano? O lo que nos planteamos es ¿cómo hacer más eficientes los procesos, alcanzar los objetivos empresariales con un menor número de recursos, sobre todo en forma de personas, rentabilizando resultados a costa del propio ser humano?

    Acabo de poner un ejemplo muy sencillo y de actualidad. Si este error del cajero, que acabo de comentar afecta, como es el caso, a una persona avanzada en temas tecnológicos, acostumbrada a utilizar el “Internet de las cosas”, que incluso comienza a manejarse en temas de blockchain… ¿qué ocurre con quien no es nativo digital? ¿Qué pasa con esa parte de la sociedad que carece de las herramientas necesarias para manejarse en el “metaverso”?

    Una vez me dijo una persona de gran y vasta cultura, había sido Director de Cultura de una Comunidad Autónoma cuando la Cultura aún se ponía en valor: “lee a los clásicos”, me señaló. ¿Por qué me lo dijo? Porque la vida, añado yo, no está para perder el tiempo sino para hacer el bien. Y los clásicos, aquellos que han escrito libros que trascienden las modas, los tópicos y los siglos, pensaron, se cuestionaron y trataron de dar respuestas a las grandes preguntas del ser humano: ¿quien soy, qué hago aquí, cuáles son mis pasiones, son éstas buenas o malas, cómo me afecta esto a mí y a aquellos que me rodean, qué pasa con mi prójimo, cuando y por qué o por quien estaría dispuesto a dar y ofrecer mi vida?

    Es la pregunta del PARA QUÉ. Esa que hoy muchos no se plantean ni desean hacerlo. Séneca, Platón Aristóteles, Tomas de Aquino, Erasmo de Rotterdam, Tomas Moro y tantos otros se hicieron preguntas y reflexionaron sobre cuestionen que van más allá del tiempo y de las modas y que afectan SIEMPRE al ser humano.

     Es evidente que hay decisiones complejas que una máquina o un robot pueden resolver mucho más rápidamente que el cerebro humano. Nadie discute eso. Desde luego, yo no. Lo de los “call center” automatizados y “maquinizados” es, no sólo discutible sino detestable. Y, desde luego, una buena manera de ir perdiendo clientes, básicamente por la deshumanización que provocan.

    Ahora bien, las decisiones éticas, las disyuntivas morales y las respuestas que demos a las mismas, incluso en términos de compromiso personal, o las resolvemos tú y yo o no habremos avanzado nada desde la Prehistoria. Por mucha ciencia aplicada, por muchos algoritmos matemáticos o por mucha robotización distópica futurista que tengamos a nuestro alcance.

    Y tú, ¿qué opinas acerca de este tema? Ya sabes que siempre me gusta escucharte. Y, además, desde aquí puedes consultarme cualquier duda. ¡Seguimos en contacto!

  • La clave para comunicar bien está en el gerundio

    La clave para comunicar bien está en el gerundio

    Me decía mi padre que a andar y a hablar se aprende en “gerundio”. Es decir, andando y hablando. Y creo que algo parecido ocurre con comunicar. A comunicar, se aprende comunicando.

    Si hablamos de procesos se supone que primero habría que estudiar qué es y cómo comunicar. Después, practicar lo aprendido sobre comunicación. Y, por último, tras el estudio y la práctica, pasar a la acción de comunicar eficazmente.

    Pues bien, falso.

    A comunicar aprendemos como los bebés a andar. Primero se ponen a cuatro patas, luego gatean, después levantan el culete y, un buen día, con el consiguiente alborozo, dan su primer paso. Se caen, ríen y se vuelven a levantar agarrándose a la primera pierna conocida que encuentran.

    Así que hoy, querido lector, vamos a practicar la técnica del “gateo en la comunicación”.

    ¿Qué es comunicar y cuándo comunico?

    Partimos de la base de que comunicar bien es trasladar algo a otra persona o grupo que queremos que ésta o aquel entiendan correctamente, que el entendimiento sea libremente asumido, cordialmente aceptado y, en la medida de lo posible, hecho suyo.

    Si hablo, me comunico. Al callar, me comunico. Cuando siseo, me comunico. Si grito, me comunico. En el momento de gesticular, me comunico. Y, si me quedo como un pasmarote ante otro que me interpela, también me comunico. Así que, primera noticia: tú y yo comunicamos incluso cuando no queremos comunicarnos.

    Por ejemplo, si pego un portazo, me meto en mi cuarto , me pongo el pijama y me voy a la cama sin cenar, cualquier avezado lector entiende que estoy comunicando que estoy enfadado.

    Lo puedo comunicar mejor o peor. ¡Eso es otra cosa! Pero, doy a entender que estoy enfadado. Si, como consecuencia de mi enfurruñamiento, me he ido a la cama sin cenar y a las dos de la mañana me levanto sigilosamente intentando que mi mujer no levante una ceja (cosa por lo demás, harto improbable) y asalto el frigorífico como un pirata, comunico, además, que estoy hambriento.

    Así que ya ves, querámoslo o no, comunicamos a todas horas.

    Qué otras cosas son “comunicar”

    Tras lo leído, tú dirás, ¿qué tiene que ver esto con la empresa? ¿Y qué relación hay aquí con generar un equipo de trabajo de alto rendimiento? ¿Y qué vínculo con el equipo de una multinacional nada familiar en donde, tras sesudos estudios, se escribe una colección de tomos sobre comunicación que llenarían la biblioteca de Alejandría?

    Pues sí, aunque no lo parezca, tiene mucho que ver. ¿Sabes por qué? Comunicar implica realizar acciones de lo más comunes y cotidianas y… hacer equipo.

    Comunicar supone dar órdenes, decir que sí y que no. Señalar límites, proponer objetivos, delegar y asignar responsabilidades. Ser claros, aunque no burros. No perder los papeles, calmar la voz, susurrar cuando tienes ganas de gritar, bajar la voz cuando el otro la sube. Ponerte una nariz de payaso tonto cuando hay alguien con cara de Orco recién salido del Mordor más profundo. Y, también, cuando es preciso, pegar una buena palmada en la mesa y decir: señores, hasta aquí hemos llegado. Esto es lo que yo llamo el “TUR”, o la tarifa de último recurso. Que, a veces, también hay que aplicar.

    Un recurso a la hora de comunicar, al hablar, es preguntar. Cuestiones como, ¿me he explicado bien? O, ¿he sido claro? Estas expresiones vienen a sustituir al ¿me habéis entendido?  Que parece, o da a entender, que tu audiencia es tonta. De este modo, quien transmite. Es decir, yo, soy lo suficientemente claro como para que mi equipo, mis subordinados o mi audiencia (la que sea), haya entendido lo que he querido trasladar. Desde aquí te animo a que pruebes a incluir este tipo de preguntas al comunicarte. ¡Verás qué buenos resultados aportan!

    Qué falla cuando se quiere comunicar bien

    En ocasiones, además de fallar la comunicación, lo que flaquea es comprobar si nos hemos explicado bien y si quien recibe el mensaje ha entendido correctamente. Y para esto hay que preguntarse y preguntar.

    Si no se pregunta no se produce la retroalimentación necesaria. Y, entonces, no sabemos cómo va salir la cosa. Es decir, comunicar no es ordenar. Por supuesto, se puede comunicar ordenando, a veces no queda otra. Pero, no es lo mismo.

    Cuando hacemos algo que queremos transmitir debo comprobar que he trasladado adecuadamente lo que quiero comunicar, que el otro me ha entendido y que ambos hemos sintonizado en la misma longitud de onda. ¡Qué serio me he puesto!

    Pero es que es así. Comunicar es trasladar a una persona o a un grupo algo de lo que quiero que se enteren y que entiendan.

    Si mi mensaje llega claro y, además, se me ha entendido. Cuando procuro ser conciso, concreto y breve habrá menos errores en la transmisión. Y si dejo claro que del cumplimiento de una orden depende el éxito o fracaso de una misión y consigo que quienes lo deben aplicar se adhieran personalmente a esto que estoy transmitiendo, entonces tendré éxito.

    Por el contrario, si traslado bien, soy claro, conciso, breve y, además, un energúmeno, habré dejado todo muy claro, no habrá errores de partida, pero a la que puedan me la van a jugar. Por burro.

    Decía Peter Drucker que “gestionar es hacer correctamente las cosas, mientras que liderar es hacer las cosas que son correctas”. No lo olvidemos. Cuando comunicamos, tenemos que trasladar aquello que es correcto y ser coherentes con lo que hacemos y decimos.

    Las reglas de oro de la palabra hablada

    Mis grandes amigos y maestros de oratoria, Ángel Lafuente y Enrique Pérez Urreisti, señalan las que, para mí, son las mejores reglas de oro de la palabra hablada.

    Y, antes de despedir esta publicación, me gustaría compartirlas.

    1. Piensa primero. Nunca la palabra antes que el pensamiento.
    2. Sé educado contigo mismo y con el prójimo. Evita interrumpir la frase o idea.
    3. Sé breve. De esa forma, cometerás menos errores y no aburrirás. Usa frases breves.
    4. Mira y cuestiona. Mirada interpelante.
    5. Sé tú mismo, no tengas miedo. Gesto libre.
    6. Maneja el silencio. Deja tiempo y respeta los silencios.
    7. No quieras meter más de lo que puedes y debes. Velocidad posible y adecuada.

    Y Enrique, por su parte, señala que al hablar hay que hacerlo desde dentro. Con los 3 amores al descubierto:

    1. Amor a uno mismo.
    2. Amor al mensaje.
    3. Amor al destinatario.    

    Porque, y termino, si no me amo a mí mismo ¿qué voy a comunicar salvo acidez o amargura? ¿No crees?

    En conclusión, comunicar implica trasladar a otro, u otros, algo que quieres que entiendan, que asuman y que hagan suyo. Y eso es, de por si, ya un arte. Pero recuerda que no estoy hablando de manipular sino de comunicar bien. De comunicar liderando que es otra cosa.

    Así que ya ves, la mejor forma de aprender (y lograr) comunicar bien y de forma eficaz es comunicando. Te animo a poner en práctica estas indicaciones que he compartido. Y no dudes en contactar conmigo si quieres hacerme alguna consulta o si necesitas que te ayude en el complejo arte de comunicar. ¡Aquí me tienes!   

  • ¿Realmente es tan importante estar ocupado?

    ¿Realmente es tan importante estar ocupado?

    Cada día estoy más convencido del valor y la importancia de estar ocupado. Y hacer todo lo posible por mantenerse así a medida que pasan los años.

    Para hablar de este tema, comenzaré por una situación personal que acabo de vivir.

    Tras dos semanas en el hospital cuidando a un familiar joven y muy enfermo me esperaba otra semana de aúpa.

    En concreto, un congreso al que iba sólo. Y ya se sabe: reuniones con personas conocidas algunas y desconocidas otras a puerta fría, intercambiar tarjetas con personas a las que no conoces pero con quienes te interesa conectar por cuestiones profesionales. Y que, cuando uno es tímido por naturaleza, aunque ya esté curtido en estas lides, cuesta un poco.

    En cuanto llegué a la habitación del hotel, tras dejar cada cosa en su sitio, salí camino de la casa de mi hija para cenar con ella y con mi yerno. Y achuchar un rato a mis nietos.

    La visita era sorpresa para los peques. Pero, el sorprendido fui yo.

    Las pilas físicas las llevaba más bien descargadas. Cuando llegué a casa de mi hija, yerno y nietos estaba físicamente muy cansado. Cuando salí, no sólo estaba cansado; estaba reventado pero con las pilas recargadas hasta los topes. ¡Cómo dormí esa noche!

    A partir de ahí, me esperaban dos días frenéticos. Congreso, ponencias interesantes, reuniones reducidas, talleres, comidas y cafés de trabajo, nuevos contactos que hay que consolidar y muchas ideas anotadas en mi gestor de tareas. Todo ello aliñado en los entreactos de llamadas y reuniones por videoconferencia desde el móvil. En definitiva, dos jornadas maratonianas en las que saludé a un montón de gente.

    Mi “particular método de recarga de pilas”

    Regresaba al hotel cada noche muy cansado pero también muy contento. En el hotel, la misma rutina en los dos días: una ducha rápida, cambio del traje de faena por uno más cómodo para ir a cenar a casa de mi hija. Y nueva recarga de pilas.

    Con mis nietos, la recarga de pilas consistía en contar cuentos antes de que se fueran a la cama, cambiar algún pañal, cena y al filo de las once de la noche vuelta al hotel. Bien cenado, en una compañía insuperable, tras un ratito de oración personal, otra vez a dormir como un lirón.

    Al terminar el congreso aproveché para quedarme una noche más. Asistir por videoconferencia, desde la casa de mi hija a otra reunión, bastante larga pero de gran interés, y a la carretera de vuelta a casa, donde me esperaba mi esposa.

    Recapitulemos y veamos a dónde quiero llegar. La situación es la siguiente:

    1. Dos semanas en el hospital con un tema familiar grave.
    2. Una semana laboral potente en donde cada día era una aventura. Esto es, uno planifica, más o menos, lo que desea hacer y cada día trae un afán diferente e inesperado.
    3. Viaje, congreso, reuniones y cansancio físico y, si no te cuidas y desconectas, mental.
    4. Noticias preocupantes cada día: coronavirus, economía, partidos políticos y guerra en Ucrania. Si te dejas atrapar por los medios de comunicación te incomunicas, no haces nada y sufres. Sobre esto hablaré en otro artículo.
    5. Y, en mi caso, la desconexión diaria: o mi mujer, o mis hijos y nietos, oración personal, o todos ellos, aseo y dormir bien.

    Pero los nietos son una terapia espectacular de alto nivel. Como no tienen frenos mentales, bucales ni físicos y requieren cuando estás con ellos TODA tu atención, la desconexión es total.

    Si, además, están en los cuatro, dos y un año resulta que, aunque estés cansado se te tiran encima. Tú te tiras a la alfombra  y luego ya te levantarás como puedas, les cuentas dos cuentos “per cápita” (en principio era uno, pero ya se sabe…) y generas bienestar a raudales.

    La importancia de estar ocupado

    Los abuelos, mientras estamos en edad de ayudar y aún activos laboralmente, como es mi caso, podemos apoyar a nuestros hijos, aportamos la experiencia de la vida. Y, con humildad, ofrecemos la oportunidad de mediar en los inevitables roces de la convivencia porque ya hemos pasado por ellos.

    Los nietos ven referentes de vida. No tanto vidas ejemplares pero sí, al menos, un ejemplo de vida y de ayuda. Los abuelos ayudamos. Estamos dispuestos o, mejor aún, somos disponibles. Y es esa disposición la que, en combinación y, bajo la tutela de los padres, en este caso, nuestros hijos y esposos, procura educación, respeto, valores y educación en una ética y virtudes concretas.

    Por si fuera poco, resulta que recientes estudios demuestran que involucrarte en el cuidado y educación de los nietos, dando amor y recibiendo mucho más de lo que das, te ayuda a mantenerte en forma física, mental y espiritual.

    Tu actividad física se refuerza, estimulas la producción de oxitocina, la llamad hormona del amor además de endorfinas. Y ambos neurotransmisores provocan una sensación de paz y bienestar inenarrables. Parece demostrarse en los estudios realizados que vivimos más y en mejores condiciones.

    Si, además, como es mi caso, llevas casi cuatro décadas de matrimonio, te mantienes mentalmente activo, amas a tu esposa mucho más que cuando la conociste, trabajas profesionalmente y colaboras en las tareas del hogar, resulta que la felicidad la tienes en cada minuto del día.

    A veces me preguntan: ¿cómo lo haces? La respuesta es muy sencilla: una buena aCtitud, con C de Cuenca y llenar el día con una actividad ordenada.

    Me decía un buen amigo: cuando busques a alguien para que te ayude, busca a alguien que esté muy ocupado y que tenga una buena disposición de ayuda al prójimo. ¡Ya ves la importancia de estar ocupado!

    Y esto, que puede parecer un contrasentido, resulta una verdad enorme.

    Antes de despedirme, te propongo poner en práctica estos 5 puntos que, por experiencia, te aseguro ayudan (y mucho) a sentirte bien mental, física y espiritualmente:

    1. No te preocupes, ocúpate.
    2. Si estás laboralmente activo: trabaja con ilusión. Tu trabajo forma parte de la cadena de valor de ayuda a los demás. Sea cual sea el que hagas.
    3. Si tienes hijos y nietos, ayúdales. Es decir: sigue trabajando. Mantente activo.
    4. Si no los tienes búscate alguien a quien ayudar. Gracias a Dios, oportunidades no te van a faltar. Sólo es cuestión de salir de uno mismo.
    5. Tómate un rato para ti y reza un poco. No sólo medites, reza. Que lo uno es compatible con lo otro.

    Y luego, tras hacer la prueba, si te apetece, puedes contactar conmigo y me cuentas qué tal ha sido la experiencia. ¡Me gustará escucharte!

  • El secreto de los negocios de éxito es…

    El secreto de los negocios de éxito es…

    Llevo meses ya queriendo dedicar una publicación a cuál es la clave del éxito en la empresa. La clave, el secreto, el truco o como queramos llamarlo. Desde ya adelanto que no se trata de ningún algoritmo ni fórmula compleja solo al alcance de unos cuantos afortunados gurús. ¡Todo lo contrario!

    Incluso puede que a más de un lector se sienta algo “defraudado” cuando le desvele dónde está esa clave (o claves, porque verás que menciono 7) y lo sencillo (pero a la vez complicado) que puede ser aplicarla al día a día del negocio.

    Como punto de partida, diré que este pasado verano pude pasar unos días de vacaciones en Galicia. En uno de aquellos días mi mujer y yo fuimos a Ourense para dar una vuelta por la ciudad, recorrer sus calles, saludar a un gran amigo y comer. Que, por cierto, se come muy bien.

    Pude hacer todo eso y más. Es lo bueno de planificar dejando cierto margen para la improvisación y los imprevistos.

    Este ya sería un primer punto de este artículo. Planifica, pero no llenes tu agenda y vayas con la lengua fuera. Deja margen a la improvisación. Los imprevistos, te gusten o no, están ahí y van a estarlo sí o sí. Así que no te agobies.

    El asunto es que los imprevistos pueden ser positivos, negativos o “ni fu ni fa”. Y este fue el caso.

    Resulta que yo tenía el pelo ya bastante largo y habiendo visitado la ciudad, visitado a este gran amigo y comido magníficamente nos quedaba la tarde “libre”. ¿Libre, para qué? Bueno, mi mujer quería visitar algunas tiendas y yo, la verdad, me reconozco poco dispuesto a las visitas de compras de textiles y similares.

    La cosa es que paseando sin rumbo fijo, dimos con una solución que pactamos rápidamente. Le propuse: “tú te vas de tiendas y yo, que acabo de ver una peluquería me corto el pelo. ¿Qué te parece?” Dicho y hecho.

    El valor de hacerte sentir único

    La peluquería estaba en una pequeña calle en cuesta, cerca de la calle principal. Era pequeña, estaba muy limpia, era coqueta, sin excesivos adornos, dos chicas la atendían y a mí me dolía la espalda.

    Al entrar una de las empleadas me indicó que esperara unos minutos y me dijo que enseguida me atendía. Primer detalle: me atendió enseguida. No a la media hora.

    Entablamos conversación y me preguntó cómo quería cortarme el pelo. Hasta aquí nada especial. Pero, el primer e innovador detalle vino cuando le dije que me dolía la cabeza. Que llevaba varias horas paseando. Y que cuando estoy mucho tiempo sin sentarme, tanto la espalda como la cabeza comienzan a darme la lata.

    Nada más decírselo, me preguntó: ¿quiere un café o un poco de agua? Tenían máquina de café y agua fría o caliente a disposición de los clientes. Creo que tomé agua y lo agradecí. Y como soy un poco “boca chancla” le indiqué que, para mi, el momento más agradable cuando voy a la peluquería a cortarme el pelo es cuando me lo lavan y me dan un buen masaje en la cabeza. La joven me dijo: “¿me ha dicho que le duele la cabeza, verdad? Pues ahora le lavo el pelo y le voy a dar un masaje en la cabeza que ya verá”. Recibí el mejor masaje capilar craneoencefálico que me hayan dado nunca. Sin prisas, sin tiempo, largo. Insisto: el mejor.

    Después me cortó el pelo, me volvió a lavar la cabeza, me dio otro vaso de agua y, mientras tanto, conversamos, muy agradablemente, por cierto. ¡Cuánto nos pueden enseñar unos buenos peluqueros! Lo digo porque en ese rato, cada uno habla y escucha. Y si hablas poco y escuchas mucho te das cuenta del bien que puedes hacer y del que te pueden hacer a ti.

    En cualquier caso, lo cierto es que el lavado-corte-lavado y secado llevó su tiempo. Tanto, que apareció mi mujer por la peluquería y el ambiente le pareció tan agradable y distendido que allí nos pusimos a hablar los cuatro. Nos ofrecieron un café, que esta vez sí tomamos y tras pagar, nos fuimos.

    La frase de mi mujer al salir fue: “qué bien te ha cortado el pelo! Y ¡qué chicas tan agradables”.

    No sé si con todos los clientes se comportan igual de bien que conmigo, aunque presumo que sí. Lo que sí sé es que si alguna vez vuelvo por Ourense y llevo el pelo un poco más largo de lo  normal, ¡volveré!

    Y es este “volveré” es en lo que  me quiero detener.

    ¿Por qué a esta peluquería y no a otra? Por una razón muy sencilla: por el trato diferencial y único que a mí me ofrecieron. Parto de la base de que habrá magníficas peluquerías en Ourense, como en todas partes, pero lo que para mí hace única ésta en concreto, es el haberme hecho sentir ÚNICO aquella tarde.

    Tanto, que me lo apunté en mi gestor de tareas para que hoy, unos cuantos meses después, recuerde aquella peluquería y a quienes me atendieron.

    Algo tan sencillo pero tan difícil

    Y enlazo con otra anécdota, ésta mucho más cercana. Hace dos días volvía en tren a mi ciudad y cuando salía de la estación no encontré el baño público. No sé, debía de estar espeso por la urgencia física,  porque haberlo, haylo. El caso es que en la pequeña cafetería que había sí encontré uno pero con un cartel que decía más o menos: “baño exclusivo para clientes. No clientes 1 euro”. En mi condición y estado era el paradigma de cómo espantar a uno.

    Salí enfurruñado pero con la necesidad insatisfecha. Así que, en el primer bar que encontré cruzando la calle, entré en uno y pedí rápidamente un café con un pequeño pincho. Y, sin tiempo para más, pregunté por el baño. Ya más tranquilo me senté a tomar el café y el pincho de jamón que había pedido. La cosa es que por la mañana me llevé media barbilla afeitándome y mientras me tomaba el café decidí quitarme la tirita que me había puesto. Ahí se armó.

    Como el corte debía ser profundo, en cuanto me quité la tirita empecé a sangrar. Con una seña indiqué a la camarera si tenían alguna tirita con la que parar el derramamiento de sangre. Habló con la dueña y, menos de un minuto después, apareció con dos tiritas que me parecieron las mejores que había visto nunca. Me las puse y ahí se acababa la historia.

    Quedaba pagar. Pregunté por la cuenta y le dije que si le debía algo por las tiritas. Me dijeron que no. Quise dejar una propina. Pero la dueña y la camarera insistían en que no, que de ninguna manera. Y yo, erre que erre, que sí. Al final aceptaron y les dejé la propina no sin antes decirles: “mirad, me habéis atendido fenomenalmente, me habéis hecho sentir único y me habéis resuelto un problema, porque llegaba tarde a una cita y si no llega a ser por vosotras, aparte de tener que buscar una farmacia hubiese manchado mi ropa. Así que sí, es lo menos que puedo hacer.”

    No voy a citar aquí los nombres de la peluquería y del bar, aunque se lo merecen. Pero, lo que tengo claro es que, al menos a mí, me han fidelizado. Conmigo han triunfado. ¿Cómo lo han hecho? Brindándome desde la profesionalidad, y haciendo bien su trabajo con compromiso, un servicio extraordinario. Es decir, más allá de lo habitual. Con sencillez, escucha, empatía, simpatía y la humildad. ¡Ahí está la clave de la que hablaba al principio!

    La clave del éxito en la empresa (mejor 7 claves)

    Repito: ¿quieres triunfar y ser feliz con tu trabajo o negocio? En ese caso, sigue leyendo.

    #1 – Sé profesional

    Fórmate y haz bien tu trabajo. Esto, en primer lugar. Y, después, supuesto que eres un buen profesional o que tu empresa lo es, añádele los siguientes ingredientes:

    #2 – Compromiso

    Haz que el cliente se sienta único. Ve más allá de lo que se espera de ti o de tu empresa. Y ofrece un servicio extraordinario. El cliente espera que hagas bien tu trabajo y lo puede esperar de tu empresa o de otra. Lo que no espera es que vayas más allá. Ese “más allá” va a marcar la diferencia con tu competencia. Y eso es brindar una experiencia única. Eso es el compromiso con tu empresa.

    #3 – Sencillez

    Si vas más allá no alardees. Lo haces y listo. El cliente no es tonto y no dudes que se va a dar cuenta.

    #4 – Escucha

    Mantén la vista y los oídos bien abiertos para detectar lo que el cliente te dice, lo que te cuenta, que puede ir más allá de lo que te pide. Pero que es algo que necesita. Y pregúntate: ¿Estás dispuesto a darle ese “plus”?

    #5 – Empatía

    Ponte en el lugar del cliente. Mira si puedes satisfacer esa necesidad que te ha confesado. Y si, además de cortarle el pelo o servirle un café, puedes quitarle el dolor de cabeza o solucionar su “aparentemente pequeño” problema.

    #6 – Simpatía

    ¡Intenta ir alegre por la vida! ¡Sonríe, por favor! Saluda a la gente al pasar. No se trata de ir haciendo cosas raras. Se trata simplemente de ser amables. Es decir, de mostrar amor al prójimo. No cuesta nada, hace bien y hará que vendas más y mejor. ¡Hazme caso en esto!

    #7 – Humildad

    Y, además, hagas lo que hagas por tu cliente, hazlo como si tal cosa. Sin sacar pecho. El cliente te lo va a agradecer. Y tú llegaras a tu casa más contento. Con la satisfacción de que has hecho a alguien más feliz.

    Te aseguro, por la ya dilatada experiencia vital y profesional que llevo tras de mí, 63 años nada menos, que si aplicas estas pautas no sólo tendrás éxito en tu trabajo o en tu empresa. Sino que serás más feliz en tu vida. Y, al fin y al cabo, eso es de lo que se trata.

    Me despido animándote a que si quieres profundizar en este o en otros temas ya sabes dónde me tienes. Puedes contactar conmigo para hacerme la consulta que desees. ¡Siempre me gusta escucharte!

  • ¿Te ves capaz de encontrar el lado positivo de las cosas?

    ¿Te ves capaz de encontrar el lado positivo de las cosas?

    ¿Te has parado a pensar alguna vez en el lado positivo de las cosas? Sí, “positivo”, aunque en este momento ese término tenga connotaciones que no lo sean tanto.

    Antes de entrar en faena, te adelanto que todo esto que voy a decir aquí lo he experimentado ya en primera persona. Y, después de vivirlo, me reafirmo en ello: todo en la vida tiene su parte buena. Aunque, dependiendo del caso y de la situación, haya ocasiones en las que nos cueste entenderlo y, sobre todo, asumirlo.

    Justo en Nochebuena, estaba terminando un artículo en el que hablaba del reencuentro por Navidad sobre las 18:50 horas. Es decir, dos horas y diez minutos antes de dar comienzo en familia al ritual navideño:

    1. Bendición del Belén
    2. Lectura del Evangelio
    3. Canticos navideños, villancicos con mi mujer a la guitarra y el resto, hijos y nietos acompañando con cualquier cosa que suene y…
    4. La cena en familia

    En ese momento, suena el teléfono a las 18:52. Me encontraba, como ahora, frente al teclado.  Y quedaban dos horas y ocho minutos para el inicio del ritual. Me preguntan:¿Es usted Juan Mª López Osa?

    Sí, respondo.

    Mire, le llamo del laboratorio de análisis de la Clínica donde se ha hecho hoy dos pruebas, un test de antígenos y una PCR. ¿Me puede decir para qué se las hecho?

    Sin problemas. Por simple precaución. Desde el lunes me duele y pica la garganta y como hoy tengo una cena en familia y una persona está un poco delicada y mañana comemos con mi padre que tiene 92 años, pues, por eso, por precaución.

    Y, sin tiempo para que me diga nada, añado: el de antígenos de cara a la cena de hoy pero, vamos, que estoy tranquilo, porque ya me han enviado el resultado por email y es negativo.

    Ya pero es que en la PCR ha dado usted POSITIVO.

    Yo, con los ojos desorbitados: ¿Cómo? No puede ser. ¿Seguro?

    Desde luego. El resultado es claro. Tiene usted que confinarse ipso facto.

    Y desde esa hora y día, estoy confinado y de okupa en la ex habitación de mi hijo.

    A partir del ese momento se suceden los acontecimientos.

    Primero. Desbandada general. Como acababan de llegar, y casi ni les saludé, hijos y nietos salieron pitando. Uno acababa de llegar de Madrid. Se fue a cenar con un amigo y le saludé por la ventana.

    Segundo. Aún en shock, hago el traslado de cuarto. Es un decir, claro, porque se trataba del traslado del pijama y zapatillas.

    Tercero. Acepto la(s) reprimenda(s) propias del momento. ¡Si es que eres un imprudente! Seguro que te quitaste la mascarilla en alguna de tus múltiples reuniones, a saber lo que haces cuando no estoy delante, es que no se te puede dejar solo…

    Así que tras aguantar los piropos propios dirigidos al supuesto imprudente (supuesto porque ni yo ni los médicos tenemos repajolera idea de dónde, quien o cuando me he podido contagiar) y reconducidas las aguas a su cauce, hechas las paces esponsales, instalado en la celda de aislamiento, he estado seis días hablando con mi mujer por la puerta y recogiendo las comidas desde la misma sin el más mínimo contacto físico ni visual.

    Pero como te decía en mi artículo, dedicado a cómo vivir la Navidad, una vez digerida la mala uva transitoria, y aunque estés solo, la Navidad es alegre.

    Encontrar el lado positivo de las cosas

    Resulta que esto del aislamiento tiene su lado bueno si estás bien. Me explico.

    Gracias a Dios estoy perfectamente, al menos por ahora. No tengo fiebre y aunque la garganta pica un poco y, a veces, por la noche, me duele la cabeza, lo cierto es que ni estoy ingresado en  un hospital ni, mucho menos, en una UCI. Doy gracias a Dios por ello. Y vamos con el lado positivo de las cosas.

    Seguro que estarás pensando… ¿pero qué lado positivo con ese panorama navideño?

    Tengo el ordenador delante y la cama detrás. Cuando me canso me doy la vuelta y me tumbo. Cuando me aburro de estar tumbado me levanto y escribo, rezo, medito, veo alguna película o documental y escucho música. Cuando tengo hambre pido la comida a su correspondiente hora. Y todo ello sin nadie que me diga ¿qué estás haciendo?

    La verdad, echo mucho de menos a mis hijos y nietos pero… ¡qué paz! Poder leer y escribir sin interrupciones, ni tener que cambiar un pañal porque una hija no llega y mi yerno no está. Así que sí. Resulta que el aislamiento se va a convertir en un período fecundo.

    Y luego está el cómo te lo tomes.

    Confieso abiertamente que el primer día, es decir, el día de Navidad, estaba “más enfadado que un mandril” (es una expresión de mi mujer). Pero el domingo me pasaron dos cosas que quiero compartir aquí.

    Cogí al azar un libro de los que tengo en la biblioteca del cuarto de confinamiento. Un buen libro de los que ayudan, de los que te acompañan. Y en el libro decía: escribe al menos diez cosas por las que debes dar gracias. Me han salido más de veinte y podría seguir sin parar. Y cuando me han comunicado que a una persona muy querida la estaban operando, en condiciones muy serias, he pensado: ¡qué tonto eres Juanma!

    Esperanza, desesperanza y acompañamiento

    En este tiempo de autoconfinamiento también he pensado en varias personas que no tienen Fe. Con una de ellas charlé hace poco y vi en sus ojos, o así me pareció, una sensación de honda tristeza. A las pocas horas, una amiga me compartía otra confidencia de una persona a la que se le había muerto un familiar, no por coronavirus. Porque, hay que decirlo, la gente se sigue muriendo y a veces a la muerte se le agrega la soledad de esta pandemia. La confidencia decía: “aunque yo no tenga fe, reza por mí”.

    Al atardecer de la vida te examinarán del amor, decía San Juan de la Cruz. Y ahí, a esa persona, a su familia, se le acompañó y se le sigue acompañando.

    12 Formas de aprender a encontrar el lado bueno de las cosas

    #1 – Descéntrate

    En lugar de centrarte en el prójimo te habías centrado en ti mismo. ¡So melón!, me he dicho para mí mismo. Luego escuché la Santa Misa por Internet, la ofrecí y ahora puedo estar confinado y sin quejarme por muchos días. No tengo más que motivos para dar gracias a Dios. Sí, me ha vuelto a visitar el «bicho» (es la segunda vez que me visita el coronavirus) pero creo que esta vez ha venido más débil. Y, a mí me ha venido bien para «repensar mi vida» y convertirla, de una vez, en una vida de servicio al prójimo. Una cosa es la teoría y otra “servir”.

    #2 – Arde y da calor

    ¿Y las campanadas? Las veré, si es que las veo, en el ordenador con una latita de uvas peladas que mi mujer ha comprado (una para mí y otra para ella) y nos felicitaremos el año a través de la puerta, por WhatsApp o como sea. Y será una alegría contagiosa, mucho más que el virus de marras.

    Nos uniremos en familia por video llamada, si es posible. Y, si no, como se hacía antes, por teléfono. Pero, aunque no podamos abrazarnos, nos estaremos dando el calor que la verdadera compañía proporciona.

    #3 – Vibra al unísono

    ¿Y la compañía? ¿Y el estar juntos? ¡No pasa nada!

    La verdadera alegría, la que nos hace más plenos, no implica sólo el abrazo, que también. Sino, sobre todo, el encuentro. Y ese encuentro se produce cuando hay vibración al unísono. Cuando, con nuestras diferencias personales, con nuestro carácter y temperamento, y, a veces, a pesar de ellos, hay unidad en lo esencial.

    Me refiero a esos valores que marcan las líneas más profundas de nuestro actuar como seres humanos y como verdadera familia. Una familia que se abre para acoger también en su seno a amigos de verdad. A amigos a los que quieres y que te quieren. Esos con los que sabes que puedes contar de verdad.

    #4 – Cambia tu mirada

    Los días navideños son también un buen momento para salir de nosotros mismos, dirigir nuestra mirada hacia ese Niño que ha nacido y sigue en nuestra casa como en su verdadero hogar. Te animo a volver a ser Niño. Sorpréndete y déjate sorprender.  

    #5 – Amplía el círculo

    Tira una piedra y hazla rebotar en el agua. Cambia tu mirada y dirígela a tu prójimo, comenzando por los más cercanos. Y busca a tu prójimo en círculos que vayan más allá. Sé tú como una piedra que rebota en el agua y que dibuja esos círculos concéntricos que se expanden hasta el agotamiento. Y en el primer círculo, ese círculo diana a partir del cual salen los demás, ten en cuenta que estás tú. Dirige tu mirada hacia tu interior. Y, desde ahí, hacia los demás.

    Entonces, si como yo, eres creyente, no te olvides de dirigir tu mirada a Dios. Él te va a iluminar para que seas luz para los demás. En cualquier caso haz ese esfuerzo de lanzarte al agua como una piedra plana, llegues hasta dónde llegues. Te sentirás en paz y sabrás que estás haciendo todo lo que puedes. 

    #6 – Planifica. Pero no mucho

    Una cosa es tener un espíritu grande que te impulsa a hacer grandes cosas y otra planificar en exceso. El final del año y el comienzo de uno nuevo siempre es una ocasión para repensar nuestra vida y planificar qué queremos. Busca aquello que, de verdad, anhelas. Aquello que esté en plena sintonía con tus valores más profundos y… escríbelo.

    #7 – Bien enraizado, sé flexible

    Ten en cuenta que, una vez escrito, has plasmado lo que quieres. Después, diariamente, semanalmente, mensualmente, ya lo irás concretando, retocando y adecuándolo a las circunstancias. En esa adecuación, con disciplina, pero con flexibilidad, radica el éxito.

    Recuerda, como dice la Escritura que la caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará”. Para ello se necesitan un buen enraizamiento. Mirando al Cielo, con los pies en la Tierra. ¡Siempre adelante y hacia arriba1

    #8 – Pide perdón

    Ya has hecho planes que irás desarrollando en los próximos días y meses. Y ahora, ¿qué tal si pedimos perdón? Cada inicio del año, tenemos un buen momento ante nosotros para pedir perdón a quienes hemos ofendido. Puedes comenzar por los más cercanos, tu mujer, tu marido, tus hijos, tus padres, a quienes no hemos visitado y también a aquel que me necesitaba y a quien por comodidad, desidia o mala uva no he visitado, llamado o consolado.

    #9 – Da gracias

    Por todo lo que tienes, por lo que has vivido, por los sinsabores y alegrías. Porque estás aquí. Porque has sido capaz de sufrir y sigues vivo. No sabes lo que te queda ni yo tampoco. Así que aprovecha cada minuto. Planifica sí, pero vive ahora.

    #10 – Ten Fe

    Cree y ten fe. En ti mismo, en los demás, en Dios. Sólo quien tiene fe es capaz de vivir cada minuto, cada hora, cada día. Porque sabe que lo que busca va a llegar. Y, mientras llega, disfruta del día.

    #11 – Mantén viva Esperanza

    Desde el presente hacia el futuro. Quien tiene Fe, tiene Esperanza. No me gusta nada ese refrán que dice “el que espera, desespera”. ¡Bórralo refrán de tu mente! El que espera lucha y pelea. Contra sí mismo, contra los elementos o contra los vampiros que te roban tu fuerza. Nunca desesperes.

    Plantéate retos. Cada minuto, día y hora es un reto. ¿Sabes que los monjes tienen su día repleto de actividades? Una actividad es el descanso. Pero, como me decía una vez una monja: “no sabe usted. la de cosas que se pueden hacer en quince minutos”. Y tiene razón. Pero sólo se logra si se vive el presente con la esperanza cierta de saber que lo que buscas te está esperando. Me puedes decir: ¿y si no lo consigo? Es difícil que no lo logres pero puede ser. Ahora bien, te respondo: ¿y lo bien que te lo habrás pasado intentándolo?

    #12 – Ama. Caridad

    Y siempre, siempre… con comprensión. Poniéndote en el lugar del otro. Amando. A ti mismo, a cada ser que te rodee o con quien te encuentres. Te diré más: sólo vas a ENCONTRAR-TE si te amas y amas. Sé caritativo contigo mismo y con los demás. Verás qué feliz eres.

    Y, si de vez en cuando (o en múltiples ocasiones como a mí me pasa), tienes el gatillo fácil, vuelve al punto 8 y sigues hasta el 12. Con una sonrisa…¡a repetir lo que haga falta!

    Antes de despedirme, me gustaría compartir contigo un “punto extra”. Cómprate una nariz de payaso. Para que, cada vez que te desanimes, que pierdas los papeles, que te enfades contigo mismo o con los demás, te la pongas. Asegúrate de tener varias y así las llevas en la chaqueta, en el bolsillo del pantalón y en la guantera del coche. Hace milagros. ¡Créeme!

    Desde mi confinamiento te envío mis mejores deseos de Paz y Bien para el nuevo año. Y te recuerdo que aquí me tienes si crees que puede ayudarte mi coaching a encontrar el lado bueno de las cosas.

  • Por qué «sí o sí» debemos vivir la Navidad

    Por qué «sí o sí» debemos vivir la Navidad

    Cada año tengo más claro que vivir la Navidad debería ser nuestra “asignatura obligatoria” cuando llega el final de diciembre.

    En estos días, preguntas cómo, ¿por dónde vais? ¿A qué hora llegáis? … siempre han sido habituales Familias que se juntan, la alegría de los besos y abrazos y… de repente se cruza el dichoso virus, el coronavirus . De repente, rápidamente, todos los planes patas arriba.

    Ayer, víspera de Navidad, me empezó a doler la garganta por la tarde y, ¡hala! todo el mundo preocupado. ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Con quién has estado? ¿Tú crees que estarás contagiado? Estas son las preguntas nuevas. Las que la pandemia ha traído a esta aparente normalidad que, ni es nueva ,ni es normal.

    La peste, aquella de la que hablaba Albert Camus, volvió hace casi dos años y, todavía, hay quien no quiere darse cuenta. Sólo que esta nueva peste se llama COVID-19. Lo de menos es cómo empezó sino cuándo va a terminar.  Los peques ya se han acostumbrado a dar el codo en lugar de un beso y en una entrevista de selección de personal ,o en cualquier reunión, la mampara y la mascarilla que te impide ver la cara a quien tienes enfrente, ya forma parte de lo cotidiano. Por no hablarte de las tele reuniones.

    En mi caso la respuesta, tras las oportunas pruebas en un hospital y varias horas de espera ha sido… negativo. Alivio general. Podemos ver a nuestros padres, hijos, nietos. ¡Bien! Ha habido suerte. Esto siendo responsable, cuidándote, manteniendo la distancia de seguridad y todas las normas que nos han ido marcando.

    El problema viene cuando los supuestos gurús, normalmente millonarios filántropos, se dedican a dar lecciones y a pronosticar el fin de la pandemia como si fueran Dios. Ya se conformarían con ser simplemente expertos en virus, pero, en fin, es lo que hay. Con que te leas, tú que lees, si tienes ganas, la agenda 2030, en la que nos dicen que “no teniendo nada vamos a ser felices”, como perdices, te puedes ir haciendo a la idea.

    En esta sociedad post orwelliana que ya predijo Georges Orwell en su novela «1984» puede pasar casi cualquier cosa. Ya dice un amigo mío de un caserío que “con ser buenos no hacemos nada”. Y que de buenas intenciones está el infierno lleno. La cosa es pasar a la acción. Ya verás cómo. Sigue leyendo.

    Resulta que ya estamos de vuelta en casa, los que hemos podido reunirnos. ¡Como el turrón! Así que, a pesar del coronavirus, de los gurúes, de los aguafiestas y demás “casta” solidificada o advenediza ¡qué más da!, vamos a celebrar la Navidad como Dios manda. Nunca mejor dicho.

    Vivir la Navidad. Una cuestión de actitud

    Me gustaría comenzar preguntándote: ¿Cómo la vas a disfrutar la Navidad? ¿Alegre o triste? Ya te respondo yo, por si las moscas: siempre alegre, aunque la vivas en soledad, que puede ocurrir. Incluso aunque estés confinado en tu habitación y te lleven la cena como al corredor de la muerte. Pues, ahí, incluso ahí, ¡alegre!

    ¿Alegre, por qué? Pues porque estás vivo. Y porque vivir es un motivo para dar gracias a Dios desde que te levantas hasta que te acuestas.

    Y una curiosidad. ¿Has puesto un Nacimiento? ¿Qué nooo? Ya estás saliendo de casa pitando, paras en la primera tienda que encuentres y pones un Belén de plástico con María, José el Niño Jesus, la

    mula y el buey y algún pastor, de plástico o de plastilina. Pero lo pones, ¡es una orden!

    Siempre habrá algún incrédulo y tristón que me diga eso de que “a mí no me gusta la Navidad”.  Y, ¿qué más da? Si a ti no te gusta, a Dios sí y, seguro, que a quienes te rodean también. Así que no seas aguafiestas.

    Otro seguro que dice “es que no creo en Dios”. ¡Ya!, ¿y? Él sí cree en ti. Te lo creas o no el hecho es irrefutable. Jesús cree en ti. Y nació, murió y resucitó por ti.

    No importa si no te lo crees. Tú, hazme caso. Pones el Belén, un árbol de Navidad con bolitas y luces y te vuelves niño. Te va a cambiar la vida. Al menos por hoy.

    ¡Ah, por cierto! ¡Hoy han llamado los Reyes Magos a mis nietos! Es que tenemos enchufe los abuelos y por medio de un paje amigo nuestro que trabaja con sus Majestades hemos conseguido que llamaran a los peques. ¡Si ves sus caritas…!

    Y alguno dirá “es que no tengo nietos”. Pues te los inventas. Que peores cosas nos inventamos los seres humanos.

    En la felicidad está la clave

    La Navidad, además de festejar el nacimiento del ser humano (y Divino) más extraordinario de la historia, Jesucristo, te permite volverte niño, disfrutar en familia, amarte y amar. Además, te permite el reencuentro y el volver a sorprenderte con las cosas pequeñas.

    Y de esto va la Navidad. De ser FELIZ. Es que es muy simple.

    Mira, los cristianos la festejamos porque nació un bebé, Jesús, en un establo hace ya dos milenios. Y resulta que, como en la película “Se armó el Belén”, la cosa es que Jesús creció y con un grupo de personas más bien sencillitas hizo un equipo de alto rendimiento (Team Building, le llaman ahora) y se montó la que se montó en el mundo mundial.

    Es verdad que, siglos después, vino un tipo gordo con barba blanca que en trineo tirado por renos va haciendo HOO, HOO, HOO. No digo yo que no sea ilusionante sobre todo si te vas a Laponia a pasar frío. Pero, vamos, compararlo con los Reyes Magos es como de risa. Y luego con este gordito llegamos al consumo, a las luces de Navidad, a las compras y regalos, a… lo que tú quieras. Peeerooo…

    Pero la esencia de la Navidad está ahí. La palabra, por cierto, viene de nativitas, o sea, NACER. Y ya sabes quien nació, no lo olvides. De ahí la ESENCIA navideña.

    Como en los buenos cuentos de Dickens. La bondad, el amor, el compartir, el perdonar, el sonreír, el sorprenderte cada mañana y decir: ¡anda!, que el espíritu de la Navidad, el bueno, ha pasado por aquí y sigo vivo. A mi lado tengo a mis seres queridos, a los que nos queden, recordando a los que se fueron, a los que no están, pero siempre con cariño, con amor, con ternura y con una sonrisa cómplice. Yo ya tengo a unos cuantos que ya no están. Pero me han dicho que en el Cielo hay piscina, playas, monte frontón y que pronto hay partidos con público, no a puerta cerrada.

    Así que sí. Vuelve en Navidad a tu casa interior. Vuelve a ser niño, asómbrate con cada minuto y con cada persona y prepárate para lo que viene: siempre hacia adelante y hacia arriba.

    No quiero despedirme sin decirte una vez más que… ¡aquí me tienes para lo que necesites!

    ¿Qué necesitas compañía? Tienes en mi un coach acompañante.

    ¿Qué lo estás pasando mal en tu matrimonio? Ven a verme.

    ¿Qué no sabes para qué trabajas o crees que tu vida no tiene sentido? Cuatro ojos ven más que dos y quizá pueda ayudarte a encontrar tu camino, tu sentido vital.

    Además, garantizado, lo vas a encontrar tú, no yo por ti. Y dale un vuelco a tu vida de aquí a lo que queda de año y en el nuevo que comienza.

    Desde estas líneas, te ruego que dejes un hueco a aquella familia cuyo Hijo nació pobre, calentado por el aliento de unos animales, el arrullo de su Madre María y de un carpintero joven, porque San José era joven (no un viejo), un José que se jugó la vida por María y Jesús.

    Si quieres darle un vuelco a tu vida y ser feliz, juégate la vida, como hizo José, el carpintero. No tengas miedo. Ábrele las puertas de tu casa y deja a Jesús nacer en tu corazón cada día de tu vida. Iluminarás a todo aquel que se encuentre contigo. Y, sin duda, descubrirás el verdadero valor y sentido de vivir la Navidad.

  • La cena de Nochebuena, el IPC y su sonrisa

    La cena de Nochebuena, el IPC y su sonrisa

    En este artículo no pienses que voy a hablar del IPC y de la cena de Navidad sino más bien de cómo ser feliz.

    Hace poco escuché en la radio lo caro que está todo. El kilo de solomillo, el cordero, el cochinillo, pescados, mariscos y todo tipo de viandas de cara a las celebraciones de Navidad.

    El IPC se ha desbocado por la pandemia, el Brexit, la falta de conductores en el transporte, la rotura de suministro de los semiconductores que va a afectar a tablets, smartphones, ordenadores, consolas y, desde luego, a la venta de vehículos.

    Nos ha bastado un virus microscópico, malas o cuestionables decisiones en algunos gobiernos, la guerra de las galaxias con el 5G y las baterías eléctricas y una mala planificación empresarial en esta Europa nuestra. La cuestión es, como diría Garci… “volver a empezar”.

    Y este volver a empezar me lleva al inicio del artículo. Resulta que, estando todo por las nubes, yo no estoy preocupado ni por la cena o comida de las fiestas navideñas ni, mucho menos, por si vamos a cambiar de móvil o de Tablet. O por si vamos a poner una estratosférica pantalla de tamaño sideral.

    Reconozco que, al escuchar la noticia, no me ha llamado la atención que, siendo economista, los incrementos en los costes de producción o de transporte se trasladen al precio de venta del producto final. Al fin y al cabo, quien compra y vende tiene que obtener un margen. Otra cosa es el precio sea asequible para el común de los mortales.

    Y voy yo, que soy una persona que tiende a la preocupación en demasía y resulta que no me importa.

    Así que, querido lector, si quieres vivir estos próximos días sin tanto agobio, sigue leyendo.

    Total que, subía yo para casa del garaje, que es donde he oído tan terrible noticia, y no me encontraba ni preocupado ni angustiado. Casi he estado a punto de llamar al médico y preguntarle, ¿qué me pasa doctor?

    Cómo ser feliz en Navidad. Lo que de verdad importa

    Como decía, me he dado cuenta de que la cena de Navidad, la de Nochevieja y las comidas que se suceden hasta Reyes me importaban, y me siguen importando, un bledo. Así que no, no me preocupa el precio de la cesta de la compra. Ni si se trata del cordero, la mejor merluza, un buen besugo, o un buen solomillo. Y no es que no me gusten, que me gustan a rabiar. Pero…

    El “pero” con puntos suspensivos es que de manera casi inmediata me ha venido a la mente que lo que yo quiero, lo que quiere mi mujer, lo que quieren mis hijos y nietos no es que nos gastemos un dineral en viandas, ni en nuevos teléfonos móviles, o en un televisor más y más grande. Sino que lo que queremos todos en esta familia es, ¡eso! Estar y disfrutar en familia.

    No voy a dar muchas pistas sobre lo que vamos a trasegar en estos días, no vaya a ser que la coliflor o una merluza congelada suban de precio (que subirán). Pero ya anticipo que pueden ser desde unas buenas verduras de las que hay todo el año envasadas en el súper, hasta una humilde coliflor o unos macarrones con tomate de bote. Si, además, mi mujer e hijas (artistas ellas porque yo soy incapaz) hacen unos deliciosos postres caseros resulta que padres, hijos y nietos ya hemos cenado o comido. Quizá una botellita de vino y un cava sencillo caigan también entre pecho y espalda.

    ¿Porque, qué es lo importante? ¿Gastarnos una fortuna en productos que apenas podemos comprar o pasar un buen rato en familia? Ya he dicho que al cordero, al solomillo, al cochinillo, al besugo y a unas buenas angulas (si se pudiera) no se les puede hacer asco alguno. Pero, si no se pueden adquirir, tampoco es cuestión de tirar la casa por la ventana

    ¿Para qué hablar de los productos tecnológicos y de las depresiones de quienes no pueden adquirirlos por falta de dinero o por falta de disponibilidad en tienda del último “gadget” que nos iba a hacer supuestamente la vida más feliz?

    De la F-E-L-I-C-I-D-A-D, con mayúsculas, de la verdadera, hablaré en otro artículo.  Hoy me limito a dejar constancia de un hecho: el consumo no te va a hacer más feliz. Tampoco, una comilona. Se puede ser inmensamente feliz con unos macarrones con tomate o con una ensalada. Todo depende de ti y de las personas de las que te rodees. Y si sólo sois dos no dudes que podéis, ser inmensamente felices.

    Mi plan navideño para la felicidad

    En nuestro caso, en el de mi familia, el programa para la felicidad es muy simple.

    #1 – Poner mucho CARIÑO en cada uno de los cuatro puntos siguientes.

    #2 – Poner el Belén y bendecirlo, junto con la familia y la casa. Puede ser un Belén de un chino o del todo a cien. La cuestión no es el precio de las figuras sino el cariño al ponerlo y dejar que los peques puedan romper alguna pieza sin armar ningún escándalo. El árbol de Navidad es plegable y se reutiliza de un año para otro. Las luces, eso sí, hay que desenredarlas. Lleva su tiempo.

    #3 – Cantar villancicos con unas panderetas baratas y cualquier artilugio semimusical (basta una antigua botella ya vacía de anís o similar, una sartén, el mortero de la abuela (si es de madera mejor), varios cuchillos, algún tenedor y algún vaso barato (por si se rompe con las ansias). Con eso y el cariño de las voces de abuelos, adultos más jóvenes y nietos ya tenemos un orfeón. Y si alguien sabe tocar la guitarra, ya es lo más.

    #4 – Recordar el Nacimiento de nuestro Salvador leyendo el Evangelio en Nochebuena al menos. Insisto en esto: no importa que no creas si ese es tu caso. La Navidad empezó como empezó y si tú no crees en Él, resulta que Él si cree en ti.

    #5 – Y pasar a la cena con lo que se pueda o con lo que haya. Eso sí, cenando en buena armonía, paz y Gracia de Dios. Gozando de los gritos de los niños que normalmente en esos días se acuestan más tarde, se pongan sus padres como se pongan.

    Además, tengo un “sexto punto extra” que voy a compartir. Si tienes la suerte de que todos se van a la cama y te quedas un rato a solas con ese Nacimiento ponte ante Él, mira a la Sagrada Familia y piensa, reza o medita un poco. Verás qué bien duermes. ¡Garantizado!

    La felicidad también se esconde en la adversidad

    Un gran amigo, enfermo de Parkinson dice, “soy feliz tan sólo con poder levantarme por la mañana y andar”.

    ¿Qué estas enfermo y te ha tocado estos días pasarlos en la enfermedad? Pues le dices a la enfermedad: “¡oye!, que el enfermo eres tú, la enfermedad. Yo no”. Que te puedes permitir unos extras, ¡adelante!. ¿Que no te los puedes permitir? No dejes que eso te agüe las fiestas. Disfrútalas estés donde estés.

    Y no te olvides de que tenemos al prójimo en cada esquina. Personas que ni tan siquiera pueden cenar en familia, pobres de solemnidad, enfermos graves en los hospitales y más de las tres cuartas partes de los habitantes del planeta sumidos en la pobreza.

    ¡Fíjate! Cuando un misionero o un cooperante vuelven de cualquier país, donde un niño es feliz con una caja de cartón, sin ropa ni zapatos, lo primero que te dicen es que a pesar de la falta de bienes materiales los niños sonríen. Claro que hay lágrimas, no lo vamos a negar. Pero, si tú que me lees, vives, como yo, en esta sociedad cegada por un materialismo que nos embota los sentidos y el alma, recuerda: me quedo con su sonrisa.

    Simplifica tu vida. Vive y disfruta

    Finalmente, te diré como coach especializado en coaching familiar, que la felicidad no está en un “carpe diem” sin sentido sino en el “para qué” de tu existencia. En el “a quien” voy a hacer feliz hoy. Te garantizo que el retorno de esa pequeña inversión en Amor es gigantesco.

    Te propongo regresar al origen de la Navidad. Vuelve tus ojos hacia la maravilla de un Dios que se hace niño y nace en un pesebre. Sin cena, sin tablet y sin teléfono móvil pero lleno de amor para ti y para mí. Para todos nosotros. Deja volar tu imaginación y con cosas muy simples serás más feliz y harás más felices a todos los que te rodean.

    Es mi deseo para ti ante estas próximas fiestas de Navidad.

  • El líder y el motor de los equipos humanos

    El líder y el motor de los equipos humanos

    ¿Cómo generar equipos y por qué la ilusión compartida es el motor de estos equipos? Para mi este es un tema importante que he vivido tan en primera persona. Al que llevaba tiempo dándole vueltas y quería tratar tanto desde mi experiencia empresarial como personal.

    Porque quiero referirme al “equipo” desde el punto de vista familiar – personal y, al mismo tiempo, desde la perspectiva empresarial.

    Leí hace unos meses que si nos referimos al concepto de equipo en el ámbito empresarial, los factores a analizar son muy diferentes de los factores empresariales. Y, no estoy de acuerdo. Espero poder demostrarlo en las líneas que siguen.

    Este artículo va dedicado a toda persona que desee conseguir un objetivo, que no sólo sea personal sino, grupal. Es decir: directivos, mandos intermedios, padres o madres de familia.

    Hace un rato, hablaba con un buen amigo a propósito de una empresa en la que se están produciendo cambios importantes en el accionariado y equipo directivo. El nuevo equipo de dirección ha encontrado la “solución” provocando cambios drásticos, despidos y jubilaciones. Equipo directivo que, eso sí, al tiempo que habla de liderazgo transversal y proyecto compartido, integrador y motivador genera caos, miedo y desmotivación.

    Algunos dirían que “esto es lo que hay”. Otros defenderían que “para transformar la empresa hay que tomar decisiones, aunque no nos gusten”. Pero, si de lo que se trata es de generar ilusión y adhesión a un proyecto común y compartido entonces hablamos de otra cosa. Porque no es lo mismo transformar que ilusionar.

    ¿Te has dado cuenta de que nunca, como ahora, se ha hablado tanto del amor y del liderazgo y se ha practicado menos y tan mal? (me refiero a ambos, a la práctica del amor y del liderazgo).

    Construir y generar equipos de alto rendimiento se parece mucho a criar hijos y hacer que convivan alegres, juntos y revueltos. Haciéndoles partícipes del hecho de que ser parte de una familia implica, si se hace bien, formar un buen equipo, con los mimbres que nos han tocado en suerte. Claro que, como dice mi buen amigo el obispo Munilla: “es sencillo ser feliz, lo difícil es ser sencillo”.

    El Riesgo y la Oportunidad

    Como imaginarás, construir un equipo implica riesgos y oportunidades. El riesgo es que fracases y la oportunidad es que si lo intentas, igual, lo puedes lograr.

    Por cierto, un apunte familiar: la familia es como una empresa. Los esposos son los Consejeros Delegados y, como aquí hay bicefalia, resulta que construir una familia va a ser, probablemente, algo más complicado que hacer un equipo de alto rendimiento en una empresa. Sobre todo, si deseamos que el alto rendimiento se perpetúe en el tiempo. Además, en el caso de construir una familia feliz, no te puedes “marchar del trabajo, apagar las luces e irte a casa”. Porque resulta que el trabajo es, precisamente, tu casa.

    Los 3 factores imprescindibles para generar equipos de éxito

    1. Primer factor: la ILUSIÓN. Generar ilusión compartida y libremente asumida.
    2. Segundo factor: ADHESIÓN AL PROYECTO. Está ligado al primero y lo genera un proyecto ilusionante.
    3. Tercer factor: CREER EN EL PROYECTO. Aquí el líder juega un factor esencial. Incluso aunque el líder fracase.

    Para entender estos puntos, te propongo volver la vista a hace algo más de dos mil años. Cuando un joven pobre, carpintero, que predicaba por los pueblos y en las sinagogas cosas como el amor, la entrega, la generosidad, habla de vender todo lo que tienes y tener un tesoro en los cielos. Y al que no se le ocurrió mejor idea, en aquellos tiempos, que decir a los “puros” que “las prostitutas os precederán en el reino de los Cielos”.

    Y tras tres años predicando su doctrina, en lo que aparentemente era un páramo, no sólo árido sino cerebral, sus discípulos que, por lo que se ve, no habían entendido nada,  siguen empeñados en conseguir un buen puesto. Y dos de los que más quería, Santiago y Juan, le piden (¡casi nada!) sentarse uno a su derecha y otro a su izquierda, con lo que se debió montar una buena entre sus Apóstoles. Imagina el careto de Cristo, líder donde los haya, con la mano en la frente, la cabeza mirando al suelo y diciendo a Su Padre (aunque esto no lo citen los Evangelios,) ¿qué he hecho Yo para merecer esto?

    Pedro le traiciona, Juan, según parece, se escapa medio desnudo cuando le apresan en el Huerto de los Olivos y, para garantizar su éxito, acaba crucificado y hecho un guiñapo, una gualdrapa humana. Vamos, que como líder no tenía precio. Y el equipo tampoco parecía destinado a ganar la Champions.

    Pero mira tú por dónde, ¡vaya que sí construyó un equipo! Un equipo formado por doce hombretones que no eran universitarios ni tenían másteres del universo, del que encima sale uno porque le traiciona. Pero después de la Resurrección, estos once mozos, eligen a otro y vuelven a ser doce personajes.

    Entre ellos, destacaba por su inteligencia Mateo (este por lo de ser recaudador de impuestos, que ahora sería inspector de Hacienda o Asesor Fiscal). Los otros eran alguno medio poliquillo, o zelote, como Simón y entre los pescadores los había de mayor arraigo empresarial como los que parece que eran como pequeños armadores pues podían haber tenido algunos empleados pescadores. Es decir, unos emprendedores de hace dos mil años.

    Luego, la cosa intelectual mejora con Pablo de Tarso, un entendido, docto, perseguidor de cristianos. Y Lucas, que debía de ser médico y más letrado pues escribir, escribió lo suyo. Pero, en resumen: ninguno era ninguna eminencia. ¡Y mira la que liaron! En fin… y este fue el mejor equipo de la historia. El mejor, sin duda. A los hechos me remito.

    La importancia del “te” y del “para qué”

    Te haré una pregunta a ti, actual o futuro aspirante a líder de equipos: ¿a qué estás dispuesto? ¿A ser servido o a servir? Porque, no le des más más vueltas, de esto se trata. Si quieres construir un equipo, o te colocas el último de la fila o lo llevas clarinete. Sirves o te sirven. Y aquí el “te” ya ves que tiene diferente sentido según lo uses.

    Pero, tampoco puedes perder de vista el “para qué”.

    Resulta que en la empresa y en la familia nos construimos como personas, nos plenificamos. Por eso, no busquemos muchas historias esotéricas ni secretos inexistentes. Tampoco, las personas “adecuadas”. Lo primero que tenemos que buscar es un para qué.

    Para qué quiero componer este equipo, cuál es su objetivo, qué personas quieren formar parte del equipo o qué es lo que hay. Mira una familia numerosa que aspira a ser feliz y lo logra. Hay más de las que crees. Y no me digas que no te parecen equipos. Son equipos que, para más “inri”, se van componiendo según llegan los hijos, cada uno con su carácter, forma de ser, etc. Es decir, que lo bonito no es ir fichando figuras sino hacer figuras complementarias a quienes ya están dentro.  

    Cómo construir un equipo de alto rendimiento

    Si realmente deseas generar un equipo no te pierdas estas “pistas” que ya te he mencionado en algún punto anterior.

    Lo primero, ten claro el “para qué”. Sin esto no hay nada que hacer, ni en lo personal ni en lo grupal.

    Hemos hablado de la ilusión y de generar adhesión al proyecto compartido.

    Y, para construir equipos, tenemos numerosos ejemplos en el Cristianismo. Aunque no seas cristiano lo que voy a contar nos vale a todos. Verás: Jesuitas, Dominicos, Franciscanos, Misioneras de la Caridad, Hermanitas de los Pobres, Siervas de los Enfermos, etc. ¿Son o no son equipos? Desde su fundación, cuando se funda la orden con un líder y pocos adheridos, hasta su posterior desarrollo, mantenimiento, crecimiento y, también, en algunos casos, desaparición, se comportan como equipos. Cada equipo es un sistema.

    Y si analizamos cómo eran sus fundadores nos encontramos, en general, con los siguientes atributos en el líder:

    • Valentía.
    • Humildad, generosidad, valores (pocos, claros y profundos; de los que dejan huella).
    • Servicio al prójimo.
    • Temple. Estar bien forjado. El temple, como el buen acero, sale del fuego, de la forja, del sufrimiento. Esto te lo va a proporcionar la vida misma. En ti está la capacidad de aprovecharlo. 
    • Rodearse de los mejores, no de los que me caen bien.
    • Y, en no pocas ocasiones, aceptar ser relegados al último puesto por sus sucesores.

    Además tenían y tienen:

    • Alegría, entusiasmo, optimismo vital, confianza en Dios y en los seres humanos.
    • Capacidad de aguante. Cuando todo parece ir mal, más confianza.
    • Son recios pero flexibles y tenaces. Inasequibles al desaliento.
    • Con capacidad de adaptación a las circunstancias y al cambio pero sabiendo que hay líneas que no se pueden cruzar. Que se lo pregunten a los santos fundadores y mártires, que hay unos cuantos.
    • ¡Ah!, por cierto, jamás murmuran. Cuando hay que decir algo se dice con tacto, con “asertividad”, sin herir. O sea, se dice con caridad. Que entre la asertividad y la empatía nos olvidamos de la amabilidad, que es una hija pequeña de la caridad.

    Los “trucos” del buen líder

    Como te digo, el buen líder sigue una serie de pautas que es bueno recordar. Y son estas:

    • Confía en su gente. La confianza exige, eso, confianza. Ni se te ocurra pasar al marcaje hombre a hombre. Como uno o varios miembros de tu equipo sientan tu aliento en el cogote, solo lograrás cargarte el equipo. Sin medias tintas. Reuniones para ver cómo van las cosas sí. Reuniones controladoras, mejor no. En todo caso, reuniones para, si es preciso, corregir el rumbo, mejorar habilidades. Y, por supuesto, todo ello con tacto y cuidado.
    • El líder corrige, desde luego. Pero recuerda esto: la corrección en privado y la alabanza en público. Se suele practicar justo al revés. 
    • Hace brillar a cada miembro de su equipo. Y, si no brilla, le saca brillo. Le facilita el aprendizaje continuo, le apoya, le otorga capacidad de decisión y posibilidades de equivocarse y acertar.
    • Es capaz de eclipsarse. Como esos jugadores de futbol a los que apenas se les ve pero sin los que el delantero centro no mete ni medio gol. De nuevo, la humildad en aras del beneficio común. Para que quien brille sea el equipo.

    Me puedes decir que la vida real es dura y no todos tenemos madera de santo. ¡Te equivocas! Madera, lo que se dice madera de santo, que es lo mismo que decir madera de líder tenemos todos. Otra cosa es que nos dejemos lijar, pulir y barnizar. Esto es importante para que la madera, que todos tenemos, se convierta en una hermosa escultura con vida propia. Que seamos nosotros los capitanes de nuestra vida o dejemos que nuestro rumbo lo marquen otros.  

    Puedes pensar, por ejemplo, “pero, es que en mi empresa hacemos barras de hierro. No pretenderás que de un tocho de hierro saque yo el SENTIDO de mi vida, ¿verdad? Además en mi empresa tengo unos jefes que, en fin…” No te quejes, que siempre puedes hacer algo. Desde hablar con aquel con quien te da un poco de corte hablar hasta proponer mejoras. Y si no te dejan o no quieren saber nada de este liderazgo transaccional haz bien tu trabajo.  

    Siento llevarte la contraria. Sí, lo pretendo. Pero elévate. Toma altura y perspectiva.

    Ese tocho de hierro se puede convertir en una viga de una vivienda, en parte del encofrado de un edificio, un panel de un barco… o bien en lo que tú quieras. Así que de ese pedazo de hierro depende que las personas puedan vivir mejor o peor, comenzando por ti mismo. Por eso, cuando se plantea un proceso de mejora continua y generar un buen equipo, tenemos que pensar en… los demás. ¿Qué otra cosa son la Misión, la Visión y los Valores en la empresa? ¿O es que sólo forman parte de un cuadro que queda muy mono colgado en la sala de reuniones?

    Para finalizar, recuerda …

    Cualquier empresa o trabajo, por humilde que sea, forma parte de una gran máquina, que es la vida. Compuesta por un sinfín de engranajes en la que el más minúsculo fallo se carga la felicidad de muchas personas.

    Así que sí, sea cual sea tu trabajo en esta vida, estés donde estés, llevando “sólo” una familia, en la empresa, oficina, en un taller, el servicio de limpieza o atendiendo enfermos… donde sea. Lo que tú hagas repercute en la vida de alguien o de muchos. Que se lo digan a los santos o, mejor aún, al mismo Cristo que lleva desde toda la Eternidad haciendo equipo.

    Posdata 1: para hacer un buen equipo no es imprescindible ir a la Universidad ni haber estudiado Management. Pero, no lo niego, una formación viene bien. Ahora, dicho esto, hay que pasar a la acción.

    Posdata 2: para hacer un buen equipo hay que hablar mucho. Ser muy claros. Hacer que nuestra gente entienda qué queremos. Que aquello que queremos y deseamos esté alineado con unos valores claros asumidos por la empresa y todo el equipo. Las dinámicas y los juegos de rol están bien, siempre y cuando lo que queremos y los valores estén totalmente alineados, haya coherencia y ética.

    Como siempre, me despido recordándote que si necesitas ayuda para desarrollar tu capacidad de diálogo, empatía, asertividad, o, simplemente, buscar tu sentido en este mundo empresarial, aquí me tienes. Y, si quieres desarrollar las llamadas habilidades blandas, ¡huy!, perdón, “soft skills”, aquí estoy, también.

  • ¿Educar en valores o educar en virtudes?

    ¿Educar en valores o educar en virtudes?

    Estoy convencido de que, en más de una ocasión, habrás oído hablar acerca de la importancia de educar en valores a los hijos. Pero, seguro que no te sonará tanto lo de educar en virtudes. ¿Verdad?

    Valores y virtudes. ¿Cuál es su diferencia?

    Como punto de partida te diré que, para adquirir virtudes, primero tenemos que tener valores. Pero, al educar, no nos podemos quedar en los valores sino que hemos de inculcar en nuestros hijos y en nuestros nietos, en su caso, las virtudes.

    Los valores son como la guía, la senda que nos va a permitir ir por la vida sabiendo qué tenemos o queremos hacer. Otra cosa es que lo hagamos o lo que hagamos, que no es lo mismo. Serían un ámbito más bien teórico, como muy bien apunta José Ramón Ayllon en su libro “Ética actualizada”, cuya lectura recomiendo.

    Las virtudes implican un paso más: convertir en hábito los buenos valores que tenemos. Es decir, pasar de la teoría del bien a la vivencia personal del bien. Ahí tenemos que llegar. Por eso hablo de “educación en virtudes”. Dice Ayllon en su libro citado: “El paso de los valores a las virtudes es el paso de la teoría del bien a la práctica del bien. Ese tránsito se da por el puente de los hábitos”.

    Y es que hoy está muy de moda, incluso entre quienes piensan “virtuosamente”, hablar de “educar en valores”. Porque, para variar, existe una enorme confusión.

    Por ejemplo, son valores el esfuerzo, la disciplina, la honestidad, la belleza, la armonía, la humildad, la lealtad, el respeto a los demás, la tolerancia, el amor (al prójimo y a uno mismo), la libertad, la justicia, la responsabilidad y la paz, entre otros muchos.

    Todos ellos son valores y además valores positivos. Porque hay valores negativos o antivalores. Hay quien es deshonesto por sistema y se dedica a ello mediante el robo, la mentira, el engaño o la muerte. Pensemos en un asesino, en un terrorista, que, evidentemente, tiene valores, pero valores negativos.

    Por lo tanto, pasar del valor a la virtud implica realizar en nosotros aquello que nos perfecciona, nos hace mejores y nos hace trascender. En definitiva una persona virtuosa deja tras de sí un mundo mejor.

    Un ejemplo muy claro

    El cine, en la película Gladiator, nos muestra un ejemplo de la perversión de los valores cuando Cómodo asesina, asfixiándolo, a su padre Marco Aurelio.

    Dice Cómodo a Marco Aurelio en esta antológica escena: “Una vez me escribiste enumerando las cuatro grandes virtudes: sabiduría, justicia, fortaleza y templanza. Constaté que no tenía ninguna de ellas. Sin embargo poseo otras virtudes: ambición; se convierte en virtud si nos conduce al éxito; ingenio, valor, tal vez no en el campo de batalla, pero hay muchas formas de valor; devoción a mi familia y a ti. Ninguna de mis virtudes figuraba en tu lista. Incluso parecía que no me desearas como hijo.”

    Efectivamente, Marco Aurelio traslada a su hijo las cuatro grandes virtudes; si cambiamos sabiduría por prudencia, y añadimos justicia, fortaleza y templanza, tenemos las cuatro grandes Virtudes Cardinales. Son las cuatro grandes virtudes sobre las que pivotan todas las acciones del hombre y su moralidad.

    Pero el personaje de Cómodo confunde y pervierte el concepto de virtud para terminar en algo muy de actualidad: la búsqueda del éxito a cualquier precio. El todo vale. ¿Te suena? ¿Lo has sufrido o, peor aún, practicado?  

    El programa educativo para formar en Virtudes

    Me gustaría en este artículo dejar un aspecto claro. El valor sería, por así decirlo, la “teoría”, la virtud la “práctica” y la forma de llegar del primero a la segunda sería el hábito.

    Vamos con el programa educativo que consiste en, como decía antes, hacer hábito (o sea practicar las virtudes). Y son estas que enumero a continuación.

    1 – Prudencia

    Que no es cobardía. Aunque, a veces, la disfracemos de ella para escurrir el bulto. La Prudencia nos lleva a buscar el bien sin dejarnos llevar de la irreflexión, del impulso.

    2 – Justicia

    Que nos lleva a dar a Dios y al prójimo lo que les corresponde.

    3 – Fortaleza

    Nos hace permanecer de pie o avanzar, incluso, cuando el miedo nos amenaza. La que nos mantiene firmes y constantes en la búsqueda del bien aunque nos vaya la vida en ello. Pensemos en San Maxiliano Kolbe, que da su propia vida por otro preso. ¿Cuántas veces nos acobardamos, yo el primero, por el dichoso “qué dirán”?

    4 – Templanza

    Nos permite ser dueños de nosotros mismos y modera nuestras pasiones. ¿Qué decir de las adicciones? No sólo las tradicionales como la adicción al sexo o a la bebida. Sino las muy actuales y tecnológicas como la adicción a los juegos por Internet. Se cita a la templanza como la virtud opuesta a la gula. Que no es sólo el comer desproporcionadamente sino todo aquello que, fuera de su justa medida, nos hace daño a nosotros y a los demás.

    Y si luego vamos a las Virtudes Teologales, que son las que ponen como centro a Dios (la Fe, la Esperanza, la Caridad) cerramos el círculo.

    5 – Fe

    Porque nos permite conocer, amar y hacer la voluntad de Dios. Así como alabar y amar al Creador. Nos va a permitir definitivamente ser felices. Hay que educar en la Fe. Hay que llevar a los niños a Misa, aunque sean pequeños y molesten. Porque, como decía el Evangelio: “dejad que los Niños se acerquen a Mí”.

    6 – Esperanza

    La Fe nos permite, a su vez, tener esperanza. Pero no una esperanza cualquiera sino una esperanza cierta. Una esperanza que es lo que queda cuando no hay nada detrás. Cuando, como los conquistadores, quemamos las naves. Cuando, porque tenemos esperanza, somos capaces de perderlo todo, menos, justamente, la esperanza. Porque esa esperanza es mayor que lo que dejamos. Viktor Frankl narra en su maravilloso libro “El hombre en busca de sentido” que más de un preso del campo de concentración se dejó morir cuando perdió la esperanza de ser liberado en una fecha concreta, además muy próxima.

    7 – Caridad

    Que no es filantropía. Sino, tal cual lo expone el Catecismo de la Iglesia Católica “la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por Él mismo y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios”

    Además, tenemos las 7 virtudes que se oponen a los llamados “pecados” o vicios capitales.

    #1 – Humildad

    Contra el pecado de soberbia. ¿O es que acaso nos gustan los soberbios y duros de corazón?

    #2 – Generosidad

    Contra el pecado de avaricia. Eduquemos en la generosidad. Porque, la generosidad es sinónimo de amor.

    #3 – Castidad

    Contra el pecado de lujuria. ¿Por qué la castidad? Además de porque somos templos del Espíritu Santo (si no lo crees es igual, porque templo eres), porque quien es casto es capaz de respetar su propio cuerpo y el de los demás. ¿O acaso respeta el cuerpo quien utiliza el suyo o el ajeno para su único placer sin tener en cuenta su dignidad y la dignidad de la otra persona?

    #4 – Paciencia

    Contra el pecado de ira. Cuantas veces nos dejamos llevar de la ira y… ¡cuánto daño hace! ¿Por qué? Porque, cuando de palabra o de obra, herimos a otra persona, la desposeemos de su dignidad. Además de causarle una herida que, según sea la gravedad, puede dejar traumas y necesitar ser sanada.

    #5 – Templanza

    Contra el pecado de gula, que, ya lo hemos dicho, no se trata sólo de comer en demasía.

    #6 – Caridad

    Contra el pecado de envidia. Alegrarnos con el bien ajeno, pero, ¡alegrarnos de verdad! No de boquilla, que nos conocemos. Y educación, que, como decía un tío mío, “la educación es una hija pequeña de la caridad”.

    #7 – Diligencia

    Contra el pecado de pereza. Cuantas veces la liamos y liamos el día por la “pereza” o por el “no me apetece”. Si hasta en el ámbito empresarial se habla de la “debida diligencia”.

    Cómo educar en valores y virtudes a los hijos

    Llegados a este punto te haré una pregunta. ¿Quieres educar a tus hijos? Haz reflexionen contigo sobre el sentido de su vida.

    ¡Hagámosles pensar!

    En las líneas anteriores tenemos un buen programa educativo. Un programa ético. Un programa moral. Por cierto, no hay ética sin moral. Y la moralidad, o inmoralidad, es lo que va a marcar al ser humano.

    Incluso me atrevo a decir que quien quiera educar y educar bien, puede leer el Catecismo de la Iglesia Católica desde el punto 1803 al 1845. Sea o no creyente. Si ahí no encuentra un buen programa educativo en virtudes, siento decirle que difícilmente lo va a encontrar en otro lugar.

    Respecto al cómo educar en valores y virtudes, me basta decir aquí que para educar hay que combinar el “sí” y el “no” adecuadamente. Con firmeza, sin dudas y manteniéndose en lo que se ha dicho. Lo dijo ya Cristo hace dos mil años “A vosotros os basta decir sí o no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno.” (Mt 5,33-37). ¿Cómo decirlo? Con amor siempre y cuando tengamos que decir a cualquier persona (no sólo a hijos o a nietos) que algo NO está bien, se lo digamos con Caridad y cuando, por el contrario, algo esté bien, también, SÍ, lo digamos.

    4 puntos que conviene recordar al educar

    Hay 4 detalles que me gustaría recordar. Porque, a menudo, se olvidan y se practican justo al revés.

    1. Se enseña y se hace vida en casa. El colegio colabora.
    2. La reprimenda en privado. La alabanza en público.
    3. Los esposos unidos siempre y nunca llevándose la contraria ante sus hijos.
    4. Normas pocas y firmes. Recordemos a San Agustín: “en lo esencial, unidad; en lo dudoso, libertad; en todo, caridad”.

    No olvidemos que nuestros hijos no son ni amigos ni “colegas”. Son nuestros hijos. Y, por lo tanto, les debemos un respeto, además de que les queramos. Por eso, tenemos el DEBER de educarlos.

    Para terminar, esto para los abuelos: colaboremos con nuestros hijos en la educación de nuestros nietos.

    Por supuesto, podemos ser un poco más blanditos, que para eso somos abuelos. Pero, nunca, nunca, nunca, desautoricemos de palabra o de obra a nuestros hijos. Porque, al fin y al cabo, son los padres. Si en algo no estamos de acuerdo con nuestros hijos se lo decimos en privado y, siempre, respetando su autoridad.

    Que no tengamos que decir al final de nuestra vida, como Marco Aurelio a Cómodo en la escena ya citada de Gladiator: “Cómodo, tus defectos como hijo son mi fracaso como padre.”

    Como siempre te recuerdo, si necesitas ayuda aquí tienes a este Coach, que es padre y ya abuelo. Y que, además de haber estudiado lo suyo tiene una cierta experiencia. Ya sabes dónde me tienes. Un abrazo y ánimo en la preciosa tarea de educar en valores y virtudes a lo mejor que tienes: tus hijos.