Foto: Berlination / Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0)
Liderazgo y acompañamiento · Parte 2 de 2
Segunda parte de «De Johannesburgo a Nueva York»: qué ocurre en un vestuario sin divos, cómo se educa el talento precoz, y qué nos enseña la manera en que se afronta también la derrota.
En la primera entrega analizamos cómo el liderazgo de servicio transforma el talento en historia. Ahora toca dar un paso más.
Hay una pregunta que me acompaña desde hace muchos años, cada vez que observo a un gran equipo, ya sea en el deporte, en la empresa o en cualquier otra organización: ¿qué hace que un grupo de personas con un enorme talento individual deje de competir entre sí para empezar a construir algo verdaderamente grande?
No creo que la respuesta sea especialmente complicada. El talento, por sí solo, nunca garantiza el éxito colectivo. La historia está llena de equipos formados por profesionales brillantísimos que jamás llegaron a convertirse en un verdadero equipo. Cada uno defendía su espacio, buscaba destacar o protegía su prestigio personal. Y cuando eso ocurre, el talento deja de sumar para empezar a dividir.
Pongamos algún ejemplo que confío no ofenda a seguidores o hinchas futboleros: ¿cuántas veces vemos a un jugador «titular indiscutible» salir enfadado del terreno de juego, poner caritas o tirar lo primero que tiene a mano? Respuesta: muchas.
¿Cuántas veces hemos visto a un jugador titular de esta Selección Española salir enfadado del terreno de juego, poner caritas o tirar lo primero que tiene a mano? Respuesta: ninguna.
Y no creo que sea casualidad.
El minuto 99 que lo explica todo
Cuando Luis de la Fuente decidió dar entrada, en los últimos minutos de la final, a jugadores que apenas habían disfrutado de minutos durante el campeonato, no estaba improvisando una solución de emergencia. Estaba demostrando que llevaba muchos meses construyendo un grupo en el que todos se sentían importantes, aunque no todos fueran protagonistas al mismo tiempo. Porque un equipo campeón no se prepara únicamente con quienes van a disputar los noventa minutos de una final. También se construye con quienes, quizá, solo dispondrán de diez, quince o veinte minutos para cambiar el rumbo de un partido.
¿Cuántos minutos jugaron en este Mundial Martín Zubimendi y Eric García? Muy pocos. Y sin embargo, cuando Luis de la Fuente les dio entrada en el minuto 99 de la final, no estaba improvisando: estaba demostrando que llevaba meses construyendo un equipo en el que todos se sabían importantes, aunque no todos fueran protagonistas al mismo tiempo. Ese es, en esencia, el liderazgo de equipos: hacer que cada persona cuente, juegue o no juegue.
No hace falta buscar más ejemplos dentro de esta misma Selección. Lamine Yamal posee un talento que parece reservado a muy pocos futbolistas. Unai Simón transmite seguridad incluso en los momentos de mayor presión. Mikel Oyarzabal aparece cuando el partido lo necesita, casi siempre con una discreción que contrasta con la trascendencia de sus intervenciones. Rodri, cuando ha estado disponible, representa esa inteligencia táctica que hace mejores a todos los que juegan a su alrededor.
Cada uno aporta algo distinto; ninguno pretende ser más importante que el equipo. Y esa actitud no nace por generación espontánea. Es el fruto de una cultura construida con paciencia, de un vestuario donde cada jugador sabe que su aportación cuenta, aunque no siempre aparezca en la fotografía de la victoria.
Viendo el homenaje de Madrid a la Selección, salieron jugadores suplentes —titulares indiscutibles en sus equipos— que no habían jugado un solo minuto en el torneo. Y todos, absolutamente todos, eran perfectamente válidos para formar en el once que juega, pero solo pueden jugar once. El resto convive y entrena. Y es ahí, en esa convivencia y en esos entrenamientos, donde se gesta el ánimo y el espíritu de pertenencia sin divos.
Necesario, no imprescindible
En las organizaciones ocurre exactamente lo mismo. Con demasiada frecuencia premiamos únicamente a quien aparece en primera línea, a quien presenta los resultados o recibe los aplausos. Sin embargo, detrás de cualquier proyecto verdaderamente exitoso suele existir un número incontable de personas cuyo trabajo apenas resulta visible y que, pese a ello, sostienen silenciosamente todo el edificio.
Quizá uno de los mayores aciertos de Luis de la Fuente haya consistido precisamente en eso: hacer que todos se sintieran necesarios. No imprescindibles, porque nadie lo es, pero sí necesarios. La diferencia entre ambas palabras parece pequeña, aunque en realidad cambia por completo la manera de entender un equipo. Quien se considera imprescindible termina creyendo que el proyecto depende de él. Quien se sabe necesario comprende que su responsabilidad consiste en aportar lo mejor de sí mismo cuando es requerido, y mientras tanto espera, y se alegra del éxito común.
Esa diferencia transforma el clima de una organización. Transforma también una familia. Y transforma, por supuesto, un vestuario. Ahí se ve en estado puro el liderazgo de equipos que sostiene todo lo demás.
No es casualidad que los jugadores de esta Selección hablen continuamente del grupo antes que de sí mismos. Las palabras nunca son inocentes: terminan revelando aquello que realmente consideramos importante. Cuando un vestuario habla constantemente de «nosotros», es porque alguien ha conseguido que ese «nosotros» deje de ser un simple pronombre para convertirse en una forma de vivir.
El reto de educar el talento
Vivimos en una sociedad fascinada por el talento precoz. Admiramos a quienes triunfan siendo muy jóvenes, a quienes parecen llamados desde la adolescencia a convertirse en referentes mundiales. Es una reacción comprensible. Sin embargo, la experiencia demuestra una y otra vez que el talento, por sí solo, nunca garantiza una vida plena ni una trayectoria de éxito.
El talento no es la meta. Es únicamente el punto de partida. La verdadera cuestión consiste en descubrir qué hace una persona con el talento que ha recibido.
Lamine Yamal representa una de las irrupciones más extraordinarias que ha conocido el fútbol español en las últimas décadas. Precisamente por eso necesita algo mucho más importante que los elogios: necesita seguir siendo educado.
Sé que esta afirmación puede sonar extraña en una época en la que confundimos con demasiada facilidad educar con limitar. Pero ocurre exactamente lo contrario. Educar consiste en ayudar a que una persona llegue a desarrollar plenamente aquello que está llamada a ser.
El mayor enemigo del talento rara vez es la falta de capacidad. Con mucha más frecuencia es la soberbia: el momento en que alguien empieza a creer que ya no necesita aprender. Los grandes líderes conocen muy bien ese riesgo. Por eso no alimentan la vanidad de quienes destacan. La orientan. No convierten a las personas en ídolos. Las ayudan a convertirse en referentes.
Tengo la impresión de que eso es lo que está ocurriendo en esta Selección. Lamine Yamal crece rodeado de futbolistas que ya han comprendido que el verdadero prestigio no consiste en aparecer cada día en las portadas, sino en contribuir a que el equipo sea mejor. Y crece en un vestuario donde la palabra «nosotros» pesa mucho más que la palabra «yo».
La grandeza también se demuestra en la derrota
Existe una prueba que termina revelando la verdadera calidad de una persona, de un líder o de una organización. Curiosamente, esa prueba no llega cuando todo sale bien. Llega cuando aparece la derrota.
Ganar resulta extraordinario. Pero perder con dignidad exige una profundidad humana mucho mayor.
Mientras la euforia española ocupaba las pantallas de medio mundo, hubo otra imagen que también merecía ser contemplada con atención. Argentina acababa de perder un Mundial que había defendido con orgullo hasta el último instante. Era lógico encontrar tristeza, decepción e incluso momentos de tensión —algunos de nuestros hermanos argentinos se dejaron llevar por esa rabia, y a punto estuvimos de ver un espectáculo deplorable—. Sin embargo, cuando las pulsaciones comenzaron a descender, apareció algo mucho más importante: el reconocimiento al vencedor, el respeto por el rival, la aceptación de que, en ocasiones, el deporte —como la vida— obliga a reconocer que otro ha sido mejor.
Lionel Scaloni volvió a demostrar por qué está considerado uno de los grandes entrenadores de nuestro tiempo. Lejos de buscar excusas o alimentar polémicas, asumió el resultado con serenidad y felicitó a España: «Han sido mejores, eso es la verdad». «Somos grandes en la victoria y tenemos que ser grandes en la derrota». Ese comportamiento no disminuye la competitividad. La engrandece.
Aceptar la realidad nunca significa resignarse. Significa partir de la verdad para volver a construir. Quizá esa sea otra de las lecciones que nos deja este Mundial: competir con toda la intensidad posible jamás debería impedir reconocer el mérito del adversario. La rivalidad termina cuando concluye el partido. La dignidad permanece.
Para reflexionar
Todos pertenecemos a algún equipo: una familia, una empresa, una organización, una asociación o una comunidad. La cuestión no es si tenemos influencia sobre quienes nos rodean. La cuestión es si esa influencia ayuda a las personas a desarrollar lo mejor de sí mismas.
Porque los grandes líderes no son quienes consiguen que todos hablen de ellos. Son quienes consiguen que, gracias a su manera de acompañar, los demás descubran que, juntos, como equipo, pueden llegar mucho más lejos de lo que habrían imaginado. En eso consiste, al final, el liderazgo de equipos: convertir el talento individual en logro compartido. Y que incluso individualmente, mediante un buen acompañamiento integral e interpelante, la persona acompañada comienza a brillar con luz propia.
Hace muchos años, en la película Gladiator, Máximo Décimo Meridio pronunciaba una frase que millones de personas recuerdan todavía:
«Lo que hacemos en la vida tiene su eco en la eternidad.»
A esto se le llama trascender. Y trascender no consiste únicamente en dejar nuestro nombre escrito en los libros de historia. Consiste en dejar una huella en la vida de otras personas. En haber contribuido a que alguien recupere la esperanza. En haber ayudado a una familia a reencontrarse. En haber fortalecido un equipo. En haber acompañado a alguien en uno de los momentos decisivos de su vida.
Eso permanece mucho más que cualquier trofeo. Ganar o perder un partido puede marcar una temporada. Ayudar a una persona a descubrir quién puede llegar a ser, puede transformar una vida entera.
Y esa, al menos para mí, es la victoria que verdaderamente merece la pena perseguir.
Ganar o perder es importante y marca diferencias, sí. Pero no siempre gana el que más se lo merece. Lo que nos lleva a otra pregunta: ¿qué es, realmente, ganar o vencer? Esa respuesta la dejo para otro artículo.
Gracias, de corazón, por haber llegado hasta aquí. Si estas reflexiones han despertado alguna pregunta o simplemente el deseo de seguir profundizando, estaré encantado de continuar la conversación contigo.
¿Te ha hecho pensar este artículo? Si quieres hablar sobre liderazgo, acompañamiento o cómo aplicar estas ideas a tu familia, equipo o tu propia vida, hablemos.


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