¿Qué pasa cuando dejamos de ver a la persona?

Cuatro siluetas en la niebla, apenas distinguibles: la imagen de no cambiar la mirada hacia la persona

Chicas perdidas · Parte 1 de 3

Hay películas que terminan cuando aparecen los títulos de crédito. Y hay otras que continúan trabajando dentro de nosotros mucho después. Cambiar la mirada es esencial para no perder de vista a la persona.

Eso me ocurrió al terminar de ver «Chicas perdidas», «Lost Girls», en inglés, basada en hechos reales. Y es que cambiar la mirada es esencial para no perder de vista a la persona. Ahora lo vemos.

La película narra la historia, basada en hechos reales, de Mari Gilbert, madre de Shannan, desaparecida en una comunidad de cierto nivel, Long Island. Una madre coraje que insiste, pregunta, incomoda y se niega a aceptar que la desaparición de su hija pueda convertirse en un expediente más.

La película es dura, con unas chicas desaparecidas. Pero lo que más me hizo pensar no fueron únicamente los crímenes. Fue algo anterior: la facilidad con la que una persona puede dejar de ser vista como persona porque alrededor de la madre de Shannan aparece una cuestión que me parece mucho más amplia que el caso concreto: ¿qué ocurre cuando empezamos a mirar a los demás a través de una etiqueta?

Una persona puede ser prostituta, inmigrante, enfermo, anciano, adolescente problemático, ejecutivo difícil, compañero incómodo o vecino conflictivo. La etiqueta puede ser cierta. Pero nunca agota a la persona. Porque, como ya he señalado en múltiples artículos, la dignidad de la persona es inherente a la persona y permanece siempre. Por eso cambiar nuestra mirada es tan importante.

Ese es, para mí, uno de los grandes peligros de nuestro tiempo: confundir lo que alguien hace, lo que le ocurre o la imagen que tenemos de él con lo que esa persona es.

¿Cómo miramos?

Cuando una mujer vulnerable deja de ser «una mujer» para convertirse únicamente en «una prostituta», algo se ha roto en nuestra mirada. Cuando un adolescente deja de ser un muchacho que está creciendo y pasa a ser «el conflictivo», también. Cuando un compañero de trabajo se convierte en «el pesado», dejamos de preguntarnos qué hay detrás de su comportamiento. Y cuando una persona mayor pasa a ser simplemente «el abuelo», podemos olvidar que tiene una historia, deseos, heridas, ilusiones y una dignidad que no depende de su productividad.

Y mucho cuidado con esto: el fariseísmo en nuestra época es tan importante como en los tiempos de Cristo. El propio Jesús se lo recrimina en una durísima frase a los fariseos: «los publicanos y las prostitutas os precederán en el Reino de los Cielos» (Mateo 21, 31). Cristo no justifica la prostitución, lo que señala, en varias ocasiones además, en el propio Evangelio, es que quien se sienta libre de pecado o se considere mejor que los demás, mire a su interior o, como se dice ahora: «se lo haga mirar».

La mirada cambia la realidad de nuestras relaciones

Hace pocos años, en un Congreso sobre Acompañamiento, tuve la oportunidad de reflexionar sobre una expresión que me parece extraordinariamente poderosa: cambiar la mirada. No significa cerrar los ojos ante aquello que está mal. Significa mirar de nuevo. Sorprenderse de nuevo. Mirar como mira un niño inocente.

Pensemos en alguien que nos irrita profundamente. Puede ser nuestro marido o nuestra mujer, un hijo, un compañero de trabajo o incluso alguien de nuestro propio equipo. Nuestra primera reacción suele ser construir una explicación: «Es egoísta», «es un manipulador», «es un incompetente», «siempre hace lo mismo».

Y quizá tengamos razones para pensarlo.

Pero ¿qué ocurriría si, antes de juzgar definitivamente, nos acercáramos?

Un café. Una conversación. Una pregunta sencilla: «¿Cómo estás realmente?».

Puede que descubramos algo que no veíamos. Una preocupación. Una enfermedad. Una separación. Una herida antigua. Un miedo. Una soledad. O simplemente una persona que está intentando sobrevivir como puede a una situación que nosotros desconocíamos.

La empatía

La empatía no consiste en dar la razón al otro. Consiste en hacer el esfuerzo de entrar, aunque sea parcialmente, en su mundo.

Edith Stein dedicó su tesis doctoral, «El problema de la empatía», precisamente a intentar comprender qué significa ese encuentro con la experiencia del otro. Su pensamiento nos recuerda que la persona no es un objeto que podamos observar desde fuera como quien analiza una cosa. Hay un «otro» delante de mí. Alguien cuya interioridad nunca poseeré completamente, pero cuya existencia puedo reconocer y acoger.

Insisto mucho en esto: cuando acompañamos a alguien no estamos ante «un caso», estamos junto a una persona. Y aquí aparece una cuestión que considero esencial para cualquier relación humana: ¿cuánto conocemos realmente a las personas que tenemos más cerca?

Podemos convivir veinte años con alguien y seguir sin conocer su mundo interior. Podemos trabajar diez años con una persona y no saber qué batalla está librando. Podemos ser padres y descubrir demasiado tarde que nuestro hijo llevaba meses necesitando una conversación que nunca tuvimos.

Acompañar comienza por mirar

Quizá por eso la palabra acompañamiento tiene para mí tanta importancia.

Acompañar no es dirigir la vida de otra persona. Tampoco consiste en darle soluciones inmediatamente. Es estar ahí. Escuchar. Preguntar. Ayudar a que el otro pueda mirarse a sí mismo con mayor claridad.

Y para eso necesitamos recuperar algo que nuestra cultura acelerada está debilitando: el tiempo.

Tiempo para escuchar a nuestro cónyuge sin mirar el teléfono. Tiempo para preguntar a un hijo cómo está, no solamente cómo le han ido las notas. Tiempo para tomar un café con ese compañero al que hemos etiquetado. Tiempo para visitar a nuestros padres o abuelos y escuchar una historia que quizá ya nos han contado diez veces.

Porque una persona que se siente mirada puede comenzar a sentirse reconocida. Y una persona que se siente reconocida puede recuperar la esperanza.

La cuestión no es únicamente cómo me miran los demás. Es, sobre todo, cómo miro yo. Y, al mismo tiempo, analizarnos a nosotros mismos si debemos «cambiar la mirada». Porque si cambio mi mirada, si cambias tu mirada, se pueden producir verdaderos milagros.

¿Miro o etiqueto?

  • ¿A quién he reducido a una etiqueta?
  • ¿Quién me cae mal sin que me haya preocupado realmente por conocerlo?
  • ¿Hay alguien en mi familia con quien llevo demasiado tiempo hablando desde el reproche?
  • ¿Hay alguien en mi trabajo cuyo comportamiento juzgo sin conocer su historia?
  • ¿Y qué ocurriría si esta semana cambiara mi mirada sobre una sola persona?
  • ¿Qué pasaría si dejara de soltar pullas o me esforzara en hablar bien de quien me incomoda?

La mirada transforma

No sé si cambiaría la otra persona. Pero, probablemente, algo cambiaría en mí.

Y quizá ahí empiece una transformación mucho más profunda: cuando dejamos de preguntarnos únicamente «¿qué hace esta persona?» y comenzamos a preguntarnos «¿quién es esta persona?».

Porque detrás de cada comportamiento hay una persona. Y detrás de cada persona hay un misterio que merece ser escuchado. Esa es, en buena medida, la razón por la que creo en el acompañamiento.

No para decirle al otro cómo debe vivir sino para caminar un trecho a su lado y ayudarle a descubrir, desde su propia libertad, quién es y hacia dónde quiere orientar su vida. Y también, porque esto enlaza con el perdón, para pasar de la recriminación y el etiquetaje constante, a la comprensión de quien está a tu lado.

Un pequeño paso, un gran milagro

Ese cambio de mirada puede obrar un gran milagro. Y es, en muchas ocasiones, un pequeño paso en nuestro caminar junto a los demás, junto a aquel o aquellos con quienes convivo a diario. Ese cambio puede cambiar vidas. No sólo la tuya o la mía.

Este es el primero de tres artículos que nacieron de ver Chicas perdidas. El segundo pregunta si somos solamente lo que ocurre en nuestro cerebro, y el tercero, qué pasa cuando la inteligencia se separa de la conciencia.

Una invitación

Cambiar la mirada sobre una persona o sobre un grupo no siempre es fácil hacerlo solo. A veces hace falta alguien que nos ayude a hacernos las preguntas necesarias antes de construir la explicación.

En JML Companion me dedico precisamente a eso: a acompañar a personas, parejas, familias y equipos a mirar de nuevo, con más tiempo, más profundamente, más «de verdad», a nosotros mismos y a quienes tenemos delante.

Si sientes que hay alguien —o algo en ti mismo— a quien llevas tiempo sin mirar de verdad, con compasión, con amor, con ternura, y quieres pasar de la recriminación al amor, contacta conmigo y hablamos. No te daré consejos, no te diré qué tienes que hacer, pero sí te haré pensar. Y, desde luego, estarás junto a una persona como tú, con sus virtudes y defectos, en este caso los míos.

¿Te ha hecho pensar este artículo? Si quieres hablar sobre cómo cambiar la mirada hacia alguien de tu familia, tu equipo o hacia ti mismo, hablemos.

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